AMOR, SEXO Y DESCENDENCIA
Cornelia, matrona romana
Una de las matronas más destacadas de la antigüedad no es otra que Cornelia, madre de los Gracos. Responde a la idealización de la perfecta matrona romana, pero ella encierra mucho más detrás de una imagen de madre modélica. Sin embargo, las fuentes son escasas, y solamente destacan su entereza, pero podemos hacernos una idea de su vida.

Base de la estatua de Cornelia - Museo Capitolino, Roma
Cornelia nace alrededor del año 190 a. C. Su padre no es otro que Publio Cornelio Escipión el Africano (236-183 a. C.), el vencedor de Aníbal, y su madre era Emilia Tercia (c. 230-160 a. C.), hermana de Lucio Emilio Paulo, el sometedor de Macedonia. Es decir, que Cornelia procedía de una de las familias más ilustres de su época.
Cuando llegó a la edad, la joven Cornelia fue desposada con Tiberio Sempronio Graco, político y general del momento en Roma. Desconocemos la edad que ella tenía al casarse, pero sabemos que tuvo doce hijos en total. Su esposo, al parecer el padre de los doce, fallecería (según algunas versiones) en el año 153 a. C. En una franja de unos veinte años, la pareja tuvo a toda su descendencia, por lo que Cornelia pasó gran parte de ese tiempo embarazada.

Cornélie mère des Gracques - Jules Cavelier (1861)
El principal cometido de la mujer en las culturas antiguas era el de la descendencia, y los romanos no eran una excepción. Una de las anécdotas más conocidas de Cornelia nos cuenta lo siguiente:
“Cornelia, madre de los Gracos, en cierta ocasión que una matrona de Campania [zona de Nápoles] que se hospedaba en su casa le mostraba las más ricas joyas que por aquel entonces se podía imaginar. Cornelia la entretuvo con su conversación hasta que sus hijos volvieron de sus lecciones, y entonces le dijo a su invitada: «Estas son mis joyas»” (Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, 4.4).

Cornelia mostrando a sus joyas - Angelica Kauffmann (1785)
Su fama era tal, que el propio faraón de Egipto, Ptolomeo VIII Evérgetes II (182-116 a. C.), más conocido como el Barrigón (Φύσκων; Fiscón), le propuso matrimonio. Cornelia rechazó a tal pretendiente, afianzando así su fama de casta matrona romana.

Cornelia rechaza la corona del faraón - Laurent de La Hyre (1646)
De sus doce hijos solo tenemos constancia de tres: Tiberio, Cayo y Sempronia. El resto fallecieron prematuramente:
“De esta suerte acabaron los hijos de Tiberio Graco, nietos de Publio Escipión Africano, mientras que su madre Cornelia, hija del Africano, todavía vivía” (Veleyo Patérculo, Historia romana, 2.7).
Tiberio y Cayo fueron asesinados tras una serie de reformas políticas que trataron de llevar a cabo, y solamente Sempronia sobrevivió a su madre.
Cornelia tenía un carácter fuerte, y era muy letrada, hasta el punto de encargarse de la educación de sus hijos. Se rodeó de filósofos y eruditos como Diófanes de Mitilene o Blosio de Cumas, y el propio pueblo romano la honró como una de las más grandes figuras de su historia.
“Todavía hay algunas declaraciones de Catón, durante su censura [184 a. C.], contra la práctica de erigir estatuas de mujeres en las provincias romanas; sin embargo, no pudo evitar que estas estatuas se erigieran incluso en Roma; a Cornelia, por ejemplo, la madre de los Gracos y la hija del anciano Escipión el Africano” (Plinio el Viejo, Historia natural, 34.31).
Cornelia siempre será representada con sus hijos, pues fue el ejemplo de la madre ideal romana.
Amores tóxicos en la mitología
Porque nunca está mal hablar del amor, aquí van dos historias amorosas del mundo clásico:
Britomartis (Βριτόμαρτις) era una ninfa cretense, hija de Zeus y Carme, y compañera de Ártemis. Vivía en Gortina, hasta que un día el rey Minos se enamoró de ella. No cedió Britomartis a su amor, aunque tuvo que huir de él durante nueve meses a través de montes y escarpaduras.
A punto de ser alcanzada, prefirió lanzarse al mar desde una roca, pero fue salvada por unos pescadores con una red.
Por este episodio, o bien porque ella fue la inventora de la red, fue llamada Dictina ("la muchacha de la red", del vocablo δίκτυον, "red").

Fondo de espejo Minos y Britomartis (c. 1600) - Limoges, Francia
Cobre, esmalte de pintor, dorado. Marco de cobre dorado. Museo de Artes Aplicadas de Fráncfort del Meno, nº de inventario WMH 8.
Meles (Μέλης) era un joven ateniense a quien amaba apasionadamente un meteco llamado Timágoras. Meles, sin embargo, no correspondería a tal amor.
En una ocasión, tratando de hallar un pretexto para enfadarse con Timágoras, Meles invitó a este a que se arrojase desde lo alto de la acrópolis en demostración de su amor, lo que aquel hizo sin dudarlo un instante.
Anonadado, Meles se lanzó a su vez al vacío.
En recuerdo de este suceso, los atenienses erigieron un altar en honor de Anteros (Ἀντέρως), el amor correspondido.
¿Moraleja? Que los griegos fueron, efectivamente, los inventores de las tragedias.
No sigáis las tendencias de estos dos ejemplos y sed sanos en vuestras relaciones
Lesbianismo y transexualidad
Luciano de Samosata (125-181 d. C.), oriundo de Siria, escribió una serie de diálogos donde destaca uno especialmente interesante: El diálogo de las cortesanas.
En este texto se nos describen pequeños retazos del día a día de las trabajadoras sexuales de alto nivel de la época, mostrando aspectos sociales y psicológicos que en otras fuentes son inexistentes o pasan desapercibidos.
Entre ellos destaco la siguiente conversación, que trata temas como el lesbianismo o la transexualidad. Conceptos que a veces creemos muy modernos, pero que son tan antiguos y naturales como la propia humanidad.
Athenais - John William Godward (1908)


Hetairas en la corte del rey macedonio Amintas (s. V a. C.) - Atenas
“CLONARIÓN. Hemos oído cosas sorprendentes acerca de ti, Leena; dicen que Megila, la rica lesbia, está enamorada de ti como un hombre, que vivís juntas y os dedicáis a no sé qué actividad recíproca. ¿Qué pasa?, ¿has enrojecido?, ¡ea!, dime si es verdad lo que se dice.
LEENA. Es verdad, Clonarión. Y yo estoy avergonzada, por lo antinatural que es esto.
CLONARIÓN. ¡En nombre de la diosa Afrodita!, ¿de qué se trata?, ¿qué quiere la mujer?, ¿qué hacéis cuando estáis juntas? ¿Lo ves? Ya no me quieres, pues de otros modos no me ocultarías tales secretos.
LEENA. Te quiero más que a ninguna otra amiga, pero ella es terriblemente viril.
CLONARIÓN. No entiendo lo que dices, a no ser que se trate de una especie de fulana para mujeres. Dicen que hay mujeres así en Lesbos, con pinta de hombres, que no quieren tener comercio con hombres, sino que ellas mismas se acercan a las mujeres, como si fueran hombres.
LEENA. De una cosa parecida se trata.
CLONARIÓN. Entonces, Leena, explícamelo, cómo se insinuó primero, cómo tú te dejaste convencer y lo que vino después.
LEENA. La propia Megila y otra mujer rica, Demonasa la corintia, con las mismas costumbres que Megila, habían organizado una fiesta y me habían contratado a mí también para que les tocara la cítara. Cuando dejé de tocar ya era muy tarde y había que acostarse; ellas estaban borrachas. «¡Ea! -me dijo-, Leena, es un buen momento para irnos a la cama, acuéstate aquí en medio de nosotras».
CLONARIÓN. ¿Y te acostaste? ¿Qué pasó luego?
LEENA. Al principio me besaban como los hombres, no solo ajustando sus labios a los míos, sino que entreabrían la boca y me abrazaban, apretándome los pechos. Demonasa incluso me mordía mientras me besaba. Yo no sabía cómo interpretar lo que ocurría.
Por fin Megila, que estaba ya muy caliente, se quitó la peluca de la cabeza (llevaba una peluca muy bien imitada y perfectamente ajustada) y apareció pelada al cero, afeitada como lo hacen los atletas muy viriles.
Yo al verla me quedé turbada, pero ella me dijo: «¿Has visto alguna vez, Leena, a un muchacho tan hermoso?». «Yo no veo aquí ningún joven, Megila», dije. «No me afemines -dijo-, pues yo me llamo Megilo y hace tiempo que me casé con Demonasa; es mi mujer». Ante estas palabras, Clonarión, yo me eché a reír y dije: «¿Entonces tú, Megilo, nos has estado ocultando que eres un hombre, como dicen que Aquiles se ocultaba entre las doncellas, y tienes tu virilidad y te comportas como un hombre con Demonasa?». «Aquello no lo tengo, Leena -dijo-, pero no lo necesito en absoluto; tengo una manera muy propia y mucho más agradable de hacer el amor, como vas a ver». «¿Entonces eres un hermafrodita -pregunté yo-, con los atributos de ambos sexos, de los que se dice que hay muchos?». Porque yo, Clonarión, todavía ignoraba estas cosas.

Hermafrodito - Pérgamo (s. III a. C.)
«No -respondió-, sino que soy un hombre completo». «Oí decir -seguí hablando yo- a la flautista beocia Ismeodora, cuando contaba relatos tradicionales de su país, que una mujer en Tebas se había transformado en hombre y que este hombre había llegado a ser magnífico adivino, Tiresias se llamaba, según creo. ¿Acaso a ti te ha ocurrido algo parecido?». «No, Leena -respondió-, yo nací mujer igual que vosotras, pero mi pensamiento, mis deseos y todo lo demás lo tengo como un hombre». «¿Y te basta con los deseos?», dije yo. «Si no te fías de mí, dame una oportunidad, Leena, y te darás cuenta de que no me falta nada de lo que tienen los hombres, pues tengo una cosa a cambio de su virilidad. Tú déjate hacer y lo verás».
Yo me dejé hacer, Clonarión, en vista de sus súplicas insistentes y de que me regaló un collar de mucho precio y finísima lencería. Luego yo la abracé como a un hombre y ella puso manos a la obra y me besaba y suspiraba y daba la impresión de que disfrutaba de una manera exagerada.
CLONARIÓN. ¿Y qué te hacía, Leena, y cómo lo hacía? Dime esto sobre todo.
LEENA. No preguntes con tanto detalle, que es de mal gusto; aparte de que, te lo juro por Afrodita la Celeste, no te lo podría decir” (Luciano de Samosata, Diálogos de las cortesanas, 5).
Lo inusual de las orgías
Existen dos mitos históricos muy extendidos pero que no tienen ningún fundamento hoy en día: griegos y romanos no paraban de fornicar, y que la era cristiana era una de mojigatos.

El joven Baco y sus seguidores - William-Adolphe Bouguereau (1884)
Las orgías han existido desde el inicio de los tiempos, y es una característica compartida por otros animales como los delfines o los bonobos (unos primates). Desde la Edad Media en adelante son conocidos los casos del Papa Juan XII (955-964) o el Banquete de las Castañas organizado por César Borgia en 1501 (cuya celebración es muy debatida). Sin embargo, que las orgías existan no significa que se normalicen, y es lo que ocurría en el mundo clásico.

Dionisio y las bacantes - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
En el año 345 a. C., Esquines de Atenas escribió un discurso contra su enemigo político Timarco, donde decía lo siguiente: “Sobre los jóvenes ciudadanos que forman los grupos de bailarines para las fiestas de Dionisio. Quiere que el coreógrafo que los emplee, y que esté dispuesto a gastar su dinero en vuestras fiestas, tenga más de cuarenta años, para que no tenga ninguna relación con vuestros hijos hasta una edad madura. (…) Esta ley se trae contra los jóvenes que se entregan, sin pudor, a vicios viles [como lo hizo Timarco]” (Contra Timarco, 10-22).
Del mismo modo, en la republicana romana se prohibieron, en el año 186 a. C., los ritos de Baco, es decir, las famosas orgías de las bacanales. La razón se debía a la falta de moralidad que dichas prácticas imbuían en los romanos, donde se mezclaban con los esclavos, que eran los participantes de dichas celebraciones. En 1640, en Tiriolo, Calabria, se encontró la placa de bronce donde se inmortalizó el edicto y que tuve el privilegio de contemplar en persona.

Senatusconsultum de bacchanalibus (186 a. C.) - Kunsthistorische Museum, Viena
Es decir, que los griegos y romanos eran más timoratos de lo que creemos, y que estas prácticas existieran no supone que fueran lo habitual, como sucede hoy en día.
La democracia como crimen pasional
Sabemos que la democracia se origina en Atenas, pero, ¿en qué contexto?
Puede decirse que desemboca a raíz de un crimen pasional, aunque las causas no son definitivas.
Atenas era gestionada por dos hermanos, hijos de Pisístrato, tirano de la ciudad. Muerto el padre, ambos gobernaron en un período de relativa paz social. Hipías, el que se cree que era el hermano mayor, dirigía la ciudad, mientras su hermano Hiparco lo ayudaba en el gobierno.
Al parecer, Hiparco se encaprichó de un tal Harmodio, un joven que ya tenía un amante llamado Aristogitón. El joven Harmodio sufrió el abuso del tirano, y, en respuesta, realizaron un atentado contra Hiparco.
“Equipados con cuchillos, corrieron encontrando a Hiparco en un lugar llamado Leocorio, sin ningún miramiento cayeron sobre él, y con toda la cólera del mundo, uno por celos, el otro por deshonra, lo golpearon y lo mataron. Aristogitón, por el momento, gracias a la gran confluencia de gente, escapó a través de la guardia, pero cogido después, fue manoseado sin contemplaciones; pero Harmodio fue asesinado en el lugar” (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, 6.54-57).

Aristogitón y Harmodio - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
Asesinado Hiparco (c. 515 a. C.), el régimen de su hermano Hipías se endureció (Heródoto, Historia, 5.62.2; Aristóteles, La constitución de Atenas, 19.4).
Después de ajusticiar a Aristogitón, el tirano inicia una campaña de expansión territorial que preocupa a Esparta, y tras estallar la guerra, los lacedemonios sitian la acrópolis de Atenas.
Hipías acepta el destierro y se refugia, para variar, en la corte persa de Darío I.

Hipías es expulsado de Atenas con sus hijos - Nicolai Abildgaard - Statens Museum for Kunst
Es entonces cuando el líder de la principal familia opositora, Clístenes el Alcmeónida, crea un nuevo sistema que rompa con lo establecido (c. 508 a. C.).
Nace así la democracia, cuyo sistema reorganiza a los ciudadanos que habitualmente estaban alejados de los asuntos políticos para que tomen parte en ellos.
Clodia, ¿femme fatale romana?
En el siglo I a. C. Roma estaba inmersa en una época de cambio. El tradicional matrimonio cum manu, en el cual la mujer pasaba de la autoridad del padre al de su marido, pierde su relevancia frente a la unión sine manu. Esta última unión mantenía a la mujer casada bajo el control de su padre, pero suponía en la práctica una mayor autonomía sobre ellas, que ya contaban con una fortuna propia en la mayoría de los casos.

Tocador de una dama romana - Juan Jiménez Martín (1875)
Esta nueva feminidad de la sociedad romana se refleja en una figura clave de la época: Clodia (95-… a. C.), hermana mayor de Publio Clodio Pulcro (90-52 a. C.), conocido agitador del momento. Esta provenía de una familia aristócrata romana y despertaba las pasiones de los romanos. Su vida amorosa era la comidilla de la ciudad, pues, a pesar de estar casada con su primo Quinto Cecilio Metelo Celer (103-59 a. C.), los rumores apuntaban a que tenía docenas de amantes.

Grabado de Clodia - Guillaume Rouille (1553)
Sin embargo, en el año 56 a. C., el amarillismo romano alcanzó una de sus cotas más altas. La relación que tenía Clodia con Marco Celio Rufo (82-48 a. C.) se rompe. A causa de ello, los hermanos Clodio persiguen a este personaje, que es defendido en juicio por el propio Cicerón (106-43 a. C.). Se le acusa de haber amenazado e incluso asesinado a un emisario ptolemaico, llamado Dion. En medio del escándalo, Celio decide marcharse a una propiedad que tiene en el campo, pero allí aparece Clodia, que con su atractivo termina por someterlo a su voluntad, convirtiéndolo en su perrito faldero en público.
Por ello Cicerón dedica las siguientes palabras en el juicio:
“Supongo, pues, que una mujer soltera ha abierto su casa a todos los libertinos, que ha abrazado públicamente el estado de cortesana, que se encuentra en las fiestas con los hombres que le son más extraños; supongo que esta mujer vive de este modo en Roma, en el campo, a los ojos de la muchedumbre que se reúne en las aguas de Baiae [lago Bracciano]; que no sólo su andar, sino también su atuendo y su seguimiento, que no sólo la audacia de sus miradas, el libertinaje de su hablar, sino también sus abrazos, sus caricias disolutas, sus baños, sus paseos por el agua, sus fiestas la muestran no sólo como una cortesana, sino como la más desvergonzada de todas las prostitutas. Si un joven se encontrara con ella por casualidad, ¿dirías, Lucio Herennio [Balbo, acusador de Celio], que es un seductor, o simplemente un hombre en busca de diversión? ¿Dirías que quería corromper la inocencia, o satisfacer un capricho?” (Cicerón, En defensa de Celio, 49).

Estatua moderna de Catulo - Sirmione, Italia
El poeta Cayo Valerio Catulo (87-54 a. C.), embelesado por la figura de Clodia, le dedica más de veinticinco poemas bajo el pseudónimo de “Lesbia”. La describe del siguiente modo:
“A Lesbia. Aquel me parece que es igual a un dios: aquel, si se me permite, supera a los dioses, el que, sentado frente a ti, sin moverse, te mira y te oye reír con dulzura, cosa que, a mí, en mi desgracia, me arrebata los sentidos, pues tan pronto como te he visto, Lesbia, nada queda de mí. Mi lengua enmudece; una leve llama se aviva bajo mis miembros; con su propio sonido zumban mis oídos y se cubren de noche mis ojos” (Catulo, Poemas, 51.1-14).

Lesbia y su gorrión. Cuadro inspirado en los poemas de Catulo - Edward Poynter (1907)
No hay duda de que Clodia despertaba la pasión de sus contemporáneos, tanto para bien como para mal. Sin embargo, parece que Clodia no era una rareza dentro de Roma, y que, lo más destacable de su vida sentimental y sexual, es que llegara a hacerse pública y usara con fines políticos.

Cadáver de Clodio – Desconocido
La 'paiderastia' antigua
A pesar de ser una práctica atroz en la actualidad, las relaciones íntimas entre adultos y menores eran algo habitual en el mundo antiguo. En la sociedad griega, y posteriormente en la romana, la pederastia se volvió algo bastante estandarizado. Sin embargo, ello difiere de la 'paiderastia' griega.

Esta se trata de una herramienta de construcción social de las clases superiores. No englobaba todas las relaciones sexuales existentes en la época entre adultos y adolescentes. Respondía más bien a las siguientes condiciones específicas: el adulto o erastés (ἐραστής; cerca de la treintena), mantenía una relación, no exclusivamente sexual, con el erómenos (ἐρώμενος) o joven, que era siempre un adolescente (entre quince y dieciocho años); ambos eran varones. El padre del joven aceptaba el pacto y el adulto pasaba a tutelar al joven, enseñándole cómo desenvolverse en la sociedad.

Escena pederástica (s. VI a. C.) - Museo del Louvre

Escena de sexo intercrural (c. 490 a. C.) - Eucárides de Atenas
El sexo ideal era el intercrural, es decir, utilizar los muslos para simular una penetración, ya que el sexo anal era deshonroso. Por supuesto que ello no significa que estas prácticas sexuales no se realizaran, pero con el tiempo se establecieron una serie de pautas sociales ideales.
Pero que esta práctica estuviera aceptada no eliminaba el sufrimiento de las víctimas, incluso de las personas cercanas a ellas. El poeta Catulo (87-54 a. C.) comparte este sobrecogedor pasaje:
«A Aurelio:
Me encomiendo a mí misma y a quienes aprecio, Aurelio: el favor que te pido es razonable; y si alguna vez tu alma concibió el deseo de encontrar el objeto de tus fuegos puro e intacto, preserva de todo daño al niño que te confío.
No es a la multitud de amantes a la que me refiero, no temo a esos hombres que pasan y vuelven a pasar por una plaza todos ocupados en sus asuntos; no, es a ti solo a quien temo, a ti y a tu miembro fatal para todos los niños, puros o impuros. Agítalo donde quieras, como quieras y tanto como desees, cuando esté fuera y listo para el placer. Solo exceptúa a mi pequeño, un deseo razonable, creo.
Pero si tus malas inclinaciones, si una furia insana te empuja, canalla, hasta el punto de atentar contra la vida de mi hijo, entonces, desgraciado, ¡ay de ti!» (Catulo, Poemas, 15.1-15).
Este sentimiento, a pesar de pertenecer a una persona de hace 2.000 años, es muy actual. Desgraciadamente, parece que algunas prácticas del pasado se niegan a desaparecer.

Erastés y erómeno (s. V a. C.) - Museo del Louvre
La subasta de niñas en Babilonia
La visión griega sobre los pueblos que existían más allá de sus fronteras nunca fue la mejor. Los griegos mostraban una aberración casi pareja a su fascinación por otros pueblos, especialmente hacia los grandes imperios orientales, que servían a las mentes de los griegos como vía de escape para sus fantasías más alocadas.
Esta faceta es muy notable en la obra del historiador Heródoto de Halicarnaso (484-425 a. C.), quien es considerado el padre de la historia. Sus escritos están empapados de apuntes etnográficos muy interesantes pero exagerados.

Busto de Heródoto (s. II d. C.) - Museo Metropolitano, Nueva York
En su descripción de los babilonios, el griego elogia una extraña costumbre que estos tenían:
“Entre sus leyes hay una, a mi parecer, muy sabia, de la que según oigo decir usan también los enetos, pueblos de la Iliria. Consiste en una función muy particular que se celebra una vez al año en todas las poblaciones.
Luego que las doncellas tienen edad para casarse las reúnen todas y las conducen a un sitio en torno del cual hay una multitud de hombres en pie. Allí, el pregonero las hace levantar de una en una y las va vendiendo, empezando por la más hermosa de todas. Después que ha despachado a la primera por un alto precio, pregona a la que sigue en hermosura, y así las va vendiendo, no por esclavas, sino para que sean esposas de los compradores.

El mercado matrimonial babilónico - Edwin Long (1875)
De este modo sucedió que los babilonios más ricos y que se hallaban en estado de casarse, tratando de superarse unos a otros en la generosidad de la oferta, adquirían las mujeres más lindas y agraciadas. Pero los plebeyos que deseaban tomar esposa, no pretendiendo ninguna de aquellas bellezas, recibían con una buena dote las doncellas mas feas. Porque, así como el pregonero acababa de dar salida a las más bellas hacía poner en pie a la más fea del concurso o contrahecha, si alguna había, e iba pregonando quién quería casarse con ella recibiendo menos dinero, hasta entregarla por último al que con menos dote aceptara. El dinero para estas dotes se sacaba del precio dado por las hermosas, y con esto las bellas dotaban a las feas y a las contrahechas.
A nadie le era permitido colocar a su hija con quien mejor le parecía, como tampoco podía ninguna llevarse consigo a la doncella que hubiese comprado, sin dar primero fianzas por las que se obligase a cohabitar con ellas; y cuando no quedaba la cosa arreglada en estos términos, les mandaba la ley desembolsar la dote. También era permitido comprar mujer a los que de otros pueblos concurrían con este objeto.
Tal era la hermosísima ley que tenían y que ya no subsiste. Recientemente han inventado otro uso, a fin de que no sufran perjuicios las doncellas ni sean llevadas a otro pueblo. Como después de la toma de la ciudad muchas familias han experimentado menoscabo en sus intereses, los particulares faltos de medios prostituyen a sus hijas y con las ganancias que obtienen tratan de colocarlas” (Heródoto, Historias, 1.196).

Mercado de esclavos en la antigua Roma - Jean-Léon Gérôme (1884)
Ciertamente, parece una costumbre arcaica para llevarse a cabo en una sociedad tan jerarquizada como la babilonia, pues es probable que las grandes familias negociaran los matrimonios previamente. Por ello Heródoto señala que es una tradición perdida.
Sin duda es un claro ejemplo del abuso ejercido hacia las mujeres en estas sociedades patriarcales de la antigüedad, aunque debemos tener en cuenta la sociedad de su tiempo. De este modo, todas las jóvenes, cuya principal labor era el de dar a luz, podrían realizar su cometido, por lo que este tipo de costumbres trataban de promover la reproducción y la continuidad de la comunidad en un tiempo en el que la muerte estaba más presente que en la actualidad.
Por desgracia, aunque parezca una costumbre de otro tiempo, aún hay lugares donde se subastan a personas, y no tan lejos de lo que uno puede pensar.
Pirro y el amor de una madre
Un final inesperado para una leyenda.
Pirro de Épiro es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes de la antigüedad.
Un rey que encarna el helenismo y su espíritu conquistador, pues llevó la guerra a Italia, Sicilia y Grecia. Sometió a innumerables pueblos, venciendo en el campo de batalla a macedonios, romanos, cartagineses y espartanos. Pero no fue rival para uno de los motores que mueven el mundo: el amor de una madre.
En el año 272 a. C., Pirro, coronado rey de Macedonia por segunda vez, invade Laconia con 25.000 soldados de a pie, 2.000 de caballería y 24 elefantes. Tras un infructuoso asedio contra Esparta, el rey esperaba reorganizarse y volver a atacar cuando se derritieran las nieves en primavera. Sin embargo, la ciudad de Argos llamó por él.

Busto de Pirro - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

La ciudad argiva se encontraba en una guerra civil, y uno de los pretendientes, Aristeas, buscó la ayuda de Pirro para luchar contra su rival Aristipo, a quien le apoyaba Antígono, candidato al trono de Macedonia y enemigo de Pirro. El epirota se sintió tentado por la gloria de la guerra, y marchó con su ejército a la ciudad. El combate se extendió por las calles.










.jpg)













