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Mancino y Numancia

Mancino y el desastre numantino

Numancia fue un duro hueso de roer para Roma, y, si no, que se lo digan a Cayo Hostilio Mancino (s. II a. C.).

Este hombre procedía de la gens Hostilia, una familia respetable, pero de origen plebeya. Su padre fue cónsul (170 a. C.), así como su hermano (145 a. C.), por lo que Mancino no tardó en alcanzar dicha magistratura (137 a. C.). Se le otorgó la provincia de la Hispania Citerior, lo que le conllevaba tomar parte en un conflicto enquistado: la Tercera Guerra Celtibérica (143-133 a. C.).

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Principales asentamientos de la Península Ibérica (s. II a. C.)

Pueblos prerromanos de la Península Ibérica (s. II a. C.).jpg

Pueblos prerromanos de la Península Ibérica (s. II a. C.)

Mancino había sido pretor en Hispania tan solo tres años antes, por lo que se le creía capaz de encargarse de la situación bélica de la región. No obstante, la suerte no lo sonreiría, pues se trataba de “un hombre al que no le faltaba talento, pero que fue el más desafortunado de los generales romanos” (Plutarco, Vidas paralelas. Tiberio Graco, 5.1-2).

 

El cónsul fue vencido en varias contiendas, y, desalentado por sus derrotas, trató de huir al amparo de la noche. Los numantinos, conocedores de su propia tierra, los alcanzaron, capturando el campamento romano en el proceso.

Recreación de las tropas numantinas - Asociación Cultural Tierraquemada (Carlos Arlegui).jpg

Recreación de las tropas numantinas - Asociación Cultural Tierraquemada (Carlos Arlegui)

Sexto Aurelio Victor, tardío cronista (s. IV d. C.), nos narra una curiosa historia: “Por casualidad, ese día, los numantinos celebraban solemnemente los esponsales de sus hijas. Dos rivales se disputaban la mano de una de sus hijas, notable por su belleza. Su padre la prometió en matrimonio a aquel de los dos que le devolviera la mano derecha de un enemigo [ritual común entre la casta guerrera celtíbera]. Los jóvenes partieron de inmediato, confundieron la repentina partida del ejército romano con una huida y regresaron para avisar a sus conciudadanos. Inmediatamente, ellos y cuatro mil de los suyos despedazaron a veinte mil romanos” (Sobre los hombres ilustres de Roma, 59).

Es probable que esta historia esté algo adulterada, pero lo cierto es que Mancino se vio rodeado. El cónsul envió heraldos para entablar una negociación. Según las fuentes, fue el joven Tiberio Sempronio Graco, cuestor de Mancino, quien entabló dichas negociaciones. Su padre había servido en aquellas tierras (181 a. C.), y su buena reputación (además de sus redes clientelares) sobrevivieron a su partida. Tiberio consiguió establecer una paz con los numantinos, a cambio de salvar la vida de 20.000 personas atrapadas. Esto le granjeó una gran fama entre los plebeyos.

Tiberio Graco - Jean-Baptiste Claude Eugène Guillaume (1853).jpg

Tiberio Graco - Jean-Baptiste Claude Eugène Guillaume (1853)

Mancino tuvo que volver a Roma y rendir cuentas ante el Senado, pues la paz debía ser ratificada por ellos y se trataba de un acto sagrado, por lo que el acto de Mancino se veía como una gran falta de respeto a la ciudad. Tiberio consiguió librarse del castigo, pero el juicio de Mancino fue del siguiente modo:

 

La disputa ante el Senado entre Mancino y los embajadores numantinos seguía su curso. Estos últimos mostraron el tratado que habían concluido con Mancino; él, por su parte, echó la culpa de todo a Pompeyo, su predecesor en el mando, que le había dado un ejército sin valor y sin recursos, con el que el propio Pompeyo había sido derrotado a menudo, y por eso había concluido un tratado similar con los numantinos. Añadió que la guerra había tenido lugar bajo malos augurios, porque había sido declarada por los romanos en violación de estos acuerdos. Los senadores se enfadaron por igual con ambos, pero Pompeyo se libró del castigo porque había sido juzgado por el asunto mucho antes. Decidieron entregar a Mancino a los numantinos por hacer un tratado vergonzoso sin su permiso. (…) Mancino fue llevado a Hispania por Furio y entregado desnudo a los numantinos, pero estos se negaron a recibirlo” (Apiano, Iberia, 83).

Mancino entregado a los numantinos - David Mirys (1800).jpg

Mancino entregado a los numantinos - David Mirys (1800)

No era la primera vez que este castigo se realizaba. Durante la Segunda Guerra Samnita, los dos cónsules Tito Veturio Calvino y Espurio Postumio Albino Caudino (321 a. C.) fueron entregados a sus enemigos. Sin embargo, en el caso que nos concierne, no se aceptó al prisionero, posiblemente porque los numantinos pretendían que su tratado fuera legal finalizando el conflicto. No obstante, de poco les sirvió, pues la ciudad caería definitivamente cuatro años más tarde, en 133 a. C., bajo el asedio de Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Menor, que se ganaría otro apodo más: Numantino.

Asedio de Escipión Emiliano (133 a. C.).jpg

Asedio de Escipión Emiliano (133 a. C.)

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Numancia - Alejo Vera y Estaca (1881)

Mancino regresó a Roma, pero se desconoce cuál fue su situación posterior. Parece que algunos senadores no lo apreciaban en exceso, pues Cicerón nos dice que fue expulsado de una sesión donde tomó su asiento por haber perdido la ciudadanía (De oratore, 1.40). Sin embargo, tuvo que haber alguna triquiñuela legal para devolverle sus derechos, pues Aurelio Victor asegura que más tarde fue pretor (Sobre los hombres ilustres de Roma, 59).

 

Este es otro ejemplo más de que los romanos, a pesar de la imagen que tenemos actualmente de ellos, no eran invencibles. En su larga historia sufrieron muchas derrotas.

Reconstrucción de un hogar celtíbero - Numancia, Soria.jpg

Reconstrucción de un hogar celtíbero - Numancia, Soria

Costa ibérica atlántica

Costa atlántica ibérica

Las peculiaridades climáticas y geográficas de la cornisa cantábrica dieron lugar a una serie de costumbres comunes entre los pueblos que habitaban estas regiones.

Así nos lo describe Estrabón de Amasia, geógrafo griego (c. 65 a. C. - 25 d. C.):

"Todos los habitantes de las montañas son frugales, beben agua, duermen sobre el suelo y dejan que el cabello les cuelgue hacia abajo a la manera de las mujeres; pero ciñéndoselo en la frente con una banda.

Se alimentan sobre todo de carne de cabra y sacrifican a Ares un macho cabrío, prisioneros y caballos. (...)

Los habitantes de las montañas utilizan durante dos partes del año las bellotas de encina, las dejan secar y las trituran, luego las muelen y fabrican un pan que se conserva durante tiempo. También utilizan la cerveza; en cambio apenas tienen vino, el que producen lo consumen rápidamente en banquetes con los parientes. En lugar de aceite usan mantequilla.

Realizan sus banquetes sentados, con asientos construidos en derredor del muro y se sientan de acuerdo con la edad y el rango. (...)
Todos visten de negro, la mayoría sayos, en los que se envuelven también para dormir sobre lechos de paja. (...)
Colocan a los enfermos, como los egipcios antiguamente, en los caminos para que los que han sufrido la enfermedad les den consejos.

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Recreación de un poblado de la Edad del Hierro (ss. VIII-V a. C.)

Esta es la forma de vida de los habitantes de las montañas, como ya he expuesto; me refiero a los que bordean el lado norte de Iberia: galaicos, astures y cántabros, hasta los vascones y el Pirineo; pues la forma de vida de todos ellos es muy similar. Pero temo abusar de los nombres, y evito lo fastidioso de la transcripción a no ser que a alguno le resulte agradable oír hablar de pletauros, bardietas, alotriges y otros nombres peores y más irreconocibles que estos" (Estrabón, Geografía, 3.3.7).

 

A pesar de lo interesante del relato, Estrabón escribe para un público griego, realidad que se destaca en la última parte del texto. Es probable que estos pueblos compartieran ciertas costumbres, aunque en la práctica serían muy diferentes entre sí.

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Ciudades, centros productivos y comunicaciones de la Hispania romana - Atlas Nacional de España

Oporto

La antigua Oporto

O meu coração ficará no Porto.

El origen de la ciudad de Oporto es un tanto difuso. La presencia de personas que habitaran la zona se data hacia el siglo VIII a. C., donde existe presencia de pueblos nativos en la actual ciudad, así como un pequeño asentamiento comercial fenicio en la desembocadura del río Duero.

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La cultura castreña, desarrollada a partir de ese mismo siglo, se expande por todo el noroeste peninsular. La duda surge entre los arqueólogos sobre el lugar de asentamiento de los primeros castreños. La historiografía tradicional ubicaba el asentamiento en la colina de Gaia, donde hoy se encuentra el monasterio Serra do Pilar, sin embargo, también se rastrea presencia humana en la zona de la Sé, es decir, en la cara norte del río. En definitiva, ambas orillas estaban pobladas y tenían conexión entre sí.

En cuanto a las fuentes escritas, pocas son las que mencionan la ciudad de Oporto. El lugar era conocido como “Cale”. Es una palabra difusa que puede tener múltiples orígenes, como puede ser la palabra griega Καλλισ (“kallis”, bello), la palabra latina “Calidus, -a, -um”, o tal vez una referencia a un origen galo/celta. El problema surge por el propio vocablo, pues no era el único en la antigüedad. Existía un Cale en la Galia, y otro en Italia, por lo que es difícil realizar rastreos efectivos, ya que la ciudad de la Galia podría referirse a la de Gallaecia, pues comparten prefijo.

Una posible referencia la encontramos en un batiburrillo de autores. El original, de Salustio (s. I a. C.), nos ha llegado a través de Servio (s. IV d. C.) en su obra donde analiza a Virgilio (s. I a. C.). Este último menciona una ciudad llamada Cale (Eneida, 7.728), pero Servio se ve en la obligación de especificar que no se trata de la Cale de Campania, sino la de la Galia: “la ciudad de Cales está en Campania, no así la de Flaminia, que se llama Cale. Y del mismo nombre [Cale] hay otra en la Galia, cuya conquista por Perperna es celebrada por Salustio” (Comentarios sobre la Eneida, 7.728).

Esta referencia sería la más antigua de ser la actual Oporto, y la vincula con un episodio histórico relevante: las guerras sertorianas (82-72 a. C.). Marco Perperna Ventón fue un político romano que se alió con Sertorio, después lo traicionó, heredó su causa, pero fue derrotado y asesinado. Es decir, que la ciudad de Cale se vio involucrada en el conflicto civil romano. Sin embargo, no sabemos con seguridad si este texto se refiere a la actual Oporto, por lo que debemos seguir mirando.

El siguiente texto sí que hace referencia a Oporto. Se trata del Itinerario Antonino, una guía para el viajero hecha en algún punto del gobierno de Diocleciano (284-290 d. C.). En este texto se registra el topónimo Calem como última parada viaria antes de llegar a Braga desde Olisipo (Lisboa).

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Partes de la muralla romana encontradas

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Restos romanos encontrados en la ciudad

Existen textos posteriores de época medieval, pero lo cierto es que Oporto apenas aparece en las fuentes, lo que hace pensar que no debía ser una ciudad muy relevante, como lo era Braga, por ejemplo. No obstante, las excavaciones arqueológicas han mostrado una ocupación romana que se expande en el s. III, especialmente en la zona portuaria. Allí se encuentran los restos más monumentales, como un mosaico en la actual Casa del Infante, importante museo de la zona.

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Muralla primitiva (s. III d. C.)

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Mosaico romano - Vila do Infante

​​​​​​​​​​​​​​​La ocupación de Oporto podría resumirse del siguiente modo: “cuando nos imaginamos a una Oporto romana no debemos tener en mente una ciudad creada ab origine, como lo fueron Bracara Augusta o Aquae Flaviae, por citar ejemplos del norte del país, ciudades planificadas de acuerdo con los principios urbanísticos romanos, con planos ortogonales, de módulo regular, cruzado por el cardo y el decumano máximo, con su foro y templos, establecimientos termales y otros equipamientos propios de una ciudad romana. Debemos imaginar a un castro romanizado cuya importancia social, económica y política antes de la dominación romana aún no es clara” (Antonio Manuel Silva (2010), 'Ocupación de época romana en la ciudad de Oporto', Revista Gallaecia 29, p. 230).

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Maqueta de la Oporto del s. XIV - Museo do Infante, Oporto

Carataco

Carataco, rey britano

En el año 43 d. C. el emperador Claudio reinicia la conquista de Britania. El objetivo de los romanos era el de establecer en el poder a un rey aliado, Verica, líder de los atrébates, pueblo belga con aspiraciones a gobernar en Britania.

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Conquista de Britania (43-60 d. C.)

Una confederación de catuvelaunos y trinobantes liderada por los caudillos Carataco y Togodumno les hizo frente, pero no fueron capaces de frenar la conquista romana. Togodumno falleció, por lo que Carataco no tuvo otra elección que marchar a la actual Gales y seguir su lucha como guerrillero.

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Allí este rey obtuvo varias victorias, pero, con el tiempo, se vio forzado a retirarse hasta que las fuerzas nativas se enfrentaron a las romanas en la batalla de Caer Caradoc, al este de Gales, en el año 51 d. C. Carataco perdió la batalla y huyó, pero por poco tiempo, pues fue capturado cuando trató de refugiarse en la corte de Cartimandua, reina de los brigantes.

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Busto de Claudio (41-54 d. C.) – Museo arqueológico nacional de Nápoles, Italia

Según cuenta Tácito (c. 55-120 d. C.), la fama de este caudillo llegó a la propia Italia, y cuando fue llevado como prisionero y desfiló en el triunfo del emperador, sus palabras, acompañados de su noble porte, conmovieron a Claudio:

 

«Si mi moderación en la prosperidad hubiera igualado mi nacimiento y mi fortuna, habría podido venir aquí como amigo, nunca como prisionero; y tú mismo no habrías desdeñado la alianza de un príncipe de ilustres antepasados y gobernante de varias naciones. Ahora el destino ha añadido a tu gloria lo que ha quitado a la mía. Tenía caballos, soldados, armas y riquezas: ¿es de extrañar que sólo las haya perdido a pesar mío? Si quieres mandar sobre todos, no es razón para que todos acepten la servidumbre. Si me hubiera rendido sin luchar, ni mi fortuna ni tu victoria habrían tenido renombre: e incluso hoy mi calvario pronto sería olvidado. Pero si me dejas vivir, seré una prueba eterna de tu clemencia». Claudio le perdonó a él, a su mujer y a sus hermanos” (Tácito, Anales, 12.37).

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Carataco ante el tribunal de Claudio - Andrew Birrell (1792)

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Carataco en Roma - James William Edmund Doyle (1864)

​​Dión Casio (c. 155-235 d. C.) muestra lo innecesario de la campaña britana y la codicia de un emperador frente a la sabiduría bárbara:

 

Carataco, un jefe bárbaro que fue capturado [en el año 52 d.C.] y llevado a Roma, y más tarde indultado por Claudio, se paseó por la ciudad tras su liberación; y después de contemplar su esplendor y su magnitud exclamó: «¿Y tú [Roma], que tienes tantas posesiones, puedes codiciar nuestras pobres casuchas?»” (Dión Casio, Historia romana, 61.33.3c).

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Vidriera de la iglesia de Colchester (Camulodunum)

Aníbal y el Ródano

Aníbal y el cruce del Ródano

En otoño del año 218 a. C., el ejército de Aníbal cruzaba la Galia en dirección a Italia. Sin embargo, el general se vio en un dilema militar: cruzar la desembocadura del río Ródano y enfrentarse a un ejército romano apoyado por la polis de Masilia, fuertemente defendida; o remontar el cauce del río y cruzarlo en un vado al norte con el riesgo de enfrentarse a las poblaciones locales.

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Marcha Aníbal a Italia (218 a. C.)

El cartaginés eligió la segunda opción, y no tardó en encontrar una fuerza de galos que defendían el lado oriental del río. Aníbal, imitando a Alejandro en el Hidaspes, mandó a parte de sus fuerzas cruzar el río en un vado al norte, y de este modo consiguió atrapar a los galos desprevenidos.

 

Una vez vencido, Aníbal tuvo que cruzar a sus famosos elefantes, pero la tarea se mostraba harto compleja. Una de las versiones menciona que se construyó una estructura hecha con barcazas para que los animales pudieran cruzar. Se trataba de una plataforma de unos 60 de largo y 15 de ancho, donde los animales serían arrastrados mediante un sistema de cuerdas hasta la otra orilla (Livio, 21.28.5). Estas plataformas se cubrieron de tierra para familiarizar a los paquidermos y tranquilizarlos (Silio Itálico, Púnicas, 3.460).

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Elefantes de Aníbal cruzando el Ródano - Henri-Paul Motte (1878)

No obstante, algunos de los animales se asustaron al verse rodeados de agua, lanzándose al río. En el mundo antiguo existía la creencia de que los elefantes no sabían nadar pues evitaban introducirse en el elemento cuando eran conducidos (Plinio, Historia Natural, 8.28).

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Sin embargo, los elefantes se mostraron más versátiles de lo previsto, pues: “los propios animales pudieron salvarse gracias a la fuerza y la longitud de su trompa: elevaron este apéndice por encima del agua, lo que les permitió tanto respirar como expulsar toda el agua que tragaban; de este modo, pudieron realizar toda la travesía sin ser casi nunca arrastrados o derribados por la corriente” (Polibio, Historias, 3.46).

Al final, aquellos que murieron fueron los jinetes indios, arrastrados por la feroz corriente, pero los animales mostraron ser más listos que sus dueños.

No obstante, la comunidad académica actualmente descarta esta idea de las balsas en pos de la otra versión que nos da Livio, donde los elefantes cruzan a nado el río.

Brenno y el saqueo de Delfos

Brenno y el saqueo de Delfos

En el año 279 a. C., Grecia estaba siendo asolada por una gran horda. No, no habían vuelto los persas, sino que se trataba de una coalición de pueblos célticos, aunque la propaganda griega de la época no tardó en comparar ambos eventos.

Esta coalición, según Pausanias, constaba de 152.000 tropas de infantería y 61.200 de caballería (Descripción de Grecia, 10.19.9), algo claramente imposible. Diodoro lo reduce a un total de 160.000 (Biblioteca histórica, 22.9.1), igualmente inverosímil. No obstante, el miedo que nos transmiten las fuentes clásicas nos muestra que debió de tratarse de una fuerza considerable. Los pueblos helenos veían a los celtas como sucios bárbaros, “no conocen ninguna ley ni orden, y carecen de cultura alguna” (Polibio, Historias, 18.37.9), pero los respetaban por considerarlos un pueblo temible, “tal era el terror de los galos que los reyes, anticipándose a su ataque, les compraban la paz a precio de oro” (Justino, Historia universal, 24.4).

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Cuando el ejército celta liderado por Brenno llegó al santuario de Delfos, todo parecía perdido. Los autores modernos creen que los invasores debían superar a los defensores en una proporción de uno a siete para poder plantearnos siquiera una primera victoria celta, ya que la orografía del lugar es muy favorable a su defensa.

 

Sin embargo, no está muy claro si los celtas asaltaron y saquearon el lugar. Este episodio está muy mitificado, pues los de Brenno atacaron uno de los lugares más sagrados para los griegos. Al parecer, Apolo despertó y volcó su ira sobre los invasores, pues el día de la batalla hubo una gran tormenta que acabó con muchos celtas (Tito Livio, 40.58.3). Según Pausanias, hasta los mismos héroes de la antigüedad se levantaron de sus tumbas para repeler a los atacantes (Descripción de Grecia, 10.23.4).

 

Por la noche la nieve y las bajas temperaturas dificultaban la vida en el campamento, hasta que, entre los truenos, cayeron grandes rocas del Parnaso que sepultaron a muchos asaltantes.

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Delfos nevado.jpg

Fotografías del santuario de Delfos bajo la nieve

Al salir el sol, los defensores atacaron a los maltrechos celtas, que no pudieron más que huir. Cuando volvió a hacerse de noche, Brenno y unos pocos supervivientes acamparon donde pudieron, pero fueron engañados por el dios Pan, que les hizo alucinar. Creyeron que los griegos los habían perseguido y se mataron entre sí, olvidando su propia lengua.

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Brenno siendo castigado en Delfos - Angus McBride

Con tales desastres e intervenciones divinas, el líder Brenno, temeroso de la represión de sus compañeros, se suicidó. El grupo restante fue perseguido en su huida por el país, y terminaron siendo interceptados: “Cuando hubieron cruzado este río [el Pleistos], los tesalios y los malios les tendieron una emboscada, donde les sorprendieron y se bañaron, por así decirlo, en su sangre, haciendo una matanza tan horrible que no escapó ni uno” (Pausanias, Descripción de Grecia, 10.23.13).

 

Así terminó el mítico asalto a Delfos, cuya narración se ha adornado con el tiempo pero que, sin duda, supuso un tremendo shock para los griegos. 

Viriato, ¿portugués o español?

Viriato, ¿portugués o español?

Este que vêz, pastor já foi de gado; Viriato sabemos que se chama, Destro na lança, mais que no cajado; Injuriada tem de Roma a fama, Vencedor invencibil, afamado

(Luís Vaz de Camões, Os Lusíadas, 8.6).

 

(Este que veis, pastor fue de ganado; Viriato sabemos que se llama, Diestro en la lanza, más que en el cayado; Injuriada tiene de Roma la fama, Vencedor invencible, famoso).

 

Con estas hermosas palabras describía el mayor literato portugués, en el año 1572, a Viriato, caudillo lusitano. Y no es casualidad que mencionemos a un autor tan posterior a los hechos, puesto que Viriato se convirtió en otra razón más de lucha entre portugueses y españoles.

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Ilustración de Luís Vaz de Camões (1524-1580)

Lo cierto es que tanto Portugal como España se atribuyen el lugar de nacimiento del lusitano, así como su legado. Esta tendencia comienza nace en el Renacimiento, donde estudiosos como André de Resende o Fray Bernardo de Brito ven en la antigua Lusitania el nacimiento de Portugal. Buscar los orígenes de una familia en un pasado remoto, incluso mítico, no resultaba extraño en la historia, pero en la Europa moderna los nuevos reinos buscaban esa legitimidad mediante figuras del pasado.

 

En España se establece también un paralelismo entre los antiguos lusitanos y los españoles. Bernardo de Balbuena publica en 1624 un poemario donde dice lo siguiente: ‘Mas en tanto que al breve sueño un rato del infiel cuidado afloja la memoria el sucesor del español Viriato, de su valor retrato y de su gloria’ (Bernardo de Balbuena, El Bernardo, 17.95).

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Durante los siguientes siglos ambos países harán referencias constantes a Viriato, con especial énfasis en el siglo XIX y el nacimiento de los nacionalismos en Europa. Al igual que sucedió con Vercingetórix en la Francia de Napoleón III o con Ariminio en la etapa de Bismarck.

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Estatua de Vercingetórix - Aimé Millet, en la localidad de Alise-Sainte-Reine, Francia (1865)

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Estatua de Ariminio - Detmold, Alemania (1875)

A inicios del s. XIX, con la invasión napoleónica en marcha, la figura de Viriato alcanzó una gran relevancia debido a sus tácticas de guerrilla que imitaban algunos soldados tanto españoles como portugueses. Avanzado el siglo, en 1879, el historiador portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins diría en su ‘História de Portugal’ que el origen del portugués no se debe buscar en los galaicos del norte del Duero, o en los turdetanos de la costa sur, sino en los pastores casi bárbaros de la Serra da Estrela, que proceden de los descendientes de los compañeros de Viriato (História de Portugal, Tomo I (edición de 1908), p. 38).

 

Con la llegada del nuevo siglo XX, en 1903, se erige una estatua de Viriato en Zamora, por el escultor local Eduardo Barrón González. La estatua, con un texto que reza Terror Romanorum (Terror de los romanos), está rodeada por ocho fasces puestas del revés, simbolizando las victorias que tuvo el caudillo frente a los romanos. Según se cuenta, unos oficiales italianos que, en plena guerra civil, paseaban por las calles de Zamora, se ofendieron al ver la estatua. No sabemos si algún portugués pasó por la zona, pero sí que el régimen de Antonio de Oliveira Salazar envió una brigada voluntaria que fueron conocidos como los ‘Viriatos’. Tal vez apremiado por la creación de la estatua zamorana, en la ciudad portuguesa de Viseu se erigió otra en el año 1940, por el escultor valenciano Mariano Benlliure Gil.

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Estatua de Viriato - Mariano Benlliure Gil, Viseu (1940).jpg

Estatua de Viriato - Eduardo Barrón González, Zamora (1903)

Estatua de Viriato - Mariano Benlliure Gil, Viseu (1940)

Hoy en día muchísimas localidades quieren disputarse el origen de Viriato, el caudillo lusitano. Ciudades y pueblos como Viseu, Castro Daire, Sabugal, Sanabria, Sayago, Aliste o Zamora, entre otros, se atribuyen ser la cuna de semejante personaje histórico, sin embargo, la realidad está muy lejos de los intereses locales y turísticos de estos lugares. Ningún autor clásico hace mención alguna a un lugar específico de nacimiento, y al tratarse de un personaje del s. II a. C., es prácticamente imposible saber su origen.

 

Por lo tanto, y como conclusión, las figuras históricas como Viriato son cosa del pasado, y ningún nacionalismo moderno debe deformar sus figuras, ya que, en el caso del pastor lusitano, ni Portugal ni España existían en su tiempo. Como dijo Fernando Quesada Sanz, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, usar así a Viriato es una ‘sandez resultante de extrapolar directamente conceptos antiguos al mundo moderno y de emplear el pasado como fuente de mitos actuales’.

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