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Cornelia, matrona

Cornelia, matrona romana

Una de las matronas más destacadas de la antigüedad no es otra que Cornelia, madre de los Gracos. Responde a la idealización de la perfecta matrona romana, pero ella encierra mucho más detrás de una imagen de madre modélica. Sin embargo, las fuentes son escasas, y solamente destacan su entereza, pero podemos hacernos una idea de su vida.

Base de la estatua de Cornelia - Museo Capitolino, Roma.jpg

Base de la estatua de Cornelia - Museo Capitolino, Roma

Cornelia nace alrededor del año 190 a. C. Su padre no es otro que Publio Cornelio Escipión el Africano (236-183 a. C.), el vencedor de Aníbal, y su madre era Emilia Tercia (c. 230-160 a. C.), hermana de Lucio Emilio Paulo, el sometedor de Macedonia. Es decir, que Cornelia procedía de una de las familias más ilustres de su época.

 

Cuando llegó a la edad, la joven Cornelia fue desposada con Tiberio Sempronio Graco, político y general del momento en Roma. Desconocemos la edad que ella tenía al casarse, pero sabemos que tuvo doce hijos en total. Su esposo, al parecer el padre de los doce, fallecería (según algunas versiones) en el año 153 a. C. En una franja de unos veinte años, la pareja tuvo a toda su descendencia, por lo que Cornelia pasó gran parte de ese tiempo embarazada.

Cornélie mère des Gracques - Jules Cavelier (1861).jpg

Cornélie mère des Gracques - Jules Cavelier (1861)

El principal cometido de la mujer en las culturas antiguas era el de la descendencia, y los romanos no eran una excepción. Una de las anécdotas más conocidas de Cornelia nos cuenta lo siguiente:

 

Cornelia, madre de los Gracos, en cierta ocasión que una matrona de Campania [zona de Nápoles] que se hospedaba en su casa le mostraba las más ricas joyas que por aquel entonces se podía imaginar. Cornelia la entretuvo con su conversación hasta que sus hijos volvieron de sus lecciones, y entonces le dijo a su invitada: «Estas son mis joyas»” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, 4.4).

Cornelia mostrando a sus joyas - Angelica Kauffmann (1785).jpg

Cornelia mostrando a sus joyas - Angelica Kauffmann (1785)

Su fama era tal, que el propio faraón de Egipto, Ptolomeo VIII Evérgetes II (182-116 a. C.), más conocido como el Barrigón (Φύσκων; Fiscón), le propuso matrimonio. Cornelia rechazó a tal pretendiente, afianzando así su fama de casta matrona romana.

Cornelia rechaza la corona del faraón - Laurent de La Hyre (1646).jpg

Cornelia rechaza la corona del faraón - Laurent de La Hyre (1646)

De sus doce hijos solo tenemos constancia de tres: Tiberio, Cayo y Sempronia. El resto fallecieron prematuramente:

 

De esta suerte acabaron los hijos de Tiberio Graco, nietos de Publio Escipión Africano, mientras que su madre Cornelia, hija del Africano, todavía vivía” (Veleyo Patérculo, Historia romana, 2.7).

 

Tiberio y Cayo fueron asesinados tras una serie de reformas políticas que trataron de llevar a cabo, y solamente Sempronia sobrevivió a su madre.

 

Cornelia tenía un carácter fuerte, y era muy letrada, hasta el punto de encargarse de la educación de sus hijos. Se rodeó de filósofos y eruditos como Diófanes de Mitilene o Blosio de Cumas, y el propio pueblo romano la honró como una de las más grandes figuras de su historia.

 

Todavía hay algunas declaraciones de Catón, durante su censura [184 a. C.], contra la práctica de erigir estatuas de mujeres en las provincias romanas; sin embargo, no pudo evitar que estas estatuas se erigieran incluso en Roma; a Cornelia, por ejemplo, la madre de los Gracos y la hija del anciano Escipión el Africano” (Plinio el Viejo, Historia natural, 34.31).

 

Cornelia siempre será representada con sus hijos, pues fue el ejemplo de la madre ideal romana.

Muerte de Osiris

Amores tóxicos en la mitología

Porque nunca está mal hablar del amor, aquí van dos historias amorosas del mundo clásico:

Britomartis (Βριτόμαρτις) era una ninfa cretense, hija de Zeus y Carme, y compañera de Ártemis. Vivía en Gortina, hasta que un día el rey Minos se enamoró de ella. No cedió Britomartis a su amor, aunque tuvo que huir de él durante nueve meses a través de montes y escarpaduras.


A punto de ser alcanzada, prefirió lanzarse al mar desde una roca, pero fue salvada por unos pescadores con una red.


Por este episodio, o bien porque ella fue la inventora de la red, fue llamada Dictina ("la muchacha de la red", del vocablo δίκτυον, "red").

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Fondo de espejo Minos y Britomartis (c. 1600) - Limoges, Francia
Cobre, esmalte de pintor, dorado. Marco de cobre dorado. Museo de Artes Aplicadas de Fráncfort del Meno, nº de inventario WMH 8.

Meles (Μέλης) era un joven ateniense a quien amaba apasionadamente un meteco llamado Timágoras. Meles, sin embargo, no correspondería a tal amor.


En una ocasión, tratando de hallar un pretexto para enfadarse con Timágoras, Meles invitó a este a que se arrojase desde lo alto de la acrópolis en demostración de su amor, lo que aquel hizo sin dudarlo un instante.
Anonadado, Meles se lanzó a su vez al vacío.


En recuerdo de este suceso, los atenienses erigieron un altar en honor de Anteros (Ἀντέρως), el amor correspondido.

¿Moraleja? Que los griegos fueron, efectivamente, los inventores de las tragedias.
No sigáis las tendencias de estos dos ejemplos y sed sanos en vuestras relaciones

Lesbianismo y transexualidad

Lesbianismo y transexualidad

Luciano de Samosata (125-181 d. C.), oriundo de Siria, escribió una serie de diálogos donde destaca uno especialmente interesante: El diálogo de las cortesanas.

En este texto se nos describen pequeños retazos del día a día de las trabajadoras sexuales de alto nivel de la época, mostrando aspectos sociales y psicológicos que en otras fuentes son inexistentes o pasan desapercibidos.

Entre ellos destaco la siguiente conversación, que trata temas como el lesbianismo o la transexualidad. Conceptos que a veces creemos muy modernos, pero que son tan antiguos y naturales como la propia humanidad.

Athenais - John William Godward (1908)

Athenais - John William Godward (1908).jpg
Hetairas en la corte del rey macedonio Amintas - Atenas (s. V a. C.).jpg

Hetairas en la corte del rey macedonio Amintas (s. V a. C.) - Atenas

CLONARIÓN. Hemos oído cosas sorprendentes acerca de ti, Leena; dicen que Megila, la rica lesbia, está enamorada de ti como un hombre, que vivís juntas y os dedicáis a no sé qué actividad recíproca. ¿Qué pasa?, ¿has enrojecido?, ¡ea!, dime si es verdad lo que se dice.

LEENA. Es verdad, Clonarión. Y yo estoy avergonzada, por lo antinatural que es esto.

CLONARIÓN. ¡En nombre de la diosa Afrodita!, ¿de qué se trata?, ¿qué quiere la mujer?, ¿qué hacéis cuando estáis juntas? ¿Lo ves? Ya no me quieres, pues de otros modos no me ocultarías tales secretos.

LEENA. Te quiero más que a ninguna otra amiga, pero ella es terriblemente viril.

CLONARIÓN. No entiendo lo que dices, a no ser que se trate de una especie de fulana para mujeres. Dicen que hay mujeres así en Lesbos, con pinta de hombres, que no quieren tener comercio con hombres, sino que ellas mismas se acercan a las mujeres, como si fueran hombres.

LEENA. De una cosa parecida se trata.

CLONARIÓN. Entonces, Leena, explícamelo, cómo se insinuó primero, cómo tú te dejaste convencer y lo que vino después.

LEENA. La propia Megila y otra mujer rica, Demonasa la corintia, con las mismas costumbres que Megila, habían organizado una fiesta y me habían contratado a mí también para que les tocara la cítara. Cuando dejé de tocar ya era muy tarde y había que acostarse; ellas estaban borrachas. «¡Ea! -me dijo-, Leena, es un buen momento para irnos a la cama, acuéstate aquí en medio de nosotras».

CLONARIÓN. ¿Y te acostaste? ¿Qué pasó luego?

 

LEENA. Al principio me besaban como los hombres, no solo ajustando sus labios a los míos, sino que entreabrían la boca y me abrazaban, apretándome los pechos. Demonasa incluso me mordía mientras me besaba. Yo no sabía cómo interpretar lo que ocurría.

 

Por fin Megila, que estaba ya muy caliente, se quitó la peluca de la cabeza (llevaba una peluca muy bien imitada y perfectamente ajustada) y apareció pelada al cero, afeitada como lo hacen los atletas muy viriles.

 

Yo al verla me quedé turbada, pero ella me dijo: «¿Has visto alguna vez, Leena, a un muchacho tan hermoso?». «Yo no veo aquí ningún joven, Megila», dije. «No me afemines -dijo-, pues yo me llamo Megilo y hace tiempo que me casé con Demonasa; es mi mujer». Ante estas palabras, Clonarión, yo me eché a reír y dije: «¿Entonces tú, Megilo, nos has estado ocultando que eres un hombre, como dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas, y tienes tu virilidad y te comportas como un hombre con Demonasa?». «Aquello no lo tengo, Leena -dijo-, pero no lo necesito en absoluto; tengo una manera muy propia y mucho más agradable de hacer el amor, como vas a ver». «¿Entonces eres un hermafrodita -pregunté yo-, con los atributos de ambos sexos, de los que se dice que hay muchos?». Porque yo, Clonarión, todavía ignoraba estas cosas.

Hermafrodito - Pérgamo (s. III a. C.).jpg

Hermafrodito - Pérgamo (s. III a. C.)

«No -respondió-, sino que soy un hombre completo». «Oí decir -seguí hablando yo- a la flautista beocia Ismeodora, cuando contaba relatos tradicionales de su país, que una mujer en Tebas se había transformado en hombre y que este hombre había llegado a ser magnífico adivino, Tiresias se llamaba, según creo. ¿Acaso a ti te ha ocurrido algo parecido?». «No, Leena -respondió-, yo nací mujer igual que vosotras, pero mi pensamiento, mis deseos y todo lo demás lo tengo como un hombre». «¿Y te basta con los deseos?», dije yo. «Si no te fías de mí, dame una oportunidad, Leena, y te darás cuenta de que no me falta nada de lo que tienen los hombres, pues tengo una cosa a cambio de su virilidad. Tú déjate hacer y lo verás».

 

Yo me dejé hacer, Clonarión, en vista de sus súplicas insistentes y de que me regaló un collar de mucho precio y finísima lencería. Luego yo la abracé como a un hombre y ella puso manos a la obra y me besaba y suspiraba y daba la impresión de que disfrutaba de una manera exagerada.

CLONARIÓN. ¿Y qué te hacía, Leena, y cómo lo hacía? Dime esto sobre todo.

LEENA. No preguntes con tanto detalle, que es de mal gusto; aparte de que, te lo juro por Afrodita la Celeste, no te lo podría decir
” (Luciano de Samosata, Diálogos de las cortesanas, 5).

Orgías

Lo inusual de las orgías

Existen dos mitos históricos muy extendidos pero que no tienen ningún fundamento hoy en día: griegos y romanos no paraban de fornicar, y que la era cristiana era una de mojigatos.

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El joven Baco y sus seguidores - William-Adolphe Bouguereau (1884)

Las orgías han existido desde el inicio de los tiempos, y es una característica compartida por otros animales como los delfines o los bonobos (unos primates). Desde la Edad Media en adelante son conocidos los casos del Papa Juan XII (955-964) o el Banquete de las Castañas organizado por César Borgia en 1501 (cuya celebración es muy debatida). Sin embargo, que las orgías existan no significa que se normalicen, y es lo que ocurría en el mundo clásico.

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Dionisio y las bacantes - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

En el año 345 a. C., Esquines de Atenas escribió un discurso contra su enemigo político Timarco, donde decía lo siguiente: “Sobre los jóvenes ciudadanos que forman los grupos de bailarines para las fiestas de Dionisio. Quiere que el coreógrafo que los emplee, y que esté dispuesto a gastar su dinero en vuestras fiestas, tenga más de cuarenta años, para que no tenga ninguna relación con vuestros hijos hasta una edad madura. (…) Esta ley se trae contra los jóvenes que se entregan, sin pudor, a vicios viles [como lo hizo Timarco]” (Contra Timarco, 10-22).

 

Del mismo modo, en la republicana romana se prohibieron, en el año 186 a. C., los ritos de Baco, es decir, las famosas orgías de las bacanales. La razón se debía a la falta de moralidad que dichas prácticas imbuían en los romanos, donde se mezclaban con los esclavos, que eran los participantes de dichas celebraciones. En 1640, en Tiriolo, Calabria, se encontró la placa de bronce donde se inmortalizó el edicto y que tuve el privilegio de contemplar en persona.

Senatusconsultum de bacchanalibus - Kunsthistorische Museum, Viena (186 a. C.).jpg

Senatusconsultum de bacchanalibus (186 a. C.) - Kunsthistorische Museum, Viena

Es decir, que los griegos y romanos eran más timoratos de lo que creemos, y que estas prácticas existieran no supone que fueran lo habitual, como sucede hoy en día.

Origen democracia

La democracia como crimen pasional

Sabemos que la democracia se origina en Atenas, pero, ¿en qué contexto?

Puede decirse que desemboca a raíz de un crimen pasional, aunque las causas no son definitivas.

Atenas era gestionada por dos hermanos, hijos de Pisístrato, tirano de la ciudad. Muerto el padre, ambos gobernaron en un período de relativa paz social. Hipías, el que se cree que era el hermano mayor, dirigía la ciudad, mientras su hermano Hiparco lo ayudaba en el gobierno.

Al parecer, Hiparco se encaprichó de un tal Harmodio, un joven que ya tenía un amante llamado Aristogitón. El joven Harmodio sufrió el abuso del tirano, y, en respuesta, realizaron un atentado contra Hiparco.

Equipados con cuchillos, corrieron encontrando a Hiparco en un lugar llamado Leocorio, sin ningún miramiento cayeron sobre él, y con toda la cólera del mundo, uno por celos, el otro por deshonra, lo golpearon y lo mataron. Aristogitón, por el momento, gracias a la gran confluencia de gente, escapó a través de la guardia, pero cogido después, fue manoseado sin contemplaciones; pero Harmodio fue asesinado en el lugar” (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, 6.54-57).

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Aristogitón y Harmodio - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

Asesinado Hiparco (c. 515 a. C.), el régimen de su hermano Hipías se endureció (Heródoto, Historia, 5.62.2; Aristóteles, La constitución de Atenas, 19.4).

Después de ajusticiar a Aristogitón, el tirano inicia una campaña de expansión territorial que preocupa a Esparta, y tras estallar la guerra, los lacedemonios sitian la acrópolis de Atenas.

 

Hipías acepta el destierro y se refugia, para variar, en la corte persa de Darío I.

Hipías es expulsado de Atenas con sus hijos - Nicolai Abildgaard - Statens Museum for Kunst.jpg

Hipías es expulsado de Atenas con sus hijos - Nicolai Abildgaard - Statens Museum for Kunst

Es entonces cuando el líder de la principal familia opositora, Clístenes el Alcmeónida, crea un nuevo sistema que rompa con lo establecido (c. 508 a. C.).

 

Nace así la democracia, cuyo sistema reorganiza a los ciudadanos que habitualmente estaban alejados de los asuntos políticos para que tomen parte en ellos.

Clodia

Clodia, ¿femme fatale romana?

En el siglo I a. C. Roma estaba inmersa en una época de cambio. El tradicional matrimonio cum manu, en el cual la mujer pasaba de la autoridad del padre al de su marido, pierde su relevancia frente a la unión sine manu. Esta última unión mantenía a la mujer casada bajo el control de su padre, pero suponía en la práctica una mayor autonomía sobre ellas, que ya contaban con una fortuna propia en la mayoría de los casos.

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Tocador de una dama romana - Juan Jiménez Martín (1875)

Esta nueva feminidad de la sociedad romana se refleja en una figura clave de la época: Clodia (95-… a. C.), hermana mayor de Publio Clodio Pulcro (90-52 a. C.), conocido agitador del momento. Esta provenía de una familia aristócrata romana y despertaba las pasiones de los romanos. Su vida amorosa era la comidilla de la ciudad, pues, a pesar de estar casada con su primo Quinto Cecilio Metelo Celer (103-59 a. C.), los rumores apuntaban a que tenía docenas de amantes.

Grabado de Clodia - Guillaume Rouille (1553).jpg

Grabado de Clodia - Guillaume Rouille (1553)

Sin embargo, en el año 56 a. C., el amarillismo romano alcanzó una de sus cotas más altas. La relación que tenía Clodia con Marco Celio Rufo (82-48 a. C.) se rompe. A causa de ello, los hermanos Clodio persiguen a este personaje, que es defendido en juicio por el propio Cicerón (106-43 a. C.). Se le acusa de haber amenazado e incluso asesinado a un emisario ptolemaico, llamado Dion. En medio del escándalo, Celio decide marcharse a una propiedad que tiene en el campo, pero allí aparece Clodia, que con su atractivo termina por someterlo a su voluntad, convirtiéndolo en su perrito faldero en público.

Por ello Cicerón dedica las siguientes palabras en el juicio:

Supongo, pues, que una mujer soltera ha abierto su casa a todos los libertinos, que ha abrazado públicamente el estado de cortesana, que se encuentra en las fiestas con los hombres que le son más extraños; supongo que esta mujer vive de este modo en Roma, en el campo, a los ojos de la muchedumbre que se reúne en las aguas de Baiae [lago Bracciano]; que no sólo su andar, sino también su atuendo y su seguimiento, que no sólo la audacia de sus miradas, el libertinaje de su hablar, sino también sus abrazos, sus caricias disolutas, sus baños, sus paseos por el agua, sus fiestas la muestran no sólo como una cortesana, sino como la más desvergonzada de todas las prostitutas. Si un joven se encontrara con ella por casualidad, ¿dirías, Lucio Herennio [Balbo, acusador de Celio], que es un seductor, o simplemente un hombre en busca de diversión? ¿Dirías que quería corromper la inocencia, o satisfacer un capricho?” (Cicerón, En defensa de Celio, 49).

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Estatua moderna de Catulo - Sirmione, Italia

El poeta Cayo Valerio Catulo (87-54 a. C.), embelesado por la figura de Clodia, le dedica más de veinticinco poemas bajo el pseudónimo de “Lesbia”. La describe del siguiente modo:

 

A Lesbia. Aquel me parece que es igual a un dios: aquel, si se me permite, supera a los dioses, el que, sentado frente a ti, sin moverse, te mira y te oye reír con dulzura, cosa que, a mí, en mi desgracia, me arrebata los sentidos, pues tan pronto como te he visto, Lesbia, nada queda de mí. Mi lengua enmudece; una leve llama se aviva bajo mis miembros; con su propio sonido zumban mis oídos y se cubren de noche mis ojos” (Catulo, Poemas, 51.1-14).

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Lesbia y su gorrión. Cuadro inspirado en los poemas de Catulo - Edward Poynter (1907)

No hay duda de que Clodia despertaba la pasión de sus contemporáneos, tanto para bien como para mal. Sin embargo, parece que Clodia no era una rareza dentro de Roma, y que, lo más destacable de su vida sentimental y sexual, es que llegara a hacerse pública y usara con fines políticos.

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Cadáver de Clodio – Desconocido

Paiderastia

La 'paiderastia' antigua

A pesar de ser una práctica atroz en la actualidad, las relaciones íntimas entre adultos y menores eran algo habitual en el mundo antiguo. En la sociedad griega, y posteriormente en la romana, la pederastia se volvió algo bastante estandarizado. Sin embargo, ello difiere de la 'paiderastia' griega.

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Esta se trata de una herramienta de construcción social de las clases superiores. No englobaba todas las relaciones sexuales existentes en la época entre adultos y adolescentes. Respondía más bien a las siguientes condiciones específicas: el adulto o erastés (ἐραστής; cerca de la treintena), mantenía una relación, no exclusivamente sexual, con el erómenos (ἐρώμενος) o joven, que era siempre un adolescente (entre quince y dieciocho años); ambos eran varones. El padre del joven aceptaba el pacto y el adulto pasaba a tutelar al joven, enseñándole cómo desenvolverse en la sociedad.

Escena pederástica - Museo del Louvre (s. VI a. C.).jpg

Escena pederástica (s. VI a. C.) - Museo del Louvre

Escena de sexo intercrural - Eucárides de Atenas (c. 490 a. C.).jpg

Escena de sexo intercrural (c. 490 a. C.) - Eucárides de Atenas

El sexo ideal era el intercrural, es decir, utilizar los muslos para simular una penetración, ya que el sexo anal era deshonroso. Por supuesto que ello no significa que estas prácticas sexuales no se realizaran, pero con el tiempo se establecieron una serie de pautas sociales ideales.

Pero que esta práctica estuviera aceptada no eliminaba el sufrimiento de las víctimas, incluso de las personas cercanas a ellas. El poeta Catulo (87-54 a. C.) comparte este sobrecogedor pasaje:

 

«A Aurelio:

 

Me encomiendo a mí misma y a quienes aprecio, Aurelio: el favor que te pido es razonable; y si alguna vez tu alma concibió el deseo de encontrar el objeto de tus fuegos puro e intacto, preserva de todo daño al niño que te confío.

 

No es a la multitud de amantes a la que me refiero, no temo a esos hombres que pasan y vuelven a pasar por una plaza todos ocupados en sus asuntos; no, es a ti solo a quien temo, a ti y a tu miembro fatal para todos los niños, puros o impuros. Agítalo donde quieras, como quieras y tanto como desees, cuando esté fuera y listo para el placer. Solo exceptúa a mi pequeño, un deseo razonable, creo.

 

Pero si tus malas inclinaciones, si una furia insana te empuja, canalla, hasta el punto de atentar contra la vida de mi hijo, entonces, desgraciado, ¡ay de ti!» (Catulo, Poemas, 15.1-15).

 

Este sentimiento, a pesar de pertenecer a una persona de hace 2.000 años, es muy actual. Desgraciadamente, parece que algunas prácticas del pasado se niegan a desaparecer.

Erastés y erómeno - Museo del Louvre (s. V a. C.).jpg

Erastés y erómeno (s. V a. C.) - Museo del Louvre

Subasta niñas

La subasta de niñas en Babilonia

La visión griega sobre los pueblos que existían más allá de sus fronteras nunca fue la mejor. Los griegos mostraban una aberración casi pareja a su fascinación por otros pueblos, especialmente hacia los grandes imperios orientales, que servían a las mentes de los griegos como vía de escape para sus fantasías más alocadas.

Esta faceta es muy notable en la obra del historiador Heródoto de Halicarnaso (484-425 a. C.), quien es considerado el padre de la historia. Sus escritos están empapados de apuntes etnográficos muy interesantes pero exagerados.

Busto de Heródoto, s. II d. C. - Museo Metropolitano, Nueva York.png

Busto de Heródoto (s. II d. C.) - Museo Metropolitano, Nueva York

En su descripción de los babilonios, el griego elogia una extraña costumbre que estos tenían:

 

Entre sus leyes hay una, a mi parecer, muy sabia, de la que según oigo decir usan también los enetos, pueblos de la Iliria. Consiste en una función muy particular que se celebra una vez al año en todas las poblaciones.

 

Luego que las doncellas tienen edad para casarse las reúnen todas y las conducen a un sitio en torno del cual hay una multitud de hombres en pie. Allí, el pregonero las hace levantar de una en una y las va vendiendo, empezando por la más hermosa de todas. Después que ha despachado a la primera por un alto precio, pregona a la que sigue en hermosura, y así las va vendiendo, no por esclavas, sino para que sean esposas de los compradores.

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El mercado matrimonial babilónico - Edwin Long (1875)

De este modo sucedió que los babilonios más ricos y que se hallaban en estado de casarse, tratando de superarse unos a otros en la generosidad de la oferta, adquirían las mujeres más lindas y agraciadas. Pero los plebeyos que deseaban tomar esposa, no pretendiendo ninguna de aquellas bellezas, recibían con una buena dote las doncellas mas feas. Porque, así como el pregonero acababa de dar salida a las más bellas hacía poner en pie a la más fea del concurso o contrahecha, si alguna había, e iba pregonando quién quería casarse con ella recibiendo menos dinero, hasta entregarla por último al que con menos dote aceptara. El dinero para estas dotes se sacaba del precio dado por las hermosas, y con esto las bellas dotaban a las feas y a las contrahechas.

A nadie le era permitido colocar a su hija con quien mejor le parecía, como tampoco podía ninguna llevarse consigo a la doncella que hubiese comprado, sin dar primero fianzas por las que se obligase a cohabitar con ellas; y cuando no quedaba la cosa arreglada en estos términos, les mandaba la ley desembolsar la dote. También era permitido comprar mujer a los que de otros pueblos concurrían con este objeto.

Tal era la hermosísima ley que tenían y que ya no subsiste. Recientemente han inventado otro uso, a fin de que no sufran perjuicios las doncellas ni sean llevadas a otro pueblo. Como después de la toma de la ciudad muchas familias han experimentado menoscabo en sus intereses, los particulares faltos de medios prostituyen a sus hijas y con las ganancias que obtienen tratan de colocarlas
” (Heródoto, Historias, 1.196).

Mercado de esclavos en la antigua Roma - Jean-Léon Gérôme (1884).jpg

Mercado de esclavos en la antigua Roma - Jean-Léon Gérôme (1884)

Ciertamente, parece una costumbre arcaica para llevarse a cabo en una sociedad tan jerarquizada como la babilonia, pues es probable que las grandes familias negociaran los matrimonios previamente. Por ello Heródoto señala que es una tradición perdida.

 

Sin duda es un claro ejemplo del abuso ejercido hacia las mujeres en estas sociedades patriarcales de la antigüedad, aunque debemos tener en cuenta la sociedad de su tiempo. De este modo, todas las jóvenes, cuya principal labor era el de dar a luz, podrían realizar su cometido, por lo que este tipo de costumbres trataban de promover la reproducción y la continuidad de la comunidad en un tiempo en el que la muerte estaba más presente que en la actualidad.

 

Por desgracia, aunque parezca una costumbre de otro tiempo, aún hay lugares donde se subastan a personas, y no tan lejos de lo que uno puede pensar.

Pirro y la madre

Pirro y el amor de una madre

Un final inesperado para una leyenda.

Pirro de Épiro es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes de la antigüedad.

Un rey que encarna el helenismo y su espíritu conquistador, pues llevó la guerra a Italia, Sicilia y Grecia. Sometió a innumerables pueblos, venciendo en el campo de batalla a macedonios, romanos, cartagineses y espartanos. Pero no fue rival para uno de los motores que mueven el mundo: el amor de una madre.

 

En el año 272 a. C., Pirro, coronado rey de Macedonia por segunda vez, invade Laconia con 25.000 soldados de a pie, 2.000 de caballería y 24 elefantes. Tras un infructuoso asedio contra Esparta, el rey esperaba reorganizarse y volver a atacar cuando se derritieran las nieves en primavera. Sin embargo, la ciudad de Argos llamó por él.

Busto de Pirro, copia romana del s. I d. C. - Museo Nacional Arqueológico, Nápoles.jpg

Busto de Pirro - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

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La ciudad argiva se encontraba en una guerra civil, y uno de los pretendientes, Aristeas, buscó la ayuda de Pirro para luchar contra su rival Aristipo, a quien le apoyaba Antígono, candidato al trono de Macedonia y enemigo de Pirro. El epirota se sintió tentado por la gloria de la guerra, y marchó con su ejército a la ciudad. El combate se extendió por las calles.

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Soldados epírotas y gálatas desmontando las torres del elefante para que quepa en la ciudad - Peter Dennis

Pirro, (…) quitándose la corona con que estaba adornado su yelmo, la entregó a uno de sus amigos, y, fiado de su caballo, arremetió a los enemigos que le perseguían; habiendo sido lastimado en el pecho de una lanzada, aunque la herida no fue grave ni de cuidado, revolvió contra el autor de ella, que era argivo, no un noble, sino hijo de una mujer anciana y pobre.

 

Era esta espectadora del combate desde un tejado, como las demás mujeres, y cuando advirtió que su hijo se enfrentaba a Pirro, conmovida por el peligro, tomando una teja con las manos la dejó caer sobre Pirro. Le golpeó en la cabeza, sobre el yelmo; pero habiéndole roto las vértebras por la base del cuello, se le cegó la vista de los ojos, y las manos soltaron las riendas del caballo por falta de fuerza.

Pirro golpeado por la teja - Radu Oltean (2019).jpg

Pirro golpeado por la teja - Radu Oltean (2019)

Un tal Zópiro, luchador de Antígono, junto con dos o tres compañeros, lo reconocieron y le introdujeron en un portal, al tiempo que empezaba Pirro a volver en sí del golpe. Al desenvainar Zópiro una espada ilírica para cortarle la cabeza, se volvió a mirarlo Pirro con tal indignación que asustó a Zópiro; y temblándole las manos, volvió a intentarlo lleno de turbación y sorpresa. Le cortó la cabeza no al recto, sino por la boca y barba, realizando el corte lentamente y con gran dificultad” (Plutarco, Vidas paralelas. Pirro, 34).

 

De este modo tan sórdido finalizó la vida de uno de los mayores príncipes guerreros después de Alejandro. Desconocemos si aquel muchacho sobrevivió al combate, pero quiero pensar que madre e hijo pudieron celebrar la caída del invasor.

 

Frente a la ira de una madre griega y a falta de una chancla, bien vale una teja.

Sócrates, el Salvador

Sócrates, el Salvador

El respeto al maestro.

En la Atenas del s. V a. C. cohabitaron algunos titanes de la antigüedad clásica. Nos encontramos con el filósofo Sócrates y el político Alcibíades, que tuvieron una relación poco común.

Para hacernos una idea de las inquietudes de Sócrates, en pleno asedio de Potidea (432 a. C.), Platón nos dice lo siguiente:

«Y eso es lo que tenía que decir sobre su resistencia; pero lo que hizo y soportó este valiente hombre, en el campo, allá, vale la pena oírlo.

Se había puesto a meditar y llevaba desde el amanecer de pie en el mismo sitio, persiguiendo una idea, y, como no podía elaborarla, permanecía de pie, obstinadamente apegado a su búsqueda.

Era ya mediodía; los soldados le observaban y se decían asombrados: ‘Sócrates lleva ahí de pie meditando desde el amanecer’. Por fin, al anochecer, algunos de los jonios, después de haber cenado, sacaron sus catres al exterior (entonces era verano) para tumbarse al fresco, mientras observaban a Sócrates para ver si permanecía despierto toda la noche; y, en efecto, permaneció en esa posición hasta que apareció el alba y salió el sol; entonces se marchó, después de haber hecho su oración al sol
».

El texto continúa con Alcibíades siendo salvado por el filósofo, ganándose así el respeto del joven como nos muestra Platón, coetáneo de ambos, que describirá su interacción desde la perspectiva de un embriagado Alcibíades:

«¿Quieres saber cómo era en la batalla? También en este caso debemos hacerle justicia.

En la batalla en la que los estrategas me concedieron el premio al valor, sólo a él le debí mi salvación. Fui herido, pero él no quiso abandonarme, y salvó tanto mis armas como a mí mismo.

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Sócrates y Alcibíades - Miɫek Jakubiec (2016)

En cuanto a mí, Sócrates, en aquel mismo momento pedí a los estrategas que te concedieran el premio. Tampoco en este punto temo reproches ni desmentidos por tu parte; pero como los estrategas estaban decididos, por consideración a mi rango, a darme el premio, tú mismo insististe más que ellos en que me lo dieran a mí y no a ti.
He aquí, señores, otro encuentro en el que la conducta de Sócrates merece vuestra atención
» (El banquete, 220c-e).

La interacción entre ambos importantísimos personajes mantuvo el interés de autores muy posteriores. Plutarco de Queronea (c. 50-120 d. C.) nos describe la relación entre ambos del siguiente modo:

«Por lo general, Alcibíades estaba dominado por su amor a Sócrates, a pesar de que encontró muchos e importantes adversarios. Gracias a la excelente naturaleza de Alcibíades, las palabras de Sócrates le conmovían el corazón y le arrancaban lágrimas. Sin embargo, había ocasiones en que el joven se entregaba a los aduladores, que le sugerían un sinfín de placeres; entonces escapaba de Sócrates y, huyendo como un esclavo, se encontraba verdaderamente perseguido por este hombre, el único por el que sentía respeto y temor, mientras despreciaba a los demás» (Plutarco, Vidas paralelas. Alcibíades, 6.1).

Su admiración por el maestro era lo único que, al parecer, calmaba la lujuria de Alcibíades.

Sócrates buscando a Alcibíades en casa de Aspasia - Jean-Léon Gérôme (1861).jpg

Sócrates buscando a Alcibíades en casa de Aspasia - Jean-Léon Gérôme (1861)

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El simposio de Platón – Pietro Testa (1648)

Poemas eróticos

Poemas eróticos

Me hice con un ejemplar de un libro muy interesante: Poemas eróticos da antiguidade clássica, de Victor Correia (2022).

Ciertamente me ha gustado mucho, pues es una recopilación de poemarios de temática erótica muy bien organizada. Se muestran a muchísimos autores clásicos, incluso aquellos de los que solamente quedan pocos fragmentos, con una pequeña biografía y la colección a la que sus obras pertenecen, además de varias notas explicativas.

Entre los muchos poemas, he disfrutado especialmente con dos que quiero compartir, los cuales transmiten la brevedad de la vida.

El primero se trata de Cayo Valerio Catulo, o Catulo para los amigos. Poeta nacido entre el año 87 u 84 a. C. en Verona y fallecido en Roma en el año 54 a. C. Convivió con grandes personajes de su época como Cicerón o Julio César.

Nos habla aquí de su amada, y se mofa de aquellos que describían sus poemas como nuevos y lascivos:

«Disfrutemos de la vida Lesbia, haciendo el amor,
despreciando la cháchara de los viejos puritanos.
La luz del sol puede morir y renacer,
pero a nosotros, cuando la breve luz de la vida se apaga para siempre,
sólo nos queda dormir una noche interminable.
Bésame mil veces, cien más;
otras mil, otras cien.
Luego, cuando hayamos reunido muchos miles,
los barajaremos, perdiendo la cuenta de ellos,
para que ningún envidioso, incapaz de contar tantos besos,
pueda echarnos un mal de ojo
».

Catulo, Carmina, 5.

El segundo es de Asclepíades de Samos, nacido en dicha isla sobre el año 320 a. C. Consiguió la ciudadanía en Delfos alrededor del año 275 a. C., y se le considera uno de los epigramistas eróticos más importantes.

«Conservas tu virginidad. ¿Qué sentido tiene? ¡Cuando llegues al Hades,
no encontrarás a nadie que te quiera, chica!
Entre los vivos están los placeres de Afrodita; pues, en el Aqueronte,
virgen mía, yaceremos entre huesos y cenizas
».

Antología Palatina, 5.85.

Sátiro y Ninfa - Mosaico romano proveniente de la Casa del Fauno, Pompeya. Museo Arqueológico Nacional (Nápoles, Italia).jpg
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Sátiro y Ninfa - Mosaico romano proveniente de la Casa del Fauno, Pompeya. Museo Arqueológico Nacional (Nápoles, Italia)

​Compositor alemán, Carl Off (1895-1982)

He de añadir una pequeña curiosidad mostrada por mi padre, a quien le agradezco profundamente el aporte. Se trata de una versión del poema de Catulo compuesta por el alemán Carl Orff, colaboracionista nazi que estrenó su obra en su Munich natal en 1943.

 

Catulli Carmina: Actus I: II Vivamus, mea lesbia.

 

Adjunto la letra en latín, así como el correspondiente video, para que lo sigáis.

Lesbia, Catulo

"Vivamus mea Lesbia, atque amemus,

rumoresque

senum severiorum

omnes unius aestimemus assis!

 

Soles occidere et redire possunt:

Nobis cum semel

occidit brevis lux,

nox est perpetua una dormienda.

 

Da mi basia mille, deinde centum,

dein mille altera,

dein secunda centum,

deinde usque altera mille,

deinde centum.

 

Dein, cum milia

multa fecerimus,

conturbabimus illa,

ne sciamus,

aut ne quis malus invidere possit,

cum tantum sciat esse basiorum".

Baja maternidad

¿Baja por maternidad?

En España, desde el 1 de enero del año 2021 en adelante, la baja por maternidad dura 16 semanas, cobrando en ese tiempo el 100% del salario habitual.

 

En la antigüedad clásica no existía tal derecho. El parto era algo natural, y cada cual debía gestionarlo como pudiera.

 

Todas estas mujeres bárbaras, de hecho, trabajan en la tierra; en cuanto dan a luz, ceden el lecho a sus maridos y les sirven. A menudo incluso dan a luz en el campo, lavan a su hijo en la corriente de un arroyo cerca del cual se acuclillan y lo envuelven ellas mismas. En Liguria, por ejemplo, Posidonio [135-51 a. C.] escuchó a un tal Carmoleo de Masalia, su anfitrión, contar la siguiente historia: había contratado a un grupo de jornaleros, tanto hombres como mujeres, para cavar un campo; una de estas mujeres, tras sentir los primeros dolores del parto, abandonó por un momento el lugar donde trabajaba, dio a luz y volvió inmediatamente a su trabajo para no perder su salario. Carmolao notó que ella trabajaba con dificultad, pero sin adivinar primero la causa, no se enteró de ello hasta tarde, entonces le pagó y la despidió. En cuanto a ella, tras llevar al recién nacido a una fuente cercana y lavarlo allí, lo envolvió lo mejor que pudo y lo llevó a casa sano y salvo" (Estrabón, Geografía, 3.4.17).

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Hay ciertas cosas que podemos deducir de este interesante texto. Es probable que la mujer no fuera primeriza si el proceso fue tan rápido. El índice de fallecimientos relacionados con los partos en las sociedades preindustriales oscila entre el 1% y 1.5% (1 de cada 100). Sin embargo, al ser habitual tener de 7 a 10 niños por familia, el porcentaje de muerte ascendía al 35%.

Relieve de Agnódice, partera ateniense del s. IV a. C..png
Relieve de parto (s. IV d. C.).jpg

Relieve de parto (s. IV d. C.)

Relieve de Agnódice, partera ateniense del s. IV a. C.

También vemos que la jornalera trató de ocultar su avanzado estado de gestación, lo que, sumándolo a las condiciones propias de la época y su clase social, muestra la delgadez que debía padecer derivada de un posible caso de malnutrición.

 

Del mismo modo, Estrabón dice que el bebé fue llevado sano y salvo a casa. En el mundo antiguo la exposición del bebé era algo habitual. El abandono del neonato fuera del límite del hogar y, por ende, de la civilización, se producía si el bebé mostraba alguna tara física. También servía para controlar la población de mujeres dentro de un mismo núcleo familiar, puesto que ellas eran más costosas de mantener en lo económico debido a la dote que había que proporcionar a sus esposos una vez contrajeran matrimonio (Valderrábano González, I. [2019], Ártemis y sus jóvenes. Estudio sobre la virginidad agreste en la mitología y la religión griegas, pp. 379-383).

 

En Roma se le atribuye al semi-mítico primer rey, Rómulo (s. VIII a. C.), la legislación al respecto, pues el abandono de los neonatos era muy común en la época, en especial entre los estratos más pobres: «[Rómulo] estableció la obligación de que sus habitantes criaran a todo vástago varón y a las hijas primogénitas; que no mataran a ningún niño menor de tres años, a no ser que fuera lisiado o monstruoso desde su nacimiento. Sin embargo, no impidió que sus padres los expusieran tras mostrarlos antes a cinco hombres, sus vecinos más cercanos, si también ellos estaban de acuerdo» (Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas, 2.15.2).

 

Este breve texto nos muestra lo difícil de la vida de una madre en la época clásica, una faceta que demasiadas veces es obviada.

 

 

 

Si queréis saber más sobre el parto antiguo no dudéis en haceros con un ejemplar de mi segunda novela: EN TIERRA DE TIRANOS, que puedes adquirir AQUÍ.

Problemas ligar

¿Problemas para ligar?
Parte I

Cómo no relacionarse en el s. XXI.

 

¿Eres un varón romano de mediana edad con problemas en el amor?

¿Estás harto de pasearte solo por el Foro o que nadie te acompañe al templo?

¿Temes mostrar tus encantos a algo más que a un sodomita dacio, o te has saciado de relaciones esporádicas en las termas y quieres intimar con una mujer?

 

No te preocupes, el bueno de Publio Ovidio Nason (43 a. C. – 17 d. C.) te mostrará unos truquitos en sus primeros dos libros de ‘El arte de amar’. Como él bien dice: “Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame” (1.1-5).

Posible busto de Ovidio - (s. I d. C.) Galeria Uffizi, Florencia.jpg
El arte de amar - Ovidio, Gredos.jpg

Posible busto de Ovidio (s. I d. C.) - Galeria Uffizi, Florencia

Veamos qué pensaban los romanos sobre los primeros pasos del ligoteo.

En primer lugar, deberíamos buscar a nuestro interés romántico: “Bien sabe el cazador dónde debe extender las redes a los ciervos, bien sabe en qué valle tiene su morada el rabioso jabalí. A los pajareros les son familiares las enramadas; el que sujeta el anzuelo conoce en qué aguas nadan los peces en abundancia” (1.45-50).

 

Pasea por el Foro, el teatro, un banquete o incluso una ‘Naumachia’.

 

Tras localizarla, debes confiar en tus aptitudes: “Antes de nada, penetre en tu mente la confianza de que a todas se las puede conquistar: las conquistarás; tú sólo tienes que tender las redes. (…) [La pasión de las mujeres] es más violenta que la nuestra y tiene más de locura. Así que, ea, no dudes en tener esperanzas acerca de todas las mujeres: apenas habrá una, entre las muchas que hay, que te dé una negativa” (1.269-275; 1.340-345). Es decir, que más vale feo gracioso que guapo amargado: “iManténgase lejos de aquí cualquier tipo de fraude!, para ser amado has de ser amable, y eso no te lo proporcionará tu cara ni tu apariencia externa únicamente” (2.105-110).

 

Para acercarte con éxito debes hablar antes con su sirvienta, convencerla, para que hable bien de ti, y si no lo hace, siempre puedes propasarte: “¿Preguntas si sirve de algo forzar a la sirvienta misma?, en tales asuntos juega un gran papel el azar. Alguna se vuelve más diligente después de la unión amorosa, otra más remolona” (1.375-380).

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Momentos ociosos en la Antigua Roma - George Morton

Después deberás ablandar su espíritu con regalos, pues es bien sabido que son del gusto de las mujeres: “No vengo yo como maestro del amor para los ricos; ninguna necesidad tiene de mi arte aquel que puede ofrecer regalos” (2.160-165).

 

Finalmente, tocan las promesas vacuas: “Y no te quedes corto al prometer: las promesas atraen a las mujeres; por añadidura pon como testigos de tu promesa a los dioses que quieras. Júpiter desde las alturas se ríe de los perjurios de los amantes (…) solía jurar en falso a Juno por la Estige: con su propio ejemplo nos apoya él ahora” (1.630-635).

 

Pero si en el proceso alguna se resiste a tus encantos naturales, no dudes en contraatacar: “Engañad a las que os engañan; en su mayor parte [las mujeres] son una raza impía: caigan pues en los lazos que ellas tendieron” (1.645).

 

Sé insistente, pues la perseverancia hace al cazador: “Aunque no sea lo suficientemente cariñosa y afable contigo, que de ella estás enamorado, insiste y mantente firme: llegará un día en que se ablandará” (2.175-180).

 

Y si, al fin llega el deseado día en el que consigas un beso, no dudes en seguir, aunque ella no lo quiera: “Todas se alegran de haber sido violadas en un arrebato imprevisto de pasión y consideran como un regalo esa desvergüenza. Por el contrario, la que, pudiendo haber sido forzada, se retira intacta, aunque finja alegría en su rostro, estará triste” (1.675).

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Apolo y Dafne (s. III d. C.) - Museo de la Universidad de Princeton

Y ten siempre mucho cuidado de los supuestos amigos, pues tratarán de arrebatarte tu premio: “La amistad es solo un nombre, un nombre vacío la fidelidad” (1.740). Aunque es lícito que tú busques en los brazos de otra aquello de lo que carezca tu amor: “Divertíos, pero que la falta se disimule como si fuera un juego sin importancia; no se debe buscar honor ninguno del propio delito. (…) Si llegan a descubrirse algunas de las aventuras que habías mantenido bien en secreto, tú, aunque se descubran, niégalas una y otra vez a pesar de todo. No debes entonces mostrarte sumiso ni más amable que de costumbre: eso es señal inequívoca de conciencia culpable” (2.390-410). Aunque a veces es beneficioso que se descubra, pues: “Las hay que soportan mal la condescendencia tímida y su amor languidece si no tienen una rival” (2.435).

Dos amantes - (s. IV d. C.) Villa del Casale, Sicilia.jpg

Dos amantes (s. IV d. C.) - Villa del Casale, Sicilia

Han pasado 2.000 años desde la muerte del autor, y parece que sus consejos solo pueden ser comprendidos en la sociedad de su tiempo. Sin embargo, aún existe gente con esta mentalidad, terribles ‘gurús’ de las redes que confunden el amor y el sexo con el poder y la sumisión. Mentalidades que han quedado estancadas en el pasado más remoto.

 

Siempre es interesante volver a los antiguos, tanto para sorprendernos con su infinita sabiduría, como, lo es en este caso, para ver cómo no debemos actuar.

Problemas ligar 2

¿Problemas para ligar?
Parte II

¿Suspiras en el telar por un hombre que valga la pena?

¿Estás harta de que se propasen de ti y ni siquiera te digan su verdadero nombre?

¿Quieres pescar a un buen ejemplar?

 

Volvemos con los consejos del bueno de Publio Ovidio Nason, esta vez dedicados a la mujer romana.

 

Su libro tercero de ‘El arte de amar’ comienza fuerte, pues el autor se contradice a sí mismo con las generalidades. Por un lado, dice que: “Dejad ya de hacer extensivo a todas el delito de unas pocas; que cada mujer sea valorada según sus méritos individuales” (3.10). Pero también asegura que: “Los hombres son infieles muchas veces, pero las enamoradizas mujeres no lo son tantas y, si bien se mira, pocas acusaciones pueden hacérseles de infidelidad” (3.30).

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Vanidad - Guillaume Seignac (c. 1900)

A pesar de esta contradicción, Ovidio considera que también las mujeres deben disfrutar del amor, pues la vida es breve: “Tiempo vendrá en el que tú, que ahora rechazas a tus amantes, yacerás anciana y muerta de frío en la soledad de la noche, y las nocturnas peleas no romperán tu puerta, ni encontrarás por la mañana tus umbrales sembrados de pétalos de rosa” (3.68-73). Y no solo el tiempo es el enemigo: “Añádele a eso que también los alumbramientos abrevian el tiempo de la juventud: un campo envejece con las continuas cosechas” (3.80-83). Sin embargo, según el poeta, el objeto de deseo de los hombres permanece intacto: “Aunque ahora os engañen, ¿qué perdéis?, todo se mantiene igual; aunque mil hombres os tomen, nada se pierde por ello. El hierro se desgasta y las piedras se gastan con el uso, pero esa parte de vuestro cuerpo se mantiene incólume y no hay miedo de que sufra deterioro ninguno” (3.90-96).

 

Pero para llegar a esos mil hombres, Ovidio nos dice que lo primero es cómo se muestra la mercancía: “Empiezo por el cultivo del cuerpo. De viñas cultivadas proviene el buen vino y la mies crece alta en un suelo cultivado. La hermosura es un don de la divinidad. ¿Cuántas son y quiénes las que están orgullosas de su hermosura? Una gran parte de vosotras se ve privada de tal don. Mas el cuidado os proporcionará un bonito rostro” (3.100-105). No seáis desprevenidas: “A una mujer se le avisó de repente que yo llegaba: ella azorada se puso al revés la peluca” (3.245). Y no solamente se trata del sentido visual: “¡Qué a punto he estado de advertiros que os cuidarais del olor a macho cabrío en los sobacos y de que vuestras piernas no se os pusieran ásperas de enhiestos pelos!” (3.190-195).

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Una antigua costumbre - Edwing Long (1877)

La mujer debe saber comportarse, y por ello Ovidio hace un detallado análisis de los maquillajes, adornos etc. que debe llevar toda mujer. De este modo será llamativa, lo que es importante para darse a conocer: “Lo que permanece escondido no se conoce y de lo desconocido no se siente deseo ninguno; cuando un rostro hermoso no tiene quién lo contemple, ninguna ganancia reporta” (3.395-400).

 

Una vez pasada esa fase, no deben perderse los modales, pues parecerás un caballo desbocado si no controlas tus impulsos incluso en los aspectos más nimios: “Hasta a reír aprenden las mujeres y también de esa manera aumentan su atractivo” (3.280).

 

Pero aquello que se otorga con rapidez perderá su valor con el tiempo: “Lo que se da fácilmente no puede alimentar un amor duradero: hay que intercalar de vez en cuando una negativa en medio de las alegres diversiones” (3.580). De todos modos, no te cohíbas cediendo tus placeres, pues en el equilibrio está la virtud: “Si eres confiada, otras te robarán tus placeres, y otras perseguirán esta liebre. Incluso la que, servicial, te presta cama y habitación, créeme, ha estado conmigo más de una vez” (3.660-665).

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El frigidarium - Lawrence Alma-Tadema (1890)

Y tras tantas desventuras, cuando llegue el momento último, no dudéis en centraros en el placer de vuestro amante: “Que cada una se conozca a sí misma; adoptad determinadas posturas según vuestro cuerpo; no a todas les cuadra la misma posición. La que destaque por su bello rostro, deberá acostarse boca arriba; las que están contentas de sus espaldas, míreselas por la espalda” (3.770-775).

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Mosaico erótico - Pompeya (s. I a. C.)

Tras estos consejos, disfruten del amor: “Como antes los jóvenes, así ahora las muchachas, cortejo mío, escriban sobre sus trofeos: [Ovidio] Nason fue mi maestro” (3.810).

 

Después de disfrutar de los consejos de Ovidio, recordemos que esta mentalidad debe quedar en el remoto pasado al que pertenece, y que debe ser una herramienta para entender el mundo en el que fue escrito.

Combabo

La historia de Combabo

Al oír la triste historia del s. XV de Marina Alfonso, de Ciudad Rodrigo, recordé un pasaje de Luciano de Samosata (Sobre la diosa siria, 19-21).

Ruinas de Hierápolis, Siria

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Teatro de Hierápolis.jpg

En algún momento del reinado de Antíoco I Sóter (281-261 a. C.), el monarca decidió construir un templo en Hierápolis, en Siria. La historia está recogida en mi novela REBELIÓN EN SICILIA, pp. 274-275, que puedes comprar AQUÍ, y dice así:

 

—Malek, ¿conoces la historia de Combabo?

El joven quedó pensativo. Creía recordar haberla oído de la boca de algún sacerdote, pero si la historia del fundador del templo hacía que Sawra hablara, valía la pena escucharla de nuevo.

—Refréscame la memoria —dijo mirándole con una sonrisa conciliadora.

—Hace mucho tiempo, la reina Estratonice tuvo un sueño en el que Atargatis le mostró dónde debía construir un templo para honrarla, en lo que era la antigua Bambice, actual Hierápolis. La reina pidió permiso a su esposo, y este le concedió hombres y re­cursos para que llevara a cabo la divina tarea. Entre esos hombres, se encontraba uno de los mejores amigos del rey, Combabo, que era conocido por su belleza y su agudeza. El joven conocía el temperamento fogoso de la reina, por lo que la tarea que le fue conferida le provocaba un gran pesar. Antes de partir, Combabo entregó al rey una caja sellada e hizo prometerle que solamente la abriría tras su vuelta.

» Tres años transcurrieron hasta que finalizaron las obras del templo y, como el joven temía, la reina se encaprichó de él durante ese período. Al no atreverse a expresarle su amor, la soberana se embriagó con la intención de que la tarea le fuera más fácil. Tras declararse, y ante la negativa de Combabo, Estratonice amenazó con lesionarse.

» El joven, temeroso por el bienestar de su reina, le reveló algo por lo que Estratonice perdería el interés por él. Combabo, temiendo lo que ocurriría y para evitar ofender a su rey, se había castrado antes de su partida y había guardado su miembro en una caja, entre incienso, mirra y miel. El rey, una vez comprobado el contenido de la caja tras el regreso de la expedición, premió a su amigo por su fidelidad.

La joven permaneció en silencio, a la espera de alguna respues­ta de su amigo.

—Una triste historia sobre cómo los deseos de unos pueden destruir la vida de otros —reflexionó Malek.

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Castración de Urano - Polidoro da Caravaggio (1527)

Timoclea

La venganza de Timoclea

En el año 338 a. C., Filipo II, rey de Macedonia, vence a las tropas conjuntas de Tebas y Atenas (entre otras poleis), en la llanura de Queronea. Dos años más tarde, tras la muerte de Filipo, su hijo Alejandro heredará el reino. Con la sombra del levantamiento de sus vasallos acechando, Alejandro marcha en una campaña relámpago contra la ciudad de Tebas en 335 a. C., que planeaba levantarse en armas de nuevo. Para evitar futuros enfrentamientos, el monarca decide destruir la ciudad en lo que se considera uno de sus actos más salvajes.

​Sin embargo, existe la virtud en la desgracia, y de ello es un claro ejemplo nuestra protagonista.

Busto de Filipo II de Macedonia - Carlsberg Glyptotek, Nueva York (ss. IV-II a. C.).jpg

Busto de Filipo II de Macedonia (ss. IV-II a. C.) - Carlsberg Glyptotek, Nueva York

Copia romana de un bronce de Lisipo, escultor de Alejandro (ss. I-II d. C.) - Louvre, París.jpg

Copia romana de un bronce de Lisipo, escultor de Alejandro (ss. I-II d. C.) - Louvre, París

Timoclea de Tebas pertenecía a una familia aristocrática. Su hermano, Teágenes, combatió a las tropas macedonias en la Batalla de Queronea, donde se cuenta que persiguió a unos macedonios en retirada. Uno de ellos, mientras huía por su vida, le gritó que hasta dónde estaría dispuesto a perseguirle para dejarlo vivir, y el tebano contestó que hasta las fronteras de Macedonia (Polieno, Estratagemas, 8.40). Sin embargo, Teágenes falleció en combate, y su hermana se encargó de mantener ese espíritu feroz que caracterizaba a la familia.

 

Tres años más tarde, en 335 a. C., Alejandro regresaría con su ejército, arrasando Tebas en un jolgorio de saqueo y destrucción que duró varios días. Se calcula que murieron 6.000 tebanos y unas 30.000 personas fueron esclavizadas.

Destrucción de Tebas.jpg

Entre los innumerables soldados del rey, se encontraba un hiparco, oficial de caballería, de origen tracio. Este había llegado a la casa de Timoclea, y, tras violarla, quiso saber dónde escondía la tebana las riquezas de su familia.

 

Timoclea, más astuta que su hermano, le dijo: ‘Poseía ricos atuendos, vajilla de plata, oro y sumas considerables. Pero una vez tomada la ciudad, encargué a mis sirvientas que hicieran con toda esa fortuna un solo montón, que arrojé, o más bien deposité, en un pozo que se encuentra seco. No hay mucha gente que lo sepa, ya que este pozo tiene una tapa y está rodeado de un bosquecillo muy sombreado’ (Plutarco, Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.259c).

 

El hiparco descendió guiado por su avaricia, pero era Cloto, la Moira más joven, quien le acompañaba, pues ya había sellado el destino del tracio. El soldado vio que el pozo no guardaba ningún tesoro, y fue demasiado tarde para cuando se dio cuenta de su error. Timoclea lanzó todo tipo de rocas y objetos contundentes que acabaron con la vida del violador.

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Timoclea asesina al capitán de Alejandro Magno - Elisabetta Sirani (1659)

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Timoclea - Mattheis Merian (1629)

Los soldados, al descubrir lo sucedido, capturaron a la mujer y la llevaron ante Alejandro. Este se sorprendió de su talante digno a pesar del visible maltrato sufrido, y, al preguntarla por quién era, esta le respondió: ‘Tenía un hermano, Teágenes, que comandaba en Queronea y que murió luchando contra vosotros para defender la independencia de los griegos y preservarnos de los horrores que estamos sufriendo. Pero, puesto que nos vemos reducidos a una situación tan indigna de nuestro linaje, no tememos a la muerte; y, si no podéis impedirlo, cualquier cosa me parecerá mejor que pasar otra noche como la anterior’ (Plutarco, Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.260d).

 

Alejandro, sorprendido por la bravura de la mujer, le devolvió su libertad a ella y a sus hijos, permitiendo que se marchara de las ruinas de la humeante Tebas.

Timoclea ante Alejandro - Domenichino (1610).jpg

Timoclea ante Alejandro - Domenichino (1610)

Timoclea. El capitán muerto ha sido traído como evidencia - Jean-Charles Nicaise Perrin (1782).jpg
Timoclea desnuda ante Alejandro Magno - Léon Davent (1540).jpg

Timoclea desnuda ante Alejandro Magno - Léon Davent (1540)

Timoclea. El capitán muerto ha sido traído como evidencia - Jean-Charles Nicaise Perrin (1782)

Esta historia la recogen dos autores: Plutarco de Queronea (c. 50-120 d. C.), de origen beocio (Vidas paralelas. Alejandro, 12.1-6; Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.260d), y Polieno (s. II d. C.), probablemente macedonio (Estratagemas, 8.40). El segundo, claramente recoge lo dicho por el primero, por lo que la fuente principal es Plutarco, quien describe esta historia 400 años más tarde. La inexistencia de esta historia en otras fuentes nos lleva a pensar que, posiblemente, se trate de una invención tardía para ‘limpiar’ en parte la imagen de Alejandro de una de las mayores atrocidades que cometió en su carrera: la destrucción de Tebas. Sin embargo, conociendo el origen del autor, tal vez tuviera acceso a documentos perdidos, por lo que me gusta pensar que este hecho fue real, y que la justa retribución prevalece.

 

¡Salve Timoclea, la valiente tebana!

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