GUERRA Y EJÉRCITO
Guerras médicas: ¿victoria persa?
La reinterpretación de una derrota.
Las guerras médicas enfrentaron al imperio persa con las ‘poleis’ de Grecia. Estas tuvieron como antecedente la revuelta jónica, donde las ciudades de la costa occidental de Anatolia se rebelaron contra sus dominadores persas. Esta revuelta tuvo como uno de sus puntos álgidos la quema de la ciudad de Sardes (498 a. C.), capital de la satrapía occidental del imperio. Las ciudades griegas de Atenas y Eretria fueron decisivas en este conflicto, y los persas no pudieron dejarlo pasar.

Tras sofocar la rebelión, el emperador Darío (c. 550-486 a. C.) decide atacar con un vasto ejército a las ciudades griegas. Su objetivo: Eretria y Atenas. La expedición punitiva inicia una serie de conquistas en Tracia y Macedonia en el 492. Un año más tarde se trata de negociar con los griegos, y, ante la negativa de Atenas y Esparta, en el 490 comienza la invasión.
Una flota se dirige hacia Eretria, y tras un breve asedio, la arrasa. El primer objetivo se ha cumplido, y ahora el monarca persa desvía su mirada hacia Atenas. Sin embargo, el rey sufre un inesperado revés en Maratón, y su ejército queda diezmado. Debe retirarse a Asia para reorganizarse, pero, en medio de los preparativos para una futura campaña, muere.

Darío luchando contra un león – Persépolis
Su hijo Jerjes (519-465 a. C.) tomará las riendas del imperio, y tras sofocar dos revueltas en Egipto y Mesopotamia, reúne un ejército mayor para invadir Grecia de nuevo (480 a. C.). El ejército se dirige esta vez por tierra, atravesando el continente y sometiendo a los territorios a su voluntad. Tras un pequeño retraso en las Termópilas y el cabo Artemisio, retoman la marcha y consiguen, al fin, saquear Atenas.

Captura de los persas de la acrópolis - Jacob Abbot (1900)
La ciudad de Sardes ha sido vengada, y el honor persa restaurado.
Ciertamente, no estamos familiarizados con una versión tan favorable a los persas como esta, pero la comunidad académica se replantea la incuestionable victoria griega. Siglos de propaganda ateniense y la hegemónica versión de Heródoto sobre los hechos (tan desmesurada en su narración), han eliminado de la ecuación la visión persa. Lo cierto es que el casus belli fue completado, y el dominio persa asegurado en Tracia y Macedonia por más de un siglo, por lo que, a pesar de las famosas derrotas persas, tal vez la balanza no se inclinara tanto por un bando.
Batalla en Himera, Sicilia
El mundo griego se encontraba en una encrucijada en el año 480 a. C.
El emperador Jerjes invadía Grecia y saqueaba Atenas, mientras que en el Occidente los griegos de Sicilia se encontraban a su vez con otro problema: una gran incursión cartaginesa.
Heródoto (484-425 a. C.) dice lo siguiente: “Según una afirmación citada del historiador Éforo, esta expedición cartaginesa formaba parte de un plan concertado, según el cual el mundo griego iba a ser atacado simultáneamente por los cartagineses en el oeste y los persas en el este” (Historia, 7.165).
La existencia de un pacto para derrotar al mundo griego no es más que un recurso que debió popularizarse en la época para aumentar la relevancia de estas dos incursiones. No obstante, la invasión cartaginesa debió ser imponente.

El general Amílcar Magón desembarcó en Panormo, actual Palermo, para marchar directamente contra Himera con un ejército de 300.000 soldados (cifra, sin duda, exagerada). Durante el asedio, el tirano Terón pidió auxilio a su homólogo siracusano, Gelón, originario de Gela. El caudillo movilizó un ejército de 50.000 soldados de a pie y 5.000 jinetes, y auxilió a los defensores.

Retrato de Gelón, tirano de Siracusa - Anónimo (s. XIX)
Según cuenta Diodoro Sículo (c. 90-30 a. C.), Amílcar iba a recibir un contingente de caballería en su campamento, por lo que Gelón envió a sus soldados disfrazados, quienes se colaron en el campamento cartaginés quemando la flota enemiga y matando a su líder (Biblioteca histórica, 11.20). Heródoto dice que Amílcar se lanzó a una pira ceremonial al ver el engaño, por cuyo desesperado gesto fue reconocido por su pueblo posteriormente (Historia, 7.167).

Batalla de Himera - Giuseppe Sciuti (1873)
Gelón atacó al resto del ejército enemigo, venciéndolo y consiguiendo gran fama en Sicilia por su victoria en la batalla de Himera. Fue tal la fama de esta contienda, que el poeta Píndaro (520-440 a. C.) le dedicó estos versos desde su Beocia natal:
“En Atenas, cantaré a los atenienses, victoriosos ante Salamina [480 a. C.]; en Esparta, celebraré la batalla en la que los citerones vieron la derrota de los medos con sus arcos curvos [batalla de Platea, 479 a. C.]; en las orillas del río Himera, repetiré la gloria que adquirieron los hijos de Deinoménidas por la derrota de sus orgullosos enemigos [480 a. C.]. Hablar a tiempo, celebrar en unos pocos versos una numerosa serie de acciones hermosas, es la manera de ofrecer menos asideros a la crítica de los hombres. La mente es rápida, demasiados detalles la cansan pronto, y los elogios de los demás pesan en secreto sobre el oyente” (Píndaro, Píticas, 1.75-84).
El origen de la artillería
La poliercética, o el arte del asedio, tuvo una evolución prodigiosa en la antigüedad.
Las primeras comunidades humanas descubrieron la importancia de una buena defensa. Para ello, primero se utilizó la propia geografía para su beneficio, dominando con el tiempo técnicas cada vez más complejas.
En la antigüedad, el asalto a una ciudad amurallada ya requería una combinación de hombres y máquinas. No debemos ensalzar los inventos por encima del temperamento de los propios soldados, pero sí que resultaron parte fundamental de la guerra antigua. En Alejandría, Egipto, los griegos descubrirían en el s. III a. C. las bondades de la energía del vapor, pero sólo la utilizarían para propulsar artefactos de juguete, mientras que los budistas se contentaban con que la recién descubierta energía hidráulica hiciera girar pacíficamente sus ruedas de oración. Sin embargo, en el campo de batalla, las novedades se aplicaban de un modo distinto, más rápido y visceral.

Eolípila de Herón de Alejandría (s. I d. C.)

Rueda de rezo budista
Había, pues, una carrera armamentística que dominó los campos de batalla antiguos durante siglos. La técnica de asedio y la construcción de complejas fortificaciones se superponían en el ir y venir de siglos y civilizaciones. El eje, la polea y la escalera de mano amenazaron las primeras murallas de barro del Medio Oriente desde el cuarto milenio a. C. En el segundo milenio se mejoraron las construcciones de las murallas, volviendo a ser decisivas. Los arietes y las torres de asedio adquirieron su apogeo en la Asiria del s. VII a. C., con lo que las murallas, que eran aporreadas y rebasadas por la parte superior, empezaron a reforzarse con terraplenes inclinados en la base y bastiones y ángulos en los perfiles, y a menudo reemplazaron los ladrillos, que eran solubles en agua, por sólidas capas de piedra.

Ilustración de la fortaleza Dur-Sharrukin de Sargón II de Asiria (722-705 a. C.) - Khorsabad, Irak
Desde el apogeo de Asiria, la técnica de asedio en el este había sido exportada al Mediterráneo, sin avanzar demasiado; las ciudades amuralladas, por su parte, habían añadido más innovaciones, y no había uniformidad en los tipos de piedra o de defensa entre las ciudades griegas. Comparados con los reinos del este, los griegos habían sido lentos a la hora de desarrollar un equipo de asedio avanzado; los conocimientos que poseían en relación con las torres de asedio y los arietes los debían a los contactos que durante el siglo V a. C. mantuvieron con Oriente.

Asedio asirio bajo el reinado de Asurnasirpal II (883-859 a. C.) - Angus McBride
Con toda probabilidad, las técnicas habían pasado de Asiria a Fenicia y Tiro, de Tiro a Cartago, y de Cartago a los campos de batalla de Sicilia, donde los griegos que residían allí las podrían haber aprendido de sus enemigos cartagineses. Tiro, por lo tanto, había sido un vínculo vital, dando un rodeo, en la transmisión a los griegos de las técnicas de asedio.
Sin embargo, la ruta también había funcionado a la inversa.

En el cambio de siglo, cerca del 375 a. C., Dionisio I, tirano de Siracusa, desarrolló una forma elemental de artillería para disparar flechas gigantes que después se volvió contra los asustados cartagineses. Sin duda, Cartago informó a Tiro acerca de las nuevas heridas recibidas, y para el asedio de Alejandro Magno en 332 a. C., desarrollando ellos mismos sus propias ballestas.
Bajo el mecenazgo de Filipo II de Macedonia, sobre el año 340 a. C., ingenieros como el tesalio Poliído, descubrieron las ventajas del resorte de torsión, transformando las catapultas sicilianas que disparaban pesadas flechas a 180m de distancia, en piezas de artillería capaces de disparar grandes piedras a 150m, siendo efectivas contra las murallas a 135m (Lane Fox (1973/2007) Alejandro Magno. Conquistador del mundo. Acantilado, pp. 293-294). Estas piedras podían pesar entre 25 a 30kg, lo que perforaba las murallas de menos de cinco metros de profundidad con relativa facilidad. Aunque en el asedio a Siracusa (214-212 a. C.), el genio Arquímedes llegó a montar una catapulta en un barco de unos cinco metros de alto que podía lanzar proyectiles de casi 80kg.

Arquímedes dirigiendo la defensa de Siracusa - Thomas Ralph Spence (1895)
El peso de las piedras podía debilitar tanto a defensores como a la propia estructura de la muralla, facilitando el trabajo de los arietes al golpear puertas o zonas más débiles de estas. Desde los inicios de la artillería a las temidas lithoboloi (λιθοβόλοι) helenísticas, estos artilugios de muerte cambiaron el campo de batalla. El máximo exponente de esta carrera armamentística será la torre de asedio más grande de la antigüedad, conocida como la Helépolis, de la cual ya existe un artículo escrito AQUÍ.


Reconstrucciones de antiguas lanzaderas de piedra o lithobolos
Finalizo pues con las palabras del rey de Esparta, Arquidamo III (gobernante desde 360-338 a. C.), cuando, al presentársele la maestría de los ingenieros sicilianos, exclamó: ‘¡Por los dioses! La fuerza del hombre se vuelve inútil’ (Plutarco, Moralia. Máximas de espartanos, 3.219a).
Helépolis: tomadora de ciudades
En los turbulentos momentos de inicios del período helenístico, durante la Cuarta Guerra de los Diádocos (308-301 a. C.), Demetrio I Poliorcetes (337-286 a. C.), príncipe y futuro rey de Macedonia, movilizó a su ejército para atacar Rodas. La ciudad insular era proclive a los ptolomeos, por lo que el príncipe no podía dejar tras de sí a una urbe tan relevante y peligrosa.


Asedio de Rodas - Vincent Thuillier (1729)
Demetrio I Poliorcetes (s. I a. C.) - Museo Nacional de Nápoles
Las operaciones militares comenzaron en el año 305 a. C.
Según Diodoro Sículo, Demetrio contaba con una flota de 200 barcos de guerra, 170 de transporte, y más de un millar de pequeñas embarcaciones privadas que siguieron al ejército a la espera de botín (desde chalupas de pesca a pequeñas embarcaciones de recreo). En total, las fuerzas del príncipe se componían de unos 40.000 soldados. En cambio, los rodios, llamaron a filas a los extranjeros y esclavos más fuertes, llegando a conseguir una fuerza de entre 7.000 a 10.000 combatientes (Biblioteca histórica, 20.82-84).
Se tratan de cifras bastante plausibles para un asedio de tal envergadura.
Este impresionante fragmento nos cuenta la visión que debieron tener los habitantes de la ciudad del horror que estaba por venir:
“Demetrio desplegó su flota en una línea formidable, como si estuviera a punto de entablar un combate naval. (…) la zona de mar entre la isla y la costa opuesta parecía estar totalmente cubierta de barcos, y ofrecía a los habitantes de la ciudad un espectáculo imponente. Los soldados rodios estaban desplegados a lo largo de las murallas, esperando la llegada del enemigo; los ancianos y las mujeres estaban subidos en las casas, desde donde observaban los movimientos de la flota enemiga. Como la ciudad estaba construida en forma de anfiteatro, todos los habitantes podían disfrutar del espectáculo que ofrecían aquella inmensa flota y las armas, cuyo brillo se reflejaba en las aguas del mar” (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 20.83).

Batalla de Cartago – Total War: Rome 2 (2013)
El combate se intensificó durante un año, hasta que el príncipe decidió crear un arma que quedaría para los anales de la historia: la mayor torre de asedio de la antigüedad.
Construida por Epímaco de Atenas (ss. IV-III a. C.), Diodoro Sículo lo describe minuciosamente:
“Demetrio continuó el asedio de Rodas. Sin éxito en sus ataques por mar, decidió atacar la ciudad por tierra. Después de procurarse una inmensa cantidad de materiales, hizo construir una máquina, llamada 'helépolis' (ἑλέπολιν, tomadora de ciudades), mayor que ninguna inventada hasta entonces.
La base era cuadrada; cada lado estaba formado por vigas cuadradas unidas por abrazaderas de hierro y medía unos cincuenta codos de largo [22 metros]. El espacio interior estaba escalonado con tablones para sostener a los que iban a manejar la máquina. Todo el conjunto se apoyaba en ocho grandes y robustas ruedas, separadas entre sí aproximadamente por un codo [0,44 metros]. Las llantas de las ruedas, revestidas con círculos de hierro, tenían un grosor de dos codos [0,88 metros] y, para poder dar a la máquina toda clase de direcciones, se les habían colocado pivotes móviles.

Base de la Helépolis – Fuente: Quellegamos.com
Las cuatro esquinas estaban formadas por cuatro pilares de cien codos de altura [44 metros], ligeramente inclinados en la parte superior, de modo que todo el edificio estaba dividido en nueve pisos.
La más baja estaba formada por cuarenta y tres tablones y la más alta por nueve. Tres lados de este edificio estaban cubiertos por fuera con listones de hierro para protegerlos de las antorchas.

Helépolis – Fuente: Quellegamos.com
En el cuarto lado, orientado hacia el enemigo, había ventanas a ras de suelo proporcionales al tamaño de los proyectiles que se lanzaban contra el enemigo. Estas ventanas estaban provistas de toldos, fijados por muelles, detrás de los cuales se resguardaban los hombres que lanzaban los proyectiles. Estos toldos estaban hechos de pieles cosidas entre sí y rellenas de lana para amortiguar el impacto de las piedras lanzadas por los lithobolos [λιθοβόλος, una especie de balista capaz de lanzar proyectiles de hasta 80 kilos].

Recreación de la mayor 'lithobolos' de la helépolis
Por último, había dos anchas escaleras en cada piso; una se utilizaba para subir las municiones necesarias, y la otra para bajar, a fin de no perturbar la regularidad del servicio.
Los hombres más vigorosos del ejército, 3.400 en número, fueron elegidos para poner en movimiento este inmenso aparato de guerra, algunos de ellos colocados dentro, otros fuera y detrás, haciendo todo lo posible para que se moviera.
Demetrio hizo construir también dos torres, una para proteger a los excavadores, la otra para proteger a los arietes; añadió galerías donde los obreros pudieran trabajar con seguridad. Empleó a las tripulaciones de los barcos para nivelar el terreno por el que debían pasar las máquinas hasta una extensión de cuatro estadios [710,4 metros].
Finalmente, estas obras de Demetrio se enfrentaron a seis mesopirineos [μεσοπυργίων, es decir, el espacio de muralla entre las torres defensivas] y siete torres de las murallas rodias.
Se emplearon cerca de 30.000 trabajadores” (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 20.91).
Sin embargo, el tamaño no lo es todo, y la máquina de asedio no superó las defensas de la ciudad. Tras firmar la paz, Demetrio se marchó, dejando atrás la torre. Los ciudadanos rodios la desmontaron y vendieron, y con las ganancias erigieron una estatua mítica: el Coloso de Rodas.

Chandragupta: el César indio
Hablemos de quien algunos autores nacionalistas indios han denominado como el ‘César Indio’, Chandragupta Maurya (en sánscrito devaganari: चन्द्रगुप्त मौर्य), de cuyo nombre existen muchas variantes en griego: Sandrokyptos (Σανδρόκυπτος); Sandrácoto (Σανδρόκοττος) etc.

Estatua moderna de Chandragupta Maurya - Birla Mandir, Delhi
Este líder militar nació alrededor del año 340 a. C., por lo que sería más acertado llamar a César el Chandragupta romano. Su origen, así como su vida, es un tanto oscura, pues hay quien atribuye su origen al clan de Buda, Sakia o los Nandas. Probablemente nació en el Punjab (noroeste de la actual India). En aquel momento el imperio Nanda gobernaba el este de la India, en la cuenca del Ganges, y, a pesar de no tener un poder directo sobre la cuenca del Indo, ejercían allí una gran influencia política.

Imperio Nanda (325 a. C.)

Imperio Maurya de Chandragupta (303 a. C.)
Chandragupta se convirtió en protegido de un brahmán de nombre Cautila, que estaba descontento con el poder Nanda. La partida de Alejandro (325 a. C.) creó un vacío de poder, donde los sátrapas designados por el conquistador, o bien fallecieron sin un carismático líder que los sucediera, o bien marcharon a Persia.
Según Plutarco, “Androcoto [Chandragupta], que en su temprana juventud había visto a menudo a Alejandro, repitió varias veces que no había significado nada que Alejandro no se hiciera señor de la India, porque el rey de aquel país era generalmente odiado y despreciado por su maldad y la bajeza de su nacimiento” (Vidas paralelas. Alejandro, 62.3).
Chandragupta consiguió aunar a los descontentos con los Nanda, marchó al reino de Magadha en el Ganges, origen del poder Nanda, y sitió Pataliputra, la capital. Para el año 320 a. C., Chandragupta había subido al trono.


Idealización de Pataliputra, capital del imperio Nanda / Maurya
Megástenes, cronista griego que acompañó a Chandragupta, dice lo siguiente sobre el poderío Maurya: “Sobrios en todo momento, los indios lo son aún más en la guerra. Sus ejércitos están libres de multitudes innecesarias y, por ello, están en perfecto orden. Especialmente en tiempo de guerra, hay algo así como una tregua en los robos: así, en el ejército de Sandrácoto, un ejército de 400.000 hombres, Megástenes, que acompañaba al Rey, dice que nunca vio ninguna denuncia de robo de más de doscientos dracmas” (Estrabón, Geografía, 15a.53).
Un ejército de ese tamaño es algo improbable, pero sin duda que las fuerzas militares del nuevo reino fueron encomiables. Inspiradas en la formación militar alejandrina fueron capaces de mantener un fiero combate contra Seleuco I Nicátor, que invade el valle del Indo en el año 305 a. C. Tras una serie de derrotas, el griego cede territorios al Maurya, uniendo ambas familias mediante el matrimonio en el año 303 a. C. Los seléucidas cedieron los territorios orientales de Aria, Aracosia, Gedrosia y las montañas Paropamísadas, a cambio de 500 elefantes de guerra que Seleuco utilizó de forma definitiva en la batalla de Ipso en el año 301 a. C.
Unos años más tarde (297 a. C.), Chandragupta, habiendo formado el primer imperio de la historia de la India que abarcaba desde el Indo hasta el Ganges, uniendo ambos océanos, abdica en favor de su hijo Bindusara. Tras una revelación por parte del monje jainista Bhadrabahu, el emperador decide marchar al sur, donde habitará en una comunidad asceta hasta el día de su muerte.

Chandragupta y el sabio Bhadrabahu en la tumba de Chandragupta - Carnataka, India

Ruinas en Pataliputra, Kumhrar
En la actualidad, dicha comunidad jainista continúa en la misma región de Carnataka, donde aún hablan de Chandragupta, aquel que conquistó la India para después dejar las armas.
Brenno y el saqueo de Delfos
En el año 279 a. C., Grecia estaba siendo asolada por una gran horda. No, no habían vuelto los persas, sino que se trataba de una coalición de pueblos célticos, aunque la propaganda griega de la época no tardó en comparar ambos eventos.
Esta coalición, según Pausanias, constaba de 152.000 tropas de infantería y 61.200 de caballería (Descripción de Grecia, 10.19.9), algo claramente imposible. Diodoro lo reduce a un total de 160.000 (Biblioteca histórica, 22.9.1), igualmente inverosímil. No obstante, el miedo que nos transmiten las fuentes clásicas nos muestra que debió de tratarse de una fuerza considerable. Los pueblos helenos veían a los celtas como sucios bárbaros, “no conocen ninguna ley ni orden, y carecen de cultura alguna” (Polibio, Historias, 18.37.9), pero los respetaban por considerarlos un pueblo temible, “tal era el terror de los galos que los reyes, anticipándose a su ataque, les compraban la paz a precio de oro” (Justino, Historia universal, 24.4).

Cuando el ejército celta liderado por Brenno llegó al santuario de Delfos, todo parecía perdido. Los autores modernos creen que los invasores debían superar a los defensores en una proporción de uno a siete para poder plantearnos siquiera una primera victoria celta, ya que la orografía del lugar es muy favorable a su defensa.
Sin embargo, no está muy claro si los celtas asaltaron y saquearon el lugar. Este episodio está muy mitificado, pues los de Brenno atacaron uno de los lugares más sagrados para los griegos. Al parecer, Apolo despertó y volcó su ira sobre los invasores, pues el día de la batalla hubo una gran tormenta que acabó con muchos celtas (Tito Livio, 40.58.3). Según Pausanias, hasta los mismos héroes de la antigüedad se levantaron de sus tumbas para repeler a los atacantes (Descripción de Grecia, 10.23.4).
Por la noche la nieve y las bajas temperaturas dificultaban la vida en el campamento, hasta que, entre los truenos, cayeron grandes rocas del Parnaso que sepultaron a muchos asaltantes.


Fotografías del santuario de Delfos bajo la nieve
Al salir el sol, los defensores atacaron a los maltrechos celtas, que no pudieron más que huir. Cuando volvió a hacerse de noche, Brenno y unos pocos supervivientes acamparon donde pudieron, pero fueron engañados por el dios Pan, que les hizo alucinar. Creyeron que los griegos los habían perseguido y se mataron entre sí, olvidando su propia lengua.

Brenno siendo castigado en Delfos - Angus McBride
Con tales desastres e intervenciones divinas, el líder Brenno, temeroso de la represión de sus compañeros, se suicidó. El grupo restante fue perseguido en su huida por el país, y terminaron siendo interceptados: “Cuando hubieron cruzado este río [el Pleistos], los tesalios y los malios les tendieron una emboscada, donde les sorprendieron y se bañaron, por así decirlo, en su sangre, haciendo una matanza tan horrible que no escapó ni uno” (Pausanias, Descripción de Grecia, 10.23.13).
Así terminó el mítico asalto a Delfos, cuya narración se ha adornado con el tiempo pero que, sin duda, supuso un tremendo shock para los griegos.
La otra batalla de las Termópilas
El paso de las Termópilas es un estrecho desfiladero que conecta la Lócride con Beocia, cruzando la cadena montañosa del Eta, cuyo pico más alto mide 2.153 metros. Es decir, que para cruzar la zona central de Grecia es necesario atravesar ese lugar. En la actualidad, los sedimentos acumulados del río Esperqueo han ampliado el paso entre 1,5 y 5 kilómetros, pero en la antigüedad no era sino un paso de menos de 100 metros en su zona más estrecha.
Esta posición privilegiada hizo que el lugar fuera escenario de una de las batallas más importantes de la antigüedad, pero no fue la única.

Fotograma de 300 - Zack Snyder (2006)
En el año 353 a. C., en el contexto de la Tercera Guerra Sagrada, las tropas de Filipo II de Macedonia se vieron entorpecidas por un contingente ateniense. En el 279 a. C., los galos de Brenno fueron contenidos por los atenienses. En el año 267 d. C., los hérulos, pueblo germánico procedente de Escandinavia, vencieron a los griegos que trataron de detenerles. Incluso fuera del marco de la antigüedad, se combatió en el lugar en la Guerra de Independencia Griega (1821-1830) o en la Segunda Guerra Mundial (1941).
Sin embargo, el conflicto que nos atañe es el del año 191 a. C., dentro de la llamada Guerra Romano-Siria. El rey Antíoco III el Grande, uno de los monarcas seléucidas más importantes, trató de fomentar la sensación antirromana imperante en Grecia enviando un contingente militar.
En el año 192 a. C., 10.000 soldados de a pie, 500 de caballería y 6 elefantes desembarcaron en Tesalia. Los romanos no tardaron en responder, y enviaron al año siguiente al cónsul Manio Acilio Glabrión, que debía frenar el avance del monarca sirio. Este se hizo fuerte en las Termópilas, por lo que los romanos se vieron en un impasse.

Mapa de la Guerra Romano-Siria (192-188 a. C.)
En ese contexto brilla Marco Porcio Catón, tribuno militar y conocido político romano. Catón coge a gran parte del ejército, y consciente de que existía un camino secreto que ya utilizaron los persas en su día, marchó de noche para tratar de encontrarlo. Sin embargo, el guía no era un local, por lo que el ejército se desorientó entre la foresta. Tras un rato vagando en la montaña, se encontraron por casualidad con un contingente de soldados. Sin saber bien quiénes eran, atacaron con todo, creando gran confusión. La contienda se extendió hasta el desfiladero, hasta que, en medio del caos, el cónsul Glabrión mandó atacar al resto de fuerzas. Tras una cruenta batalla, los sirios fueron expulsados (Plutarco, Vidas paralelas. Catón, 13-14).


Busto de Antíoco III - Louvre, París
Busto que se atribuye a Catón – Colección Torlonia, Roma
De este modo fue repelida la invasión de Antíoco en Grecia, así como sus aspiraciones de conquista en suelo europeo. La guerra se expandió a Anatolia, finalizando tras la victoria romana en Magnesia (190 a. C.), donde el rey sirio fue obligado a retirarse de la península.
Aníbal y el cruce del Ródano
En otoño del año 218 a. C., el ejército de Aníbal cruzaba la Galia en dirección a Italia. Sin embargo, el general se vio en un dilema militar: cruzar la desembocadura del río Ródano y enfrentarse a un ejército romano apoyado por la polis de Masilia, fuertemente defendida; o remontar el cauce del río y cruzarlo en un vado al norte con el riesgo de enfrentarse a las poblaciones locales.

Marcha Aníbal a Italia (218 a. C.)
El cartaginés eligió la segunda opción, y no tardó en encontrar una fuerza de galos que defendían el lado oriental del río. Aníbal, imitando a Alejandro en el Hidaspes, mandó a parte de sus fuerzas cruzar el río en un vado al norte, y de este modo consiguió atrapar a los galos desprevenidos.
Una vez vencido, Aníbal tuvo que cruzar a sus famosos elefantes, pero la tarea se mostraba harto compleja. Una de las versiones menciona que se construyó una estructura hecha con barcazas para que los animales pudieran cruzar. Se trataba de una plataforma de unos 60 de largo y 15 de ancho, donde los animales serían arrastrados mediante un sistema de cuerdas hasta la otra orilla (Livio, 21.28.5). Estas plataformas se cubrieron de tierra para familiarizar a los paquidermos y tranquilizarlos (Silio Itálico, Púnicas, 3.460).

Elefantes de Aníbal cruzando el Ródano - Henri-Paul Motte (1878)
No obstante, algunos de los animales se asustaron al verse rodeados de agua, lanzándose al río. En el mundo antiguo existía la creencia de que los elefantes no sabían nadar pues evitaban introducirse en el elemento cuando eran conducidos (Plinio, Historia Natural, 8.28).

Sin embargo, los elefantes se mostraron más versátiles de lo previsto, pues: “los propios animales pudieron salvarse gracias a la fuerza y la longitud de su trompa: elevaron este apéndice por encima del agua, lo que les permitió tanto respirar como expulsar toda el agua que tragaban; de este modo, pudieron realizar toda la travesía sin ser casi nunca arrastrados o derribados por la corriente” (Polibio, Historias, 3.46).
Al final, aquellos que murieron fueron los jinetes indios, arrastrados por la feroz corriente, pero los animales mostraron ser más listos que sus dueños.
No obstante, la comunidad académica actualmente descarta esta idea de las balsas en pos de la otra versión que nos da Livio, donde los elefantes cruzan a nado el río.
Sargón, el primer emperador de la historia

Busto de época acadia. Posiblemente perteneciente a Sargón - Museo Nacional de Iraq, Baghdad
Emperadores ha habido muchos en la historia, pero, ¿cuál fue el primero?
Hasta donde conocemos de la historia humana este título se lo llevaría Sargón de Akkad, fundador del imperio acadio en tiempos muy muy remotos (2334-2193 a. C.).
Es muy difícil discernir el mito de la realidad en esta figura histórica, incluso algunos ponen en duda su propia existencia. Lo más probable es que fuera un monarca al que, con el tiempo, se le atribuyeron hechos de otros personajes históricos ya olvidados.
Pudo tratarse de una persona de origen humilde que adquirió cierta fama en el ejército.
Tras derrotar al rey de Kish, posible patria de Sargón, se erigió como campeón de la diosa Enlil, quien le entregaría el mar superior e inferior (mar Mediterráneo y golfo Pérsico respectivamente).
Su campaña inicial se centró en el sur de Mesopotamia. Conquistó las ciudades de Uruk y Ur, focos primordiales de la civilización sumeria nueve siglos antes de su tiempo. Procedió con las conquistas de Lagash y Umma hasta someter todas las ciudades entre Akkad y el mar del sur. Allí limpió la sangre de sus armas, en un acto de gran envergadura simbólica.
Después se movilizó al norte, donde hay testimonio de sus conquistas hasta la actual Siria.

Conquistas de Sargón de Akkad/Agadé (2334-2280 a. C.)

Una vez terminabas sus conquistas, asentó a caudillos fieles en el poder que hablaran lengua acadia, lengua semítica hablada en Mesopotamia central y posible lengua materna del rey.
Las revueltas se sucedieron incluso con los sucesores de Sargón, pero este clima hostil no entorpeció los pasos del monarca, que trató de revitalizar toda Mesopotamia central y sur desde su nueva capital, Akkad o Agadé. Esta ciudad permanece aún escondida bajo tierra, a la espera de que alguien encuentre sus ruinas a orillas del Tigris.
Sargón se definió como un rey único, y ciertamente lo era, pues llegó a cambiar la realidad de ciudades estado existente en Mesopotamia para dar paso a los primeros imperios de la humanidad.
Un personaje fascinante a la par que misterioso.
Ilustración de Sargón de Akkad - Miɫek Jakubiec
Mancino y el desastre numantino
Numancia fue un duro hueso de roer para Roma, y, si no, que se lo digan a Cayo Hostilio Mancino (s. II a. C.).
Este hombre procedía de la gens Hostilia, una familia respetable, pero de origen plebeya. Su padre fue cónsul (170 a. C.), así como su hermano (145 a. C.), por lo que Mancino no tardó en alcanzar dicha magistratura (137 a. C.). Se le otorgó la provincia de la Hispania Citerior, lo que le conllevaba tomar parte en un conflicto enquistado: la Tercera Guerra Celtibérica (143-133 a. C.).

Principales asentamientos de la Península Ibérica (s. II a. C.)

Pueblos prerromanos de la Península Ibérica (s. II a. C.)
Mancino había sido pretor en Hispania tan solo tres años antes, por lo que se le creía capaz de encargarse de la situación bélica de la región. No obstante, la suerte no lo sonreiría, pues se trataba de “un hombre al que no le faltaba talento, pero que fue el más desafortunado de los generales romanos” (Plutarco, Vidas paralelas. Tiberio Graco, 5.1-2).
El cónsul fue vencido en varias contiendas, y, desalentado por sus derrotas, trató de huir al amparo de la noche. Los numantinos, conocedores de su propia tierra, los alcanzaron, capturando el campamento romano en el proceso.

Recreación de las tropas numantinas - Asociación Cultural Tierraquemada (Carlos Arlegui)
Sexto Aurelio Victor, tardío cronista (s. IV d. C.), nos narra una curiosa historia: “Por casualidad, ese día, los numantinos celebraban solemnemente los esponsales de sus hijas. Dos rivales se disputaban la mano de una de sus hijas, notable por su belleza. Su padre la prometió en matrimonio a aquel de los dos que le devolviera la mano derecha de un enemigo [ritual común entre la casta guerrera celtíbera]. Los jóvenes partieron de inmediato, confundieron la repentina partida del ejército romano con una huida y regresaron para avisar a sus conciudadanos. Inmediatamente, ellos y cuatro mil de los suyos despedazaron a veinte mil romanos” (Sobre los hombres ilustres de Roma, 59).
Es probable que esta historia esté algo adulterada, pero lo cierto es que Mancino se vio rodeado. El cónsul envió heraldos para entablar una negociación. Según las fuentes, fue el joven Tiberio Sempronio Graco, cuestor de Mancino, quien entabló dichas negociaciones. Su padre había servido en aquellas tierras (181 a. C.), y su buena reputación (además de sus redes clientelares) sobrevivieron a su partida. Tiberio consiguió establecer una paz con los numantinos, a cambio de salvar la vida de 20.000 personas atrapadas. Esto le granjeó una gran fama entre los plebeyos.

Tiberio Graco - Jean-Baptiste Claude Eugène Guillaume (1853)
Mancino tuvo que volver a Roma y rendir cuentas ante el Senado, pues la paz debía ser ratificada por ellos y se trataba de un acto sagrado, por lo que el acto de Mancino se veía como una gran falta de respeto a la ciudad. Tiberio consiguió librarse del castigo, pero el juicio de Mancino fue del siguiente modo:
“La disputa ante el Senado entre Mancino y los embajadores numantinos seguía su curso. Estos últimos mostraron el tratado que habían concluido con Mancino; él, por su parte, echó la culpa de todo a Pompeyo, su predecesor en el mando, que le había dado un ejército sin valor y sin recursos, con el que el propio Pompeyo había sido derrotado a menudo, y por eso había concluido un tratado similar con los numantinos. Añadió que la guerra había tenido lugar bajo malos augurios, porque había sido declarada por los romanos en violación de estos acuerdos. Los senadores se enfadaron por igual con ambos, pero Pompeyo se libró del castigo porque había sido juzgado por el asunto mucho antes. Decidieron entregar a Mancino a los numantinos por hacer un tratado vergonzoso sin su permiso. (…) Mancino fue llevado a Hispania por Furio y entregado desnudo a los numantinos, pero estos se negaron a recibirlo” (Apiano, Iberia, 83).

Mancino entregado a los numantinos - David Mirys (1800)
No era la primera vez que este castigo se realizaba. Durante la Segunda Guerra Samnita, los dos cónsules Tito Veturio Calvino y Espurio Postumio Albino Caudino (321 a. C.) fueron entregados a sus enemigos. Sin embargo, en el caso que nos concierne, no se aceptó al prisionero, posiblemente porque los numantinos pretendían que su tratado fuera legal finalizando el conflicto. No obstante, de poco les sirvió, pues la ciudad caería definitivamente cuatro años más tarde, en 133 a. C., bajo el asedio de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Menor, que se ganaría otro apodo más: Numantino.

Asedio de Escipión Emiliano (133 a. C.)

Numancia - Alejo Vera y Estaca (1881)
Mancino regresó a Roma, pero se desconoce cuál fue su situación posterior. Parece que algunos senadores no lo apreciaban en exceso, pues Cicerón nos dice que fue expulsado de una sesión donde tomó su asiento por haber perdido la ciudadanía (De oratore, 1.40). Sin embargo, tuvo que haber alguna triquiñuela legal para devolverle sus derechos, pues Aurelio Victor asegura que más tarde fue pretor (Sobre los hombres ilustres de Roma, 59).
Este es otro ejemplo más de que los romanos, a pesar de la imagen que tenemos actualmente de ellos, no eran invencibles. En su larga historia sufrieron muchas derrotas.

Reconstrucción de un hogar celtíbero - Numancia, Soria
La apestosa camellería
¡La peste que conquistó un país!
En el año 547 a. C., en las llanuras de la ciudad de Sardes, se enfrentaron dos titanes del mundo antiguo en lo que la posteridad conocería como la Batalla de Timbrea.
Creso (595-546 a. C.), rey de Lidia, un reino que dominaba gran parte de la península anatólica, se interponía en el camino de la conquista total de Ciro II el Grande (c. 600-530 a. C.), rey de Persia.

Imperios del s. VI a. C.
Ciro, temeroso de la reputada caballería de su enemigo, utilizó una curiosa estratagema:
“En aquel tiempo no había en todo el Asia nación alguna más varonil ni esforzada que la lidia; y peleando a caballo con grandes lanzas, se distinguía en los combates por su destreza singular.
(…) En esta llanura, viendo Ciro a los lidios formando en orden de batalla y temiendo mucho a la caballería enemiga, se valió de cierto ardid que el medo Harpago le sugirió. Mandó reunir cuantos camellos servían al ejército cargados de víveres y bagajes, y quitándoles las cargas, hizo montar en ellos unos hombres vestidos con el mismo traje que suelen llevar los soldados de caballería. Dio orden para que estos camellos así prevenidos se pusiesen en las primeras filas delante de la caballería de Creso; que su infantería siguiese después y detrás de esta se formase toda su caballería.

Peregrinos de camino a la Meca - Léon Belly (1861)
(…) La razón que tuvo para poner los camellos al frente de la caballería enemiga fue saber que el caballo teme tanto al camello que no puede contenerse cuando ve su figura o percibe su olor. Por eso se valió de aquel ardid con la mira de inutilizar la caballería de Creso, que fundaba en ella su mayor confianza” (Heródoto, Historias, 1.79-80).

Derrota de Creso - Walter Hutchinson (1877)
Al parecer el sudor del camello asusta a aquellos caballos no muy habituados a su presencia, por lo que el ardid del medo Harpago funcionó, dando la victoria a Ciro.El gran rey dominaría así Anatolia, y todo gracias al mal olor de un pobre animal.

Creso inmolado en la pira (s. V a. C.) - Museo de Louvre, París
¿Infalibilidad militar romana?
El ideario colectivo muestra a Roma como una máquina infalible de conquista. Pero ¿se debían estas victorias a su dominio marcial? ¿Acaso eran mejores soldados y comandantes que los innumerables pueblos de la época?

Escena de Roma de HBO (2005)
Lo cierto es que no.
A pesar de tener una disciplina férrea, el ejército romano había adquirido muchos de sus principios bélicos del mundo griego. La causa principal la encontramos en los números.
Según dice el historiador griego Polibio de Megalópolis (200-118 a. C.) en sus ‘Historias’, durante la invasión de Aníbal (218 a. C.): “el número total de ciudadanos y auxiliares capaces de portar armas era de más de 700.000 infantes y unos 70.000 jinetes” (2.24). Estas cifras, entre aliados y tropas propias, están bastante aceptadas hoy en día.

A mediados de la época republicana, la legión romana se componía de unas 5.000 unidades de infantería y 300 de caballería. A estas fuerzas tendríamos que sumar a otros 5.000 soldados de a pie y 900 más a caballo entre las tropas auxiliares (6.20). Por otro lado, los romanos solían disponer de tropas especializadas entre sus aliados, tales como arqueros u honderos. Por ello, eran capaces de mostrar una gran versatilidad en cuanto a sus técnicas de combate.

Sobre las fuerzas totales de las que Roma disponía, la cantidad de legiones dispersas por todo el territorio romano solía variar según el contexto y la necesidad del momento. Durante el s. II a. C., el número total de legiones reclutadas por la República oscilaría entre las catorce y las dieciséis.
Cuatro legiones se encontrarían repartidas en las dos provincias de Hispania: Citerior y Ulterior. Sicilia, Cerdeña y Córcega reclamaban constantes refuerzos, dados los levantamientos de esclavos o de los pobladores nativos. El norte de Italia y la Galia Cisalpina tenían alrededor de cuatro legiones y, en ocasiones contadas, seis (especialmente en las operaciones de los años 192, 182 y 176 a. C.). Por otra parte, las campañas en Oriente exigieron grandes cantidades de soldados: contra Filipo V se movilizaron dos legiones (196 a. C.); cuatro contra Antíoco III (190 a. C.); y otras cuatro contra Perseo (168 a. C.). En las campañas de Macedonia y Grecia, fueron enviadas tres legiones reducidas (en 149 a. C. una sola; entre los años 148-147 a. C. dos; y en la etapa final de 146-144 a. C. fueron tres). Por lo que respecta al gran enemigo de los romanos, es decir, los cartagineses, unas ocho legiones tomaron parte en los tres años que duró el asedio de Cartago (149-146 a. C.). Por último, en la primera guerra servil se enviaron a dos legiones consulares a Sicilia, 134-132 a. C. (Earl [1963], Tiberius Gracchus. A study in politics, 30-31).

En el desarrollo de las guerras contra Pirro, Filipo V o el propio Aníbal, los romanos sufrieron ciertos reveses iniciales hasta conseguir una victoria definitiva, lo que da fuerza a esta teoría.
El ejército perdido
Tras la muerte de Ciro II, el Grande, en el año 530 a. C., según la ley persa de sucesión, abierto para todos, el trono lo heredaría no el primogénito, sino el más fuerte (como un par de siglos más tarde diría Alejandro). Sin embargo, el hijo mayor de Ciro, Cambises, consiguió el cargo.
Al terminar el luto por su padre, Cambises había heredado un legado absurdo. Hasta aquel momento no había existido un conquistador como Ciro, y por ello, el rey de reyes decidió honrar su memoria conquistando Egipto.
La tierra de los faraones se encontraba gobernada por Amosis II, de la XXVI dinastía, llamada Saíta (664-525 a. C.). Egipto vivía un período de renacimiento de su milenaria cultura, y proyectaba una amenazante sombra sobre el recién formado imperio persa. Por ello, en el año 525 a. C., se iniciaron las hostilidades, y tras la batalla de Pelusio, los persas rápidamente se hicieron con el dominio del país.

Reunión entre Psamético III y Cambises II – Jean Adrien Guignet (1854)
Parece que los sacerdotes del oasis de Siwa no estaban contentos con los acontecimientos, y criticaron al nuevo faraón extranjero. Cambises no podía pasar por alto tal ofrenda, y envió un contingente de 50.000 soldados.
Para llegar al oasis había que cruzar un camino entre las arenas libias. El trazado partía de Tebas, adentrándose en el desierto por siete días. Al parecer, al séptimo día se levantó una tormenta de arena que desorientó a los guías, pereciendo todos bajo el abrasador sol del Sahara (Heródoto, Historias, 3.26).

Supuesta ruta de la expedición de Cambises
No hay que tomar en serio esta historia, pues Heródoto es conocido por dar verosimilitud a las fantasías, además de su inquina personal hacia Cambises. Se han realizado algunos descubrimientos datados en la época, pero nada significativo aún. Por lo que las arenas del desierto esconden todavía muchos secretos.

Ejército perdido de Cambises - Jacob Abbott (1850)
Sin embargo, puede que alguno de vosotros descubra con el tiempo el gran tesoro del ejército perdido.
Quién sabe…
Quinto Sertorio y la escisión hispana
Recorramos una parte de la antigüedad donde la península ibérica llegó a casi escindirse del imperio romano en medio de un contexto de guerra civil. Se trata de la guerra sertoriana (82-72 a. C.).
Quinto Sertorio (122-72 a. C.) fue un general romano proveniente de una familia humilde que Plutarco denomina de 'linaje oscuro' (Vidas paralelas. Sertorio, 2). Combatió en las invasiones de los cimbrios (113-101 a. C.) y ostentó varios cargos públicos.
Cuando estalló la guerra civil (88-81 a. C.), Sertorio se posicionó en el bando de Cayo Mario. Fue un duro opositor de Sila durante su avanza en la península itálica, hasta que la situación le obligó a tomar cargo de la provincia que le había tocado como pretor (82 a. C.): la Hispania Citerior.
Sin embargo, los silanos lo siguieron, y fue desalojado de allí. Encontró refugio en África, y allí esperó hasta que algunos pueblos lusitanos le pidieron auxilio. Con esa excusa, regresó a la península, donde comenzó su larga guerra.

Batalla de Valentia Edetanorum (Valencia, 75 a. C.)
Sertorio buscaba cierta legitimidad en Roma a la espera de que la situación se volviera menos tensa, por lo que su lucha fue de mera supervivencia. No obstante, consiguió un gran apoyo local entre lusitanos, vetones, arévacos y celtíberos.

Sertorio formó su propio senado con los disidentes itálicos, lo que fue una estratagema para tratar de justificar su posición frente a Roma. La situación se volvió favorable para él, pues los territorios controlados llegaron a alcanzar un territorio que abarcaba entre la franja atlántica y la mediterránea.

El caudillo siempre era acompañado por una corza albina, que decía que fue entregada por la mismísima Diana. Pero parece que la ayuda de los dioses no fue suficiente, pues sus propios hombres acabaron por traicionarle, lo que hizo que la guerra continuara por poco tiempo al carecer de un carismático líder.

Sertorio y su cierva - Juan León Pallière (1849)
Carataco, rey britano
En el año 43 d. C. el emperador Claudio reinicia la conquista de Britania. El objetivo de los romanos era el de establecer en el poder a un rey aliado, Verica, líder de los atrébates, pueblo belga con aspiraciones a gobernar en Britania.
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Conquista de Britania (43-60 d. C.)
Una confederación de catuvelaunos y trinobantes liderada por los caudillos Carataco y Togodumno les hizo frente, pero no fueron capaces de frenar la conquista romana. Togodumno falleció, por lo que Carataco no tuvo otra elección que marchar a la actual Gales y seguir su lucha como guerrillero.

Allí este rey obtuvo varias victorias, pero, con el tiempo, se vio forzado a retirarse hasta que las fuerzas nativas se enfrentaron a las romanas en la batalla de Caer Caradoc, al este de Gales, en el año 51 d. C. Carataco perdió la batalla y huyó, pero por poco tiempo, pues fue capturado cuando trató de refugiarse en la corte de Cartimandua, reina de los brigantes.

Busto de Claudio (41-54 d. C.) – Museo arqueológico nacional de Nápoles, Italia
Según cuenta Tácito (c. 55-120 d. C.), la fama de este caudillo llegó a la propia Italia, y cuando fue llevado como prisionero y desfiló en el triunfo del emperador, sus palabras, acompañados de su noble porte, conmovieron a Claudio:
“«Si mi moderación en la prosperidad hubiera igualado mi nacimiento y mi fortuna, habría podido venir aquí como amigo, nunca como prisionero; y tú mismo no habrías desdeñado la alianza de un príncipe de ilustres antepasados y gobernante de varias naciones. Ahora el destino ha añadido a tu gloria lo que ha quitado a la mía. Tenía caballos, soldados, armas y riquezas: ¿es de extrañar que sólo las haya perdido a pesar mío? Si quieres mandar sobre todos, no es razón para que todos acepten la servidumbre. Si me hubiera rendido sin luchar, ni mi fortuna ni tu victoria habrían tenido renombre: e incluso hoy mi calvario pronto sería olvidado. Pero si me dejas vivir, seré una prueba eterna de tu clemencia». Claudio le perdonó a él, a su mujer y a sus hermanos” (Tácito, Anales, 12.37).

Carataco ante el tribunal de Claudio - Andrew Birrell (1792)

Carataco en Roma - James William Edmund Doyle (1864)
Dión Casio (c. 155-235 d. C.) muestra lo innecesario de la campaña britana y la codicia de un emperador frente a la sabiduría bárbara:
“Carataco, un jefe bárbaro que fue capturado [en el año 52 d.C.] y llevado a Roma, y más tarde indultado por Claudio, se paseó por la ciudad tras su liberación; y después de contemplar su esplendor y su magnitud exclamó: «¿Y tú [Roma], que tienes tantas posesiones, puedes codiciar nuestras pobres casuchas?»” (Dión Casio, Historia romana, 61.33.3c).

Vidriera de la iglesia de Colchester (Camulodunum)
Pirro y el amor de una madre
Un final inesperado para una leyenda.
Pirro de Épiro es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes de la antigüedad.
Un rey que encarna el helenismo y su espíritu conquistador, pues llevó la guerra a Italia, Sicilia y Grecia. Sometió a innumerables pueblos, venciendo en el campo de batalla a macedonios, romanos, cartagineses y espartanos. Pero no fue rival para uno de los motores que mueven el mundo: el amor de una madre.
En el año 272 a. C., Pirro, coronado rey de Macedonia por segunda vez, invade Laconia con 25.000 soldados de a pie, 2.000 de caballería y 24 elefantes. Tras un infructuoso asedio contra Esparta, el rey esperaba reorganizarse y volver a atacar cuando se derritieran las nieves en primavera. Sin embargo, la ciudad de Argos llamó por él.

Busto de Pirro - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

La ciudad argiva se encontraba en una guerra civil, y uno de los pretendientes, Aristeas, buscó la ayuda de Pirro para luchar contra su rival Aristipo, a quien le apoyaba Antígono, candidato al trono de Macedonia y enemigo de Pirro. El epirota se sintió tentado por la gloria de la guerra, y marchó con su ejército a la ciudad. El combate se extendió por las calles.

Soldados epírotas y gálatas desmontando las torres del elefante para que quepa en la ciudad - Peter Dennis
“Pirro, (…) quitándose la corona con que estaba adornado su yelmo, la entregó a uno de sus amigos, y, fiado de su caballo, arremetió a los enemigos que le perseguían; habiendo sido lastimado en el pecho de una lanzada, aunque la herida no fue grave ni de cuidado, revolvió contra el autor de ella, que era argivo, no un noble, sino hijo de una mujer anciana y pobre.
Era esta espectadora del combate desde un tejado, como las demás mujeres, y cuando advirtió que su hijo se enfrentaba a Pirro, conmovida por el peligro, tomando una teja con las manos la dejó caer sobre Pirro. Le golpeó en la cabeza, sobre el yelmo; pero habiéndole roto las vértebras por la base del cuello, se le cegó la vista de los ojos, y las manos soltaron las riendas del caballo por falta de fuerza.

Pirro golpeado por la teja - Radu Oltean (2019)
Un tal Zópiro, luchador de Antígono, junto con dos o tres compañeros, lo reconocieron y le introdujeron en un portal, al tiempo que empezaba Pirro a volver en sí del golpe. Al desenvainar Zópiro una espada ilírica para cortarle la cabeza, se volvió a mirarlo Pirro con tal indignación que asustó a Zópiro; y temblándole las manos, volvió a intentarlo lleno de turbación y sorpresa. Le cortó la cabeza no al recto, sino por la boca y barba, realizando el corte lentamente y con gran dificultad” (Plutarco, Vidas paralelas. Pirro, 34).
De este modo tan sórdido finalizó la vida de uno de los mayores príncipes guerreros después de Alejandro. Desconocemos si aquel muchacho sobrevivió al combate, pero quiero pensar que madre e hijo pudieron celebrar la caída del invasor.
Frente a la ira de una madre griega y a falta de una chancla, bien vale una teja.
Cómo entrenar a tu dra... ¡elefante!
Los elefantes han sido denominados por algunos autores modernos como los tanques de la antigüedad. Su relevancia en el marco clásico es innegable, y abarca una zona geográfica muy amplia, desde Mauritania hasta la India. A pesar de su uso, muchos autores antiguos los describían con cierta imaginación, desarrollando disparatadas ideas sobre estos animales proboscídeos.
Plinio asegura que los elefantes, seres muy inteligentes, pueden percibir los idiomas e incluso que tienen cierta veneración por el sol y la tierra. Dice que algunos elefantes de los bosques de Mauritania viajaban hasta el río Amilas (probablemente el actual río Muluya), donde se lanzaban agua con sus trompas como ritual hacia el sol. También dice que Cayo Licinio Muciano, tres veces cónsul (64, 70 y 72 d. C.), vio cómo un elefante escribió algunos caracteres en griego, construyendo una frase con sentido (Plinio el Viejo, Historia Natural, 8.1.1-8.3.1).

Estos hechos son, sin lugar a duda, exagerados, lo que no significa que sus otras afirmaciones sean inverosímiles. Por ejemplo, el autor menciona que “los grandes colmillos son raros, excepto en la India; en nuestra parte del mundo, todo el marfil que se encuentra allí ha sido consumido por el lujo” (Plinio el Viejo, Historia Natural, 8.4.7). Lo que muestra que la caza masiva de estos majestuosos animales no es solo algo actual.

Mosaico de un elefante africano siendo cargado en el barco (ss. III-IV d. C.) - Veyes, Etruria
Parece que la búsqueda del marfil estaba muy extendida. En África solían cazarlos con arqueros a caballo que disparaban a sus patas. Cuando caía por el agotamiento lo mataban y le arrebataban sus colmillos. Los trogloditas, pueblo etíope, los cazaban subiéndose a los árboles, y cuando pasaba el último ejemplar débil de una manada, se lanzaban encima, lo montaban, y con una afilada hacha lo herían en uno de los corvejones, articulaciones ubicadas en la parte inferior de la pierna (Plinio el Viejo, Historia Natural, 8.7.1).
El mismo autor nos indica que en India utilizan técnicas diferentes, pues un ‘mahout’ o jinete de elefantes, combate contra un paquidermo salvaje mientras monta uno domesticado. Una vez vencido, el jinete monta en el salvaje y este, al verse sobrepasado, se somete a la voluntad humana (Historia Natural, 8.8.1).
De hecho, Plinio destaca que, antiguamente, los elefantes se acorralaban y obligaban a que cayeran a fosos previamente excavados, donde, por medio del hambre, los amansaban hasta poder montarlos. Algo parecido cuenta Estrabón sobre la India, donde encerraban a los animales en gigantescos recintos donde se encontraban con los mahouts y sus monturas. De este modo combatían, y mientras tanto otro hombre ataba las piernas de la víctima para lanzarlos después al suelo. En ese momento les colocaban un collar con púas, por el cual, cualquier movimiento suponía un calvario. Por ello los elefantes dejaban de moverse y se volvían dóciles (Estrabón, Geografía, 15.1.42).

Grabado de una masacre de elefantes en un anfiteatro romano - (1865) Anónimo alemán
Estos elefantes eran usados o bien para labores de agricultura, construcción, entretenimiento, o, principalmente, para la guerra. En la batalla de Rafia (217 a. C.), en la actual Rafah, Palestina, se enfrentaron los ejércitos del faraón Ptolomeo IV contra el ejército seléucida de Antíoco III. En esta contienda ambos bandos llevaron entre 70 y 100 elefantes cada uno. La ferocidad del combate entre estos animales nos lo transmite Polibio: “Sólo unos pocos de los elefantes de Ptolomeo cargaron contra los que se les enfrentaban; los soldados apostados en las torres lucharon valientemente, golpeándose de cerca con golpes de sarissa [lanza que para la época medía entre seis y siete metros]; pero el espectáculo más hermoso fue ver a los propios elefantes cargando directamente unos contra otros y luchando furiosamente. La forma de luchar de estos animales es la siguiente: se entrecruzan sus colmillos, empujándose con todas sus fuerzas mientras se agarran al suelo, hasta que el más vigoroso consigue desviar la trompa del otro; y cuando consigue flanquearle, le atraviesa con sus colmillos, como hacen los toros con sus cuernos” (Polibio, Historias, 5.84).

Dibujo de un combate entre elefantes (ss. XIII-XIV d. C.) - Dinastía Yuan, China
A pesar del caos de la batalla, el instinto prevalece, incluso en los animales, y, según parece, sucedió lo siguiente: “Volviendo a los elefantes de Ptolomeo, la mayoría de ellos rehuyeron el combate, siguiendo la costumbre de los elefantes africanos; no soportan el olor y el grito de sus congéneres indios [del bando seléucida]; también creo que temen su tamaño y su fuerza; en cualquier caso, huyen en cuanto los ven venir” (Polibio, Historias, 5.84).


Estos enormes animales eran maltratados hasta que se sometían, y después morían en las guerras humanas. Por ello, a pesar de que les llamemos ‘bestias’, creo que ellos tendrían más razones para decir eso de nosotros.
























