GRECIA Y EL HELENISMO
Período arcaico (800-500 a. C.)
Período clásico (500-323 a. C.)
Alejandro Magno (356-323 a. C.)
Período helenístico (323-30 a. C.)
La democracia como crimen pasional
Sabemos que la democracia se origina en Atenas, pero, ¿en qué contexto?
Puede decirse que desemboca a raíz de un crimen pasional, aunque las causas no son definitivas.
Atenas era gestionada por dos hermanos, hijos de Pisístrato, tirano de la ciudad. Muerto el padre, ambos gobernaron en un período de relativa paz social. Hipías, el que se cree que era el hermano mayor, dirigía la ciudad, mientras su hermano Hiparco lo ayudaba en el gobierno.
Al parecer, Hiparco se encaprichó de un tal Harmodio, un joven que ya tenía un amante llamado Aristogitón. El joven Harmodio sufrió el abuso del tirano, y, en respuesta, realizaron un atentado contra Hiparco.
“Equipados con cuchillos, corrieron encontrando a Hiparco en un lugar llamado Leocorio, sin ningún miramiento cayeron sobre él, y con toda la cólera del mundo, uno por celos, el otro por deshonra, lo golpearon y lo mataron. Aristogitón, por el momento, gracias a la gran confluencia de gente, escapó a través de la guardia, pero cogido después, fue manoseado sin contemplaciones; pero Harmodio fue asesinado en el lugar” (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, 6.54-57).

Aristogitón y Harmodio - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
Asesinado Hiparco (c. 515 a. C.), el régimen de su hermano Hipías se endureció (Heródoto, Historia, 5.62.2; Aristóteles, La constitución de Atenas, 19.4).
Después de ajusticiar a Aristogitón, el tirano inicia una campaña de expansión territorial que preocupa a Esparta, y tras estallar la guerra, los lacedemonios sitian la acrópolis de Atenas.
Hipías acepta el destierro y se refugia, para variar, en la corte persa de Darío I.

Hipías es expulsado de Atenas con sus hijos - Nicolai Abildgaard - Statens Museum for Kunst
Es entonces cuando el líder de la principal familia opositora, Clístenes el Alcmeónida, crea un nuevo sistema que rompa con lo establecido (c. 508 a. C.).
Nace así la democracia, cuyo sistema reorganiza a los ciudadanos que habitualmente estaban alejados de los asuntos políticos para que tomen parte en ellos.
Guerras médicas: ¿victoria persa?
La reinterpretación de una derrota.
Las guerras médicas enfrentaron al imperio persa con las ‘poleis’ de Grecia. Estas tuvieron como antecedente la revuelta jónica, donde las ciudades de la costa occidental de Anatolia se rebelaron contra sus dominadores persas. Esta revuelta tuvo como uno de sus puntos álgidos la quema de la ciudad de Sardes (498 a. C.), capital de la satrapía occidental del imperio. Las ciudades griegas de Atenas y Eretria fueron decisivas en este conflicto, y los persas no pudieron dejarlo pasar.

Tras sofocar la rebelión, el emperador Darío (c. 550-486 a. C.) decide atacar con un vasto ejército a las ciudades griegas. Su objetivo: Eretria y Atenas. La expedición punitiva inicia una serie de conquistas en Tracia y Macedonia en el 492. Un año más tarde se trata de negociar con los griegos, y, ante la negativa de Atenas y Esparta, en el 490 comienza la invasión.
Una flota se dirige hacia Eretria, y tras un breve asedio, la arrasa. El primer objetivo se ha cumplido, y ahora el monarca persa desvía su mirada hacia Atenas. Sin embargo, el rey sufre un inesperado revés en Maratón, y su ejército queda diezmado. Debe retirarse a Asia para reorganizarse, pero, en medio de los preparativos para una futura campaña, muere.

Darío luchando contra un león – Persépolis
Su hijo Jerjes (519-465 a. C.) tomará las riendas del imperio, y tras sofocar dos revueltas en Egipto y Mesopotamia, reúne un ejército mayor para invadir Grecia de nuevo (480 a. C.). El ejército se dirige esta vez por tierra, atravesando el continente y sometiendo a los territorios a su voluntad. Tras un pequeño retraso en las Termópilas y el cabo Artemisio, retoman la marcha y consiguen, al fin, saquear Atenas.

Captura de los persas de la acrópolis - Jacob Abbot (1900)
La ciudad de Sardes ha sido vengada, y el honor persa restaurado.
Ciertamente, no estamos familiarizados con una versión tan favorable a los persas como esta, pero la comunidad académica se replantea la incuestionable victoria griega. Siglos de propaganda ateniense y la hegemónica versión de Heródoto sobre los hechos (tan desmesurada en su narración), han eliminado de la ecuación la visión persa. Lo cierto es que el casus belli fue completado, y el dominio persa asegurado en Tracia y Macedonia por más de un siglo, por lo que, a pesar de las famosas derrotas persas, tal vez la balanza no se inclinara tanto por un bando.
Batalla en Himera, Sicilia
El mundo griego se encontraba en una encrucijada en el año 480 a. C.
El emperador Jerjes invadía Grecia y saqueaba Atenas, mientras que en el Occidente los griegos de Sicilia se encontraban a su vez con otro problema: una gran incursión cartaginesa.
Heródoto (484-425 a. C.) dice lo siguiente: “Según una afirmación citada del historiador Éforo, esta expedición cartaginesa formaba parte de un plan concertado, según el cual el mundo griego iba a ser atacado simultáneamente por los cartagineses en el oeste y los persas en el este” (Historia, 7.165).
La existencia de un pacto para derrotar al mundo griego no es más que un recurso que debió popularizarse en la época para aumentar la relevancia de estas dos incursiones. No obstante, la invasión cartaginesa debió ser imponente.

El general Amílcar Magón desembarcó en Panormo, actual Palermo, para marchar directamente contra Himera con un ejército de 300.000 soldados (cifra, sin duda, exagerada). Durante el asedio, el tirano Terón pidió auxilio a su homólogo siracusano, Gelón, originario de Gela. El caudillo movilizó un ejército de 50.000 soldados de a pie y 5.000 jinetes, y auxilió a los defensores.

Retrato de Gelón, tirano de Siracusa - Anónimo (s. XIX)
Según cuenta Diodoro Sículo (c. 90-30 a. C.), Amílcar iba a recibir un contingente de caballería en su campamento, por lo que Gelón envió a sus soldados disfrazados, quienes se colaron en el campamento cartaginés quemando la flota enemiga y matando a su líder (Biblioteca histórica, 11.20). Heródoto dice que Amílcar se lanzó a una pira ceremonial al ver el engaño, por cuyo desesperado gesto fue reconocido por su pueblo posteriormente (Historia, 7.167).

Batalla de Himera - Giuseppe Sciuti (1873)
Gelón atacó al resto del ejército enemigo, venciéndolo y consiguiendo gran fama en Sicilia por su victoria en la batalla de Himera. Fue tal la fama de esta contienda, que el poeta Píndaro (520-440 a. C.) le dedicó estos versos desde su Beocia natal:
“En Atenas, cantaré a los atenienses, victoriosos ante Salamina [480 a. C.]; en Esparta, celebraré la batalla en la que los citerones vieron la derrota de los medos con sus arcos curvos [batalla de Platea, 479 a. C.]; en las orillas del río Himera, repetiré la gloria que adquirieron los hijos de Deinoménidas por la derrota de sus orgullosos enemigos [480 a. C.]. Hablar a tiempo, celebrar en unos pocos versos una numerosa serie de acciones hermosas, es la manera de ofrecer menos asideros a la crítica de los hombres. La mente es rápida, demasiados detalles la cansan pronto, y los elogios de los demás pesan en secreto sobre el oyente” (Píndaro, Píticas, 1.75-84).
Sócrates, el Salvador
El respeto al maestro.
En la Atenas del s. V a. C. cohabitaron algunos titanes de la antigüedad clásica. Nos encontramos con el filósofo Sócrates y el político Alcibíades, que tuvieron una relación poco común.
Para hacernos una idea de las inquietudes de Sócrates, en pleno asedio de Potidea (432 a. C.), Platón nos dice lo siguiente:
«Y eso es lo que tenía que decir sobre su resistencia; pero lo que hizo y soportó este valiente hombre, en el campo, allá, vale la pena oírlo.
Se había puesto a meditar y llevaba desde el amanecer de pie en el mismo sitio, persiguiendo una idea, y, como no podía elaborarla, permanecía de pie, obstinadamente apegado a su búsqueda.
Era ya mediodía; los soldados le observaban y se decían asombrados: ‘Sócrates lleva ahí de pie meditando desde el amanecer’. Por fin, al anochecer, algunos de los jonios, después de haber cenado, sacaron sus catres al exterior (entonces era verano) para tumbarse al fresco, mientras observaban a Sócrates para ver si permanecía despierto toda la noche; y, en efecto, permaneció en esa posición hasta que apareció el alba y salió el sol; entonces se marchó, después de haber hecho su oración al sol».
El texto continúa con Alcibíades siendo salvado por el filósofo, ganándose así el respeto del joven como nos muestra Platón, coetáneo de ambos, que describirá su interacción desde la perspectiva de un embriagado Alcibíades:
«¿Quieres saber cómo era en la batalla? También en este caso debemos hacerle justicia.
En la batalla en la que los estrategas me concedieron el premio al valor, sólo a él le debí mi salvación. Fui herido, pero él no quiso abandonarme, y salvó tanto mis armas como a mí mismo.

Sócrates y Alcibíades - Miɫek Jakubiec (2016)
En cuanto a mí, Sócrates, en aquel mismo momento pedí a los estrategas que te concedieran el premio. Tampoco en este punto temo reproches ni desmentidos por tu parte; pero como los estrategas estaban decididos, por consideración a mi rango, a darme el premio, tú mismo insististe más que ellos en que me lo dieran a mí y no a ti.
He aquí, señores, otro encuentro en el que la conducta de Sócrates merece vuestra atención» (El banquete, 220c-e).
La interacción entre ambos importantísimos personajes mantuvo el interés de autores muy posteriores. Plutarco de Queronea (c. 50-120 d. C.) nos describe la relación entre ambos del siguiente modo:
«Por lo general, Alcibíades estaba dominado por su amor a Sócrates, a pesar de que encontró muchos e importantes adversarios. Gracias a la excelente naturaleza de Alcibíades, las palabras de Sócrates le conmovían el corazón y le arrancaban lágrimas. Sin embargo, había ocasiones en que el joven se entregaba a los aduladores, que le sugerían un sinfín de placeres; entonces escapaba de Sócrates y, huyendo como un esclavo, se encontraba verdaderamente perseguido por este hombre, el único por el que sentía respeto y temor, mientras despreciaba a los demás» (Plutarco, Vidas paralelas. Alcibíades, 6.1).
Su admiración por el maestro era lo único que, al parecer, calmaba la lujuria de Alcibíades.

Sócrates buscando a Alcibíades en casa de Aspasia - Jean-Léon Gérôme (1861)

El simposio de Platón – Pietro Testa (1648)
La muerte de Sócrates
El 15 de febrero del año 399 a. C., moría en Atenas una de las mentes más brillantes de la antigüedad, el maestro Sócrates.
Así lo describe su discípulo Platón en su sobrecogedor diálogo Fedón:
"Después de un largo rato [el esclavo] regresó con el que debía darle el veneno, que traía triturado en una copa. Al verle, Sócrates le preguntó:
―Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?
―Nada más que beberlo y pasearte ―le respondió―, hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte. Así hará su efecto.
(...) ―Se debe suplicar a los dioses que resulte feliz mi emigración de aquí a allá. Esto es lo que suplico: ¡que así sea!
Y después de decir estas palabras, lo bebió conteniendo la respiración, sin repugnancia y sin dificultad.
Hasta ese momento la mayor parte de nosotros fue lo suficientemente capaz de contener el llanto; pero cuando le vimos beber y cómo lo había bebido, ya no pudimos contenernos. A mí también, y contra mi voluntad, caíanme las lágrimas a raudales, de tal manera que, cubriéndome el rostro, lloré por mí mismo, pues ciertamente no era por aquel por quien lloraba, sino por mi propia desventura, al haber sido privado de tal amigo.
(...) Él, por su parte, después de haberse paseado, cuando dijo que se le ponían pesadas las piernas, se acostó boca arriba, pues así se lo había aconsejado el hombre. Al mismo tiempo, el que le había dado el veneno le cogió los pies y las piernas y se los observaba a intervalos. Luego, le apretó fuertemente el pie y le preguntó si lo sentía. Sócrates dijo que no. A continuación, hizo lo mismo con las piernas, y subiendo de este modo, nos mostró que se iba enfriando y quedándose rígido. Y siguióle tocando y nos dijo que cuando llegara al corazón se moriría.
Tenía ya casi fría la región del vientre cuando dijo sus últimas palabras:
―Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda, y no lo paséis por alto.
(...) Así fue el fin de nuestro amigo, varón que fue el mejor y el más sensato y justo de los hombres de su tiempo" (Platón, Fedón, 116e-118a).

La muerte de Sócrates - Jacques-Louis David (1787)
La venganza de Timoclea
En el año 338 a. C., Filipo II, rey de Macedonia, vence a las tropas conjuntas de Tebas y Atenas (entre otras poleis), en la llanura de Queronea. Dos años más tarde, tras la muerte de Filipo, su hijo Alejandro heredará el reino. Con la sombra del levantamiento de sus vasallos acechando, Alejandro marcha en una campaña relámpago contra la ciudad de Tebas en 335 a. C., que planeaba levantarse en armas de nuevo. Para evitar futuros enfrentamientos, el monarca decide destruir la ciudad en lo que se considera uno de sus actos más salvajes.
Sin embargo, existe la virtud en la desgracia, y de ello es un claro ejemplo nuestra protagonista.

Busto de Filipo II de Macedonia (ss. IV-II a. C.) - Carlsberg Glyptotek, Nueva York

Copia romana de un bronce de Lisipo, escultor de Alejandro (ss. I-II d. C.) - Louvre, París
Timoclea de Tebas pertenecía a una familia aristocrática. Su hermano, Teágenes, combatió a las tropas macedonias en la Batalla de Queronea, donde se cuenta que persiguió a unos macedonios en retirada. Uno de ellos, mientras huía por su vida, le gritó que hasta dónde estaría dispuesto a perseguirle para dejarlo vivir, y el tebano contestó que hasta las fronteras de Macedonia (Polieno, Estratagemas, 8.40). Sin embargo, Teágenes falleció en combate, y su hermana se encargó de mantener ese espíritu feroz que caracterizaba a la familia.
Tres años más tarde, en 335 a. C., Alejandro regresaría con su ejército, arrasando Tebas en un jolgorio de saqueo y destrucción que duró varios días. Se calcula que murieron 6.000 tebanos y unas 30.000 personas fueron esclavizadas.

Entre los innumerables soldados del rey, se encontraba un hiparco, oficial de caballería, de origen tracio. Este había llegado a la casa de Timoclea, y, tras violarla, quiso saber dónde escondía la tebana las riquezas de su familia.
Timoclea, más astuta que su hermano, le dijo: ‘Poseía ricos atuendos, vajilla de plata, oro y sumas considerables. Pero una vez tomada la ciudad, encargué a mis sirvientas que hicieran con toda esa fortuna un solo montón, que arrojé, o más bien deposité, en un pozo que se encuentra seco. No hay mucha gente que lo sepa, ya que este pozo tiene una tapa y está rodeado de un bosquecillo muy sombreado’ (Plutarco, Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.259c).
El hiparco descendió guiado por su avaricia, pero era Cloto, la Moira más joven, quien le acompañaba, pues ya había sellado el destino del tracio. El soldado vio que el pozo no guardaba ningún tesoro, y fue demasiado tarde para cuando se dio cuenta de su error. Timoclea lanzó todo tipo de rocas y objetos contundentes que acabaron con la vida del violador.

Timoclea asesina al capitán de Alejandro Magno - Elisabetta Sirani (1659)

Timoclea - Mattheis Merian (1629)
Los soldados, al descubrir lo sucedido, capturaron a la mujer y la llevaron ante Alejandro. Este se sorprendió de su talante digno a pesar del visible maltrato sufrido, y, al preguntarla por quién era, esta le respondió: ‘Tenía un hermano, Teágenes, que comandaba en Queronea y que murió luchando contra vosotros para defender la independencia de los griegos y preservarnos de los horrores que estamos sufriendo. Pero, puesto que nos vemos reducidos a una situación tan indigna de nuestro linaje, no tememos a la muerte; y, si no podéis impedirlo, cualquier cosa me parecerá mejor que pasar otra noche como la anterior’ (Plutarco, Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.260d).
Alejandro, sorprendido por la bravura de la mujer, le devolvió su libertad a ella y a sus hijos, permitiendo que se marchara de las ruinas de la humeante Tebas.

Timoclea ante Alejandro - Domenichino (1610)


Timoclea desnuda ante Alejandro Magno - Léon Davent (1540)
Timoclea. El capitán muerto ha sido traído como evidencia - Jean-Charles Nicaise Perrin (1782)
Esta historia la recogen dos autores: Plutarco de Queronea (c. 50-120 d. C.), de origen beocio (Vidas paralelas. Alejandro, 12.1-6; Moralia. Virtudes de las mujeres, 24.260d), y Polieno (s. II d. C.), probablemente macedonio (Estratagemas, 8.40). El segundo, claramente recoge lo dicho por el primero, por lo que la fuente principal es Plutarco, quien describe esta historia 400 años más tarde. La inexistencia de esta historia en otras fuentes nos lleva a pensar que, posiblemente, se trate de una invención tardía para ‘limpiar’ en parte la imagen de Alejandro de una de las mayores atrocidades que cometió en su carrera: la destrucción de Tebas. Sin embargo, conociendo el origen del autor, tal vez tuviera acceso a documentos perdidos, por lo que me gusta pensar que este hecho fue real, y que la justa retribución prevalece.
¡Salve Timoclea, la valiente tebana!
Alejandro y los soldados alados
En la primavera del año 327 a. C., Alejandro Magno retoma, tras un duro invierno, la guerra contra los sublevados bactrios y sogdianos, actuales Afganistán y Pakistán, en la cordillera del Himalaya.

Entre estas campañas destaca la toma de una fortaleza, de la que solo se conoce el nombre de 'Roca Sogdiana'.
Los rebeldes, liderados por el bactriano Oxiartes, se refugiaron en una fortaleza protegida por las montañas. Reunieron provisiones para resistir por dos años, y gozaban de fuentes de agua ilimitada gracias a las nieves cercanas.
Quinto Curcio asegura que la fortaleza tenía 30 estadios de altura, es decir, 5.328 metros sobre el nivel del mar. Debe de tratarse de una exageración, aunque sin duda debía ser un lugar extremadamente alto e inhóspito.
La fortaleza tenía una entrada muy estrecha, fuertemente defendida por los peñascos de alrededor.
Alejandro pensó en pasar de largo, pero al parecer le pudo su afán por los retos, pues puso asedio al lugar. Los defensores, entre risas al ver los esfuerzos del enemigo, dijeron que solamente conseguirían alcanzarlos si reclutaban a soldados con alas.
Alejandro entonces llamó a sus generales, y les dijo que trajeran a trescientos de los más ágiles jóvenes que tuvieran, aquellos que estuvieran acostumbrados en su tierra natal a conducir ganado por peñascos impracticables.
Les dijo entonces: "La naturaleza no ha colocado nada tan alto que no pueda ser alcanzado por el valor" (Quinto Curcio, Historia de Alejandro Magno, 7.11).
Entonces prometió un premio de 10 talentos de oro al primero que llegara a cima (unos 200 kilos). El segundo se llevaría 9, y así sucesivamente.
El objetivo de esta temeraria avanzadilla era el de dar una señal con banderas blancas, para que Alejandro atacara el frente y así ellos pudieran tomarles por la espalda.
Comenzó la subida, donde perecieron 30 jóvenes, pero la estratagema de Alejandro funcionó, por lo que finalmente el macedonio confesó a los vencidos que había conseguido a los soldados alados.

Roca sogdiana - Miɫek Jakubiec (2018)
La vanidad de Alejandro
Cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa, adoptó una costumbre que los griegos no vieron con buenos ojos. El macedonio se proclamó hijo de Zeus-Amón en el oráculo de Siwa, en Egipto (332 a. C.), y muchos griegos se lamentaron al ver que su rey renunciaba a la paternidad de Filipo. Lo cierto es que Alejandro era consciente de que su nuevo imperio era más complejo que la monolítica realidad griega, por lo que debía aceptar algunas de las tradiciones de los conquistados.
Sin embargo, también existe la posibilidad de que este paso se diera para saciar la vanidad del rey. Es esta la idea que nos transmite Luciano de Samosata (125-181 d. C.) en su 'Diálogos de los muertos'.
En dicha obra se nos muestran curiosas escenas de diferentes personas ya fallecidas interactuando entre sí. En este contexto se nos muestra a Filipo y Alejandro en el más allá. El segundo tratará de mostrar su superioridad ante el primero, y la conversación se desarrolla del siguiente modo:
“ALEJANDRO: ¿Y no alabas mi amor al peligro, padre, y el hecho de haber saltado el primero el muro de la ciudad de los Oxidracas y el haber recibido tantas heridas?
FILIPO: No lo alabo, Alejandro, no porque no piense que es hermoso que el rey sea herido en alguna ocasión y haga frente a los peligros a la cabeza de su ejército, sino porque a ti tal conducta no te beneficiaba en absoluto.
En efecto, como tú pasabas por un dios, si alguna vez fueras herido y veían que eras sacado del combate, chorreando sangre y gimiendo a causa de la herida, el espectáculo era motivo de risa para los que lo contemplaban y Ammón quedaba expuesto en evidencia como charlatán y falso adivino, y sus profetas como aduladores. ¿Quién no se hubiera reído al ver al hijo de Zeus desfallecido, pidiendo ayuda a los médicos?
Y ahora que ya estás muerto, ¿no crees que son muchos los que se burlan de aquella ficción, al ver el cadáver del dios tendido en toda su extensión, pudriéndose e hinchado, según la ley de todos los cuerpos?
Además, Alejandro, que esa utilidad a la que te referías, la de haber vencido por esto más fácilmente, quitaba mucha gloria a tus éxitos, pues todo parecía inferior al pasar por ser obra de un dios.
ALEJANDRO: No es eso lo que piensan de mí los hombres, sino que me colocan a la altura de Heracles y Dioniso. Y sin embargo, sólo yo me apoderé de la roca de Aornos [en la India], puesto que ninguno de ellos lo hizo.
FILIPO: ¿Te das cuenta de que dices eso como si fueras hijo de Ammón, ya que te comparas con Heracles y Dioniso? ¿No te da vergüenza, Alejandro? ¿Por qué no aprendes a olvidar tu orgullo, a conocerte a ti mismo y a comprender que ya estás muerto?” (Luciano de Samosata, Diálogos de los muertos, 14).
La lección de Luciano es clara: hay que ser humildes, pues los dioses están por encima y la muerte nos iguala a todos los mortales.

Alejandro y Filipo - Alejandro Magno (2004), Oliver Stone

Alejandro en el templo de Zeus-Amón en Siwa - Edmund Ollier (1890)

Alejandro es amenazado por su padre - Donato Cretti (c. 1700)
Los últimos días de Alejandro
El día 28 del mes daisios moría Alejandro Magno en Babilonia (323 a. C.). Se desconoce con exactitud cual sería la fecha equivalente en el calendario actual. La referencia más antigua que se conserva respecto a este tema la encontramos en Marco Juniano Justino Frontino, más conocido como Justino (s. II d. C.). Según el autor, el equivalente en el calendario juliano sería el mes de junio (Historia universal, 12.16.1).

Alejandro muerto - Alejandro Magno (2004), Oliver Stone
Se han vertido ríos de tinta sobre el fallecimiento de Alejandro, ya que la muerte repentina de un rey siempre resulta un tema jugoso. Sin duda hubo muchas personas beneficiadas por su fallecimiento, pero la comunidad académica en general apoya la muerte natural.
Y es que Alejandro vivía en medio de los excesos.
El día 15 de daisios, Medio, hetairo tesalio de Alejandro, convence al rey para celebrar una fiesta en su casa. El rey acude, y regresa a casa de madrugada con la promesa de verse de nuevo a la noche siguiente. No pudo ser, pues el rey ya tenía una fiebre muy fuerte. Fue llevado al otro lado del río, donde los jardines, para que así pudiera descansar sin el bullicio de la urbe.
Por la mañana no se vio mejoría alguna. Sus hombres lo acompañaron, entre ellos Medio. El rey pasó todo el día convaleciente, y ya, para el día 19, llamó a Nearco, su comandante de la flota. La expedición a los mares del sur (es decir, a la costa de Arabia), sería retrasada unos días hasta que el rey mejorara, que se calculaba para el día 22. Sin embargo, el estado de salud de Alejandro empeoraba día tras día.
El día 21 apenas era capaz de realizar su sacrificio matutino, pero los dioses no parecían responder. Al día siguiente convocó a los comandantes para retrasar la expedición, pero la fiebre era tal que había perdido la facultad del habla.
Para el día 27, el rumor del estado de salud del rey se había extendido por toda la ciudad, por lo que no tardaron en acudir los veteranos a preguntar a las autoridades palaciegas por el destino del monarca. Para calmar los ánimos, Alejandro, entre gestos, dio la orden de que se abrieran las puertas. Los veteranos pasaron por delante del lecho del rey, y, uno a uno, Alejandro saludó a sus soldados estrechándoles la mano como podía.
“Cuando lo vieron, se les saltaron las lágrimas; ya no eran un ejército que visitaba a su rey, sino que asistían a su funeral” (Quinto Curcio, Historia de Alejandro Magno, 10.5).

Alejandro moribundo despide a sus soldados - Carl Theodor von Piloty (1885)
Tras aquella agotadora jornada, Peitón, Peucestas, Seleuco y otros comandantes, desesperados, acudieron al templo de Serapis a pedirle al oráculo consejo. Querían llevar al rey al templo, pero el oráculo aseguró que Alejandro mejoraría si lo dejaban donde estaba. De nuevo, los dioses no parecían oír las súplicas.
El día 28, al atardecer, aún sin cumplir los 33 años y tras haber recorrido en sus conquistas más de 40.000 km, Alejandro III de Macedonia, el Magno, moría en su lecho en Babilonia.

Copia romana de un bronce de Lisipo, escultor de Alejandro (ss. I-II d. C.) - Louvre, París
Como dijo Quinto Curcio Rufo (s. I d. C.), quien trató la vida de Alejandro: “Pero ya los hados preparaban guerras civiles para la nación macedonia: pues el trono no se puede compartir, y muchos lo reclamaban” (Historia de Alejandro Magno, 10.9).
El macedonio dejó tras de sí un gigantesco imperio. No existía un heredero claro, pues su esposa, Roxana, estaba embarazada en el momento de la muerte del rey. Por ello se inició una época convulsa, donde, tras años de enfrentamientos, el imperio se resquebrajaría en diferentes reinos, dando inicio así a unos estados que gobernarían la política del Oriente Medio antiguo por unos 300 años.
Así moría Alejandro, uno de los personajes más fascinantes de la historia.

El hermanastro de Alejandro
Filipo III Arrideo (Φίλιππος Γ ὁ Ἀρριδαῖος), hermanastro de Alejandro Magno, fue asesinado un 25 de diciembre del año 317 a. C.

“¿Qué necesidad tenemos de confrontaciones armadas y de una guerra civil cuando tenéis ya el rey que andáis buscando? Os estáis olvidando de Arrideo” (Quinto Curcio, Historia de Alejandro Magno, 10.7.2).
Ese pareció ser el problema de Arrideo, que muchos se olvidaron de él debido a su condición psíquica, pues tenía una discapacidad mental.
El chico nació en el año 358 a. C., por lo que era dos años mayor que Alejandro. Ambos compartían padre, Filipo, pero no madre, pues Arrideo procedía de una amante del rey, una bailarina de Larisa llamada Filine.
Plutarco dice que la condición de Arrideo procedía de las pociones que Olimpia, su madrastra, le dio de pequeño (Alejandro, 77.8), aunque es bastante improbable y solamente sea otra calumnia más lanzada a la figura de Olimpia.
Arrideo pasó sin pena ni gloria hasta la muerte de su hermanastro, donde fue utilizado en las convulsas luchas de los generales de Alejandro para conseguir el trono.


Dracma Filipo III Arrideo
Olimpia observaba cómo Arrideo y su esposa podrían suponer un problema para sus aspiraciones políticas, por lo que los asesinaría el 25 de diciembre del año 317 a. C. Sin embargo, la artífice terminaría siendo víctima al año siguiente, y, para el año 309 a. C., toda la familia directa de Alejandro habría sido exterminada, terminando así con su linaje.
Por lo tanto, esta historia nos muestra una moraleja: que por muchos problemas familiares que tengamos, siempre hay familias que lo llevan al extremo.

Ilustración de un relieve de Filipo III Arrideo como faraón - Karnak, Egipto
Helépolis: tomadora de ciudades
En los turbulentos momentos de inicios del período helenístico, durante la Cuarta Guerra de los Diádocos (308-301 a. C.), Demetrio I Poliorcetes (337-286 a. C.), príncipe y futuro rey de Macedonia, movilizó a su ejército para atacar Rodas. La ciudad insular era proclive a los ptolomeos, por lo que el príncipe no podía dejar tras de sí a una urbe tan relevante y peligrosa.


Asedio de Rodas - Vincent Thuillier (1729)
Demetrio I Poliorcetes (s. I a. C.) - Museo Nacional de Nápoles
Las operaciones militares comenzaron en el año 305 a. C.
Según Diodoro Sículo, Demetrio contaba con una flota de 200 barcos de guerra, 170 de transporte, y más de un millar de pequeñas embarcaciones privadas que siguieron al ejército a la espera de botín (desde chalupas de pesca a pequeñas embarcaciones de recreo). En total, las fuerzas del príncipe se componían de unos 40.000 soldados. En cambio, los rodios, llamaron a filas a los extranjeros y esclavos más fuertes, llegando a conseguir una fuerza de entre 7.000 a 10.000 combatientes (Biblioteca histórica, 20.82-84).
Se tratan de cifras bastante plausibles para un asedio de tal envergadura.
Este impresionante fragmento nos cuenta la visión que debieron tener los habitantes de la ciudad del horror que estaba por venir:
“Demetrio desplegó su flota en una línea formidable, como si estuviera a punto de entablar un combate naval. (…) la zona de mar entre la isla y la costa opuesta parecía estar totalmente cubierta de barcos, y ofrecía a los habitantes de la ciudad un espectáculo imponente. Los soldados rodios estaban desplegados a lo largo de las murallas, esperando la llegada del enemigo; los ancianos y las mujeres estaban subidos en las casas, desde donde observaban los movimientos de la flota enemiga. Como la ciudad estaba construida en forma de anfiteatro, todos los habitantes podían disfrutar del espectáculo que ofrecían aquella inmensa flota y las armas, cuyo brillo se reflejaba en las aguas del mar” (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 20.83).

Batalla de Cartago – Total War: Rome 2 (2013)
El combate se intensificó durante un año, hasta que el príncipe decidió crear un arma que quedaría para los anales de la historia: la mayor torre de asedio de la antigüedad.
Construida por Epímaco de Atenas (ss. IV-III a. C.), Diodoro Sículo lo describe minuciosamente:
“Demetrio continuó el asedio de Rodas. Sin éxito en sus ataques por mar, decidió atacar la ciudad por tierra. Después de procurarse una inmensa cantidad de materiales, hizo construir una máquina, llamada 'helépolis' (ἑλέπολιν, tomadora de ciudades), mayor que ninguna inventada hasta entonces.
La base era cuadrada; cada lado estaba formado por vigas cuadradas unidas por abrazaderas de hierro y medía unos cincuenta codos de largo [22 metros]. El espacio interior estaba escalonado con tablones para sostener a los que iban a manejar la máquina. Todo el conjunto se apoyaba en ocho grandes y robustas ruedas, separadas entre sí aproximadamente por un codo [0,44 metros]. Las llantas de las ruedas, revestidas con círculos de hierro, tenían un grosor de dos codos [0,88 metros] y, para poder dar a la máquina toda clase de direcciones, se les habían colocado pivotes móviles.

Base de la Helépolis – Fuente: Quellegamos.com
Las cuatro esquinas estaban formadas por cuatro pilares de cien codos de altura [44 metros], ligeramente inclinados en la parte superior, de modo que todo el edificio estaba dividido en nueve pisos.
La más baja estaba formada por cuarenta y tres tablones y la más alta por nueve. Tres lados de este edificio estaban cubiertos por fuera con listones de hierro para protegerlos de las antorchas.

Helépolis – Fuente: Quellegamos.com
En el cuarto lado, orientado hacia el enemigo, había ventanas a ras de suelo proporcionales al tamaño de los proyectiles que se lanzaban contra el enemigo. Estas ventanas estaban provistas de toldos, fijados por muelles, detrás de los cuales se resguardaban los hombres que lanzaban los proyectiles. Estos toldos estaban hechos de pieles cosidas entre sí y rellenas de lana para amortiguar el impacto de las piedras lanzadas por los lithobolos [λιθοβόλος, una especie de balista capaz de lanzar proyectiles de hasta 80 kilos].

Recreación de la mayor 'lithobolos' de la helépolis
Por último, había dos anchas escaleras en cada piso; una se utilizaba para subir las municiones necesarias, y la otra para bajar, a fin de no perturbar la regularidad del servicio.
Los hombres más vigorosos del ejército, 3.400 en número, fueron elegidos para poner en movimiento este inmenso aparato de guerra, algunos de ellos colocados dentro, otros fuera y detrás, haciendo todo lo posible para que se moviera.
Demetrio hizo construir también dos torres, una para proteger a los excavadores, la otra para proteger a los arietes; añadió galerías donde los obreros pudieran trabajar con seguridad. Empleó a las tripulaciones de los barcos para nivelar el terreno por el que debían pasar las máquinas hasta una extensión de cuatro estadios [710,4 metros].
Finalmente, estas obras de Demetrio se enfrentaron a seis mesopirineos [μεσοπυργίων, es decir, el espacio de muralla entre las torres defensivas] y siete torres de las murallas rodias.
Se emplearon cerca de 30.000 trabajadores” (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, 20.91).
Sin embargo, el tamaño no lo es todo, y la máquina de asedio no superó las defensas de la ciudad. Tras firmar la paz, Demetrio se marchó, dejando atrás la torre. Los ciudadanos rodios la desmontaron y vendieron, y con las ganancias erigieron una estatua mítica: el Coloso de Rodas.

Pirro y el honor romano
La historia está llena de complots, asesinatos y traiciones. Pero a veces hay sitio para la honradez y la lealtad. Uno de estos ejemplos se da en el contexto de las campañas de Pirro en Italia.
El rey epirota, tratando de emular la gloria de Alejandro, acude a Italia con el pretexto de defender a Tarento del intervencionismo romano. Tras dos enfrentamientos contra los romanos en Heraclea (280 a. C.) y Ásculo (279 a. C.), Pirro y Roma están interesadas en realizar una tregua, pues ambos bandos han perdido muchos soldados. De este modo, Pirro podría marcharse a Sicilia a conseguir botín, mientras que los romanos aseguraban la lealtad de sus antiguos aliados itálicos.


En medio de esas negociaciones, el hado tienta al cónsul Cayo Fabricio Luscino (278 a. C.). La escena es descrita por Cicerón del siguiente modo:
“Cuando Pirro nos hacía la guerra sin causa [280-275 a. C.] y nosotros luchábamos por el imperio con este poderoso rey, un desertor llegó al campamento de Fabricio y se ofreció, a cambio de una recompensa, a volver en secreto a Pirro como había venido y administrarle un veneno mortal. Fabricio se encargó de devolverlo a Pirro y esta respuesta le valió los elogios del senado. Sin embargo, atendiendo a las apariencias y a la opinión de la multitud, era ventajoso terminar una gran guerra con un desertor y deshacerse de un adversario peligroso, pero también era un crimen y una desgracia triunfar no por el valor sino por la traición, en una lucha por el prestigio de nuestras armas. ¿Qué era más útil (…), combatir al enemigo con armas leales o con veneno? Si es por la gloria, ningún medio criminal es aceptable: no puede haber gloria en cometer un crimen. Si la ambición de uno es el poder por sí mismo, y uno lo quiere a toda costa, este poder deshonrado no puede ser útil” (Cicerón, Sobre los deberes, 3.22).


Busto de Pirro - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
Fresco de Fabricio Luscino - Sala de los Gigantes del Palacio Trinci, Foligno, Italia
Puede que este hecho fuera real, o que fuera una construcción a posteriori. Parece que los soldados que tuvieran que combatir no estaban muy contentos, por lo que quiero pensar que fue un evento real y que, en ocasiones, prevalece cierto sentido del honor a costa del bienestar general. Una triste reflexión que nos traía el film ‘Sin novedad en el frente’ de 2022, donde el común muere por el honor del poderoso.
Pirro y el amor de una madre
Un final inesperado para una leyenda.
Pirro de Épiro es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes de la antigüedad.
Un rey que encarna el helenismo y su espíritu conquistador, pues llevó la guerra a Italia, Sicilia y Grecia. Sometió a innumerables pueblos, venciendo en el campo de batalla a macedonios, romanos, cartagineses y espartanos. Pero no fue rival para uno de los motores que mueven el mundo: el amor de una madre.
En el año 272 a. C., Pirro, coronado rey de Macedonia por segunda vez, invade Laconia con 25.000 soldados de a pie, 2.000 de caballería y 24 elefantes. Tras un infructuoso asedio contra Esparta, el rey esperaba reorganizarse y volver a atacar cuando se derritieran las nieves en primavera. Sin embargo, la ciudad de Argos llamó por él.

Busto de Pirro - Museo Arqueológico Nacional, Nápoles

La ciudad argiva se encontraba en una guerra civil, y uno de los pretendientes, Aristeas, buscó la ayuda de Pirro para luchar contra su rival Aristipo, a quien le apoyaba Antígono, candidato al trono de Macedonia y enemigo de Pirro. El epirota se sintió tentado por la gloria de la guerra, y marchó con su ejército a la ciudad. El combate se extendió por las calles.

Soldados epírotas y gálatas desmontando las torres del elefante para que quepa en la ciudad - Peter Dennis
“Pirro, (…) quitándose la corona con que estaba adornado su yelmo, la entregó a uno de sus amigos, y, fiado de su caballo, arremetió a los enemigos que le perseguían; habiendo sido lastimado en el pecho de una lanzada, aunque la herida no fue grave ni de cuidado, revolvió contra el autor de ella, que era argivo, no un noble, sino hijo de una mujer anciana y pobre.
Era esta espectadora del combate desde un tejado, como las demás mujeres, y cuando advirtió que su hijo se enfrentaba a Pirro, conmovida por el peligro, tomando una teja con las manos la dejó caer sobre Pirro. Le golpeó en la cabeza, sobre el yelmo; pero habiéndole roto las vértebras por la base del cuello, se le cegó la vista de los ojos, y las manos soltaron las riendas del caballo por falta de fuerza.

Pirro golpeado por la teja - Radu Oltean (2019)
Un tal Zópiro, luchador de Antígono, junto con dos o tres compañeros, lo reconocieron y le introdujeron en un portal, al tiempo que empezaba Pirro a volver en sí del golpe. Al desenvainar Zópiro una espada ilírica para cortarle la cabeza, se volvió a mirarlo Pirro con tal indignación que asustó a Zópiro; y temblándole las manos, volvió a intentarlo lleno de turbación y sorpresa. Le cortó la cabeza no al recto, sino por la boca y barba, realizando el corte lentamente y con gran dificultad” (Plutarco, Vidas paralelas. Pirro, 34).
De este modo tan sórdido finalizó la vida de uno de los mayores príncipes guerreros después de Alejandro. Desconocemos si aquel muchacho sobrevivió al combate, pero quiero pensar que madre e hijo pudieron celebrar la caída del invasor.
Frente a la ira de una madre griega y a falta de una chancla, bien vale una teja.
Brenno y el saqueo de Delfos
En el año 279 a. C., Grecia estaba siendo asolada por una gran horda. No, no habían vuelto los persas, sino que se trataba de una coalición de pueblos célticos, aunque la propaganda griega de la época no tardó en comparar ambos eventos.
Esta coalición, según Pausanias, constaba de 152.000 tropas de infantería y 61.200 de caballería (Descripción de Grecia, 10.19.9), algo claramente imposible. Diodoro lo reduce a un total de 160.000 (Biblioteca histórica, 22.9.1), igualmente inverosímil. No obstante, el miedo que nos transmiten las fuentes clásicas nos muestra que debió de tratarse de una fuerza considerable. Los pueblos helenos veían a los celtas como sucios bárbaros, “no conocen ninguna ley ni orden, y carecen de cultura alguna” (Polibio, Historias, 18.37.9), pero los respetaban por considerarlos un pueblo temible, “tal era el terror de los galos que los reyes, anticipándose a su ataque, les compraban la paz a precio de oro” (Justino, Historia universal, 24.4).

Cuando el ejército celta liderado por Brenno llegó al santuario de Delfos, todo parecía perdido. Los autores modernos creen que los invasores debían superar a los defensores en una proporción de uno a siete para poder plantearnos siquiera una primera victoria celta, ya que la orografía del lugar es muy favorable a su defensa.
Sin embargo, no está muy claro si los celtas asaltaron y saquearon el lugar. Este episodio está muy mitificado, pues los de Brenno atacaron uno de los lugares más sagrados para los griegos. Al parecer, Apolo despertó y volcó su ira sobre los invasores, pues el día de la batalla hubo una gran tormenta que acabó con muchos celtas (Tito Livio, 40.58.3). Según Pausanias, hasta los mismos héroes de la antigüedad se levantaron de sus tumbas para repeler a los atacantes (Descripción de Grecia, 10.23.4).
Por la noche la nieve y las bajas temperaturas dificultaban la vida en el campamento, hasta que, entre los truenos, cayeron grandes rocas del Parnaso que sepultaron a muchos asaltantes.


Fotografías del santuario de Delfos bajo la nieve
Al salir el sol, los defensores atacaron a los maltrechos celtas, que no pudieron más que huir. Cuando volvió a hacerse de noche, Brenno y unos pocos supervivientes acamparon donde pudieron, pero fueron engañados por el dios Pan, que les hizo alucinar. Creyeron que los griegos los habían perseguido y se mataron entre sí, olvidando su propia lengua.

Brenno siendo castigado en Delfos - Angus McBride
Con tales desastres e intervenciones divinas, el líder Brenno, temeroso de la represión de sus compañeros, se suicidó. El grupo restante fue perseguido en su huida por el país, y terminaron siendo interceptados: “Cuando hubieron cruzado este río [el Pleistos], los tesalios y los malios les tendieron una emboscada, donde les sorprendieron y se bañaron, por así decirlo, en su sangre, haciendo una matanza tan horrible que no escapó ni uno” (Pausanias, Descripción de Grecia, 10.23.13).
Así terminó el mítico asalto a Delfos, cuya narración se ha adornado con el tiempo pero que, sin duda, supuso un tremendo shock para los griegos.
La otra batalla de las Termópilas
El paso de las Termópilas es un estrecho desfiladero que conecta la Lócride con Beocia, cruzando la cadena montañosa del Eta, cuyo pico más alto mide 2.153 metros. Es decir, que para cruzar la zona central de Grecia es necesario atravesar ese lugar. En la actualidad, los sedimentos acumulados del río Esperqueo han ampliado el paso entre 1,5 y 5 kilómetros, pero en la antigüedad no era sino un paso de menos de 100 metros en su zona más estrecha.
Esta posición privilegiada hizo que el lugar fuera escenario de una de las batallas más importantes de la antigüedad, pero no fue la única.

Fotograma de 300 - Zack Snyder (2006)
En el año 353 a. C., en el contexto de la Tercera Guerra Sagrada, las tropas de Filipo II de Macedonia se vieron entorpecidas por un contingente ateniense. En el 279 a. C., los galos de Brenno fueron contenidos por los atenienses. En el año 267 d. C., los hérulos, pueblo germánico procedente de Escandinavia, vencieron a los griegos que trataron de detenerles. Incluso fuera del marco de la antigüedad, se combatió en el lugar en la Guerra de Independencia Griega (1821-1830) o en la Segunda Guerra Mundial (1941).
Sin embargo, el conflicto que nos atañe es el del año 191 a. C., dentro de la llamada Guerra Romano-Siria. El rey Antíoco III el Grande, uno de los monarcas seléucidas más importantes, trató de fomentar la sensación antirromana imperante en Grecia enviando un contingente militar.
En el año 192 a. C., 10.000 soldados de a pie, 500 de caballería y 6 elefantes desembarcaron en Tesalia. Los romanos no tardaron en responder, y enviaron al año siguiente al cónsul Manio Acilio Glabrión, que debía frenar el avance del monarca sirio. Este se hizo fuerte en las Termópilas, por lo que los romanos se vieron en un impasse.

Mapa de la Guerra Romano-Siria (192-188 a. C.)
En ese contexto brilla Marco Porcio Catón, tribuno militar y conocido político romano. Catón coge a gran parte del ejército, y consciente de que existía un camino secreto que ya utilizaron los persas en su día, marchó de noche para tratar de encontrarlo. Sin embargo, el guía no era un local, por lo que el ejército se desorientó entre la foresta. Tras un rato vagando en la montaña, se encontraron por casualidad con un contingente de soldados. Sin saber bien quiénes eran, atacaron con todo, creando gran confusión. La contienda se extendió hasta el desfiladero, hasta que, en medio del caos, el cónsul Glabrión mandó atacar al resto de fuerzas. Tras una cruenta batalla, los sirios fueron expulsados (Plutarco, Vidas paralelas. Catón, 13-14).


Busto de Antíoco III - Louvre, París
Busto que se atribuye a Catón – Colección Torlonia, Roma
De este modo fue repelida la invasión de Antíoco en Grecia, así como sus aspiraciones de conquista en suelo europeo. La guerra se expandió a Anatolia, finalizando tras la victoria romana en Magnesia (190 a. C.), donde el rey sirio fue obligado a retirarse de la península.
La Cleopatra olvidada
Cleopatra, llamada así por su abuela seléucida, era hija del rey egipcio Ptolomeo VI Filométor (181-145 a. C.), y se la conoce también por la epíclesis Thea. Estuvo activa como reina seléucida desde el 150 a. C. hasta su muerte en 121 a. C., durante el reinado de cuatro reyes, Alejandro I Balas, Demetrio II, Antíoco VII y Antíoco VIII, y tres usurpadores, Diodoto Trifón, Seleuco V y Alejandro Zabinas. Princesa ptolemaica de nacimiento, se introdujo en la dinastía seléucida casándose con tres de estos gobernantes y líderes masculinos que se disputaban el trono a finales del siglo II a. C.



La hija del faraón - Reginald Arthur (1896)
Su complicada vida política comienza cuando Alejandro Balas, usurpador del trono seléucida, vence al monarca Demetrio I Sóter en Antioquía. Ptolomeo VI, padre de Cleopatra, decide entonces entregar a su hija al vencedor para establecer una alianza con el reino vecino. De este matrimonio nacería en 147 a. C. Antíoco, sexto de su nombre.

Cleopatra Thea y Alejandro Balas - Museo Metropolitano, Nueva York
Sin embargo, parece que el matrimonio no funciona, pues Cleopatra abandona a su marido e hijo para esposarse con el descendiente de su antiguo rival, el que ahora es Demetrio II Nicátor. Ptolomeo VI apoya la opción de su hija y comienza otra guerra civil en Siria.
En 145 a. C., tras una cruenta batalla, Balas es asesinado, al igual que el padre de Cleopatra. El único superviviente es Demetrio II, por lo que Cleopatra eligió el bando ganador. No obstante, un general leal a Balas, Diodoto Trifón, se lleva al niño de Cleopatra y lo usa como escudo para rearmar al grupo del difunto Balas. Se inicia así una nueva guerra civil.
La guerra se estanca, y mientras tanto Cleopatra ha tenido a tres hijos con Demetrio II. Su otro hijo, Antíoco VI, es asesinado por Trifón en 141/140 a. C., pues el general ya no necesita de él. Las malas noticias siguen, pues Demetrio II es capturado por los partos en 138 a. C. Al quedarse un vacío de poder en el reino, vuelve del exilio Antíoco VII Sidetes, hermano de Demetrio II, consiguiendo el trono. Cleopatra se casa con él para preservar su estatus y tiene un nuevo hijo: Antíoco IX Cícico.
Antíoco parece un comandante capaz, pues vence al usurpador Trifón, vengando a Celopatra al terminar con el asesino de su primer hijo. Lucha contra los partos consiguiendo varias victorias iniciales, pero estos sueltan a su preso Demetrio II, para desestabilizar el reino. Los partos vencen a Antíoco, que se suicida, y Demetrio queda como rey. Demetrio se alía con los partos mediante matrimonios y decide fijarse en Egipto, que se encuentra en una guerra civil.

Rome II: Total War (2013)
Pero si algo hemos visto es que el trono seléucida no carecía de candidatos. Demetrio apoya a la madre de Cleopatra, por lo que el faraón Ptolomeo VIII (prometido en su día a Cleopatra) se alía con Alejandro II Zabinas, quien decía ser hijo de Balas, el primer marido de Cleopatra.
Demetrio II se enfrenta así al nuevo pretendiente, pero sin éxito. Huyendo de la batalla trató de refugiarse en Ptolemais, donde se encontraba Cleopatra, pero esta le cerró las puertas de la ciudad y el derrotado monarca siguió su marcha hasta que lo asesinaron cerca de Tiro.
Cleopatra se encontraba en una encrucijada, pues tenía tres hijos de matrimonios distintos que se disputaban el trono: Seleuco V y Antíoco VIII (hijos de Demetrio), y Antíoco IX (hijo de Antíoco VII). Estos hermanastros y primos no se llevaron bien, pero tampoco con aquella que les dio la vida, pues se dice que Seleuco murió por culpa de Cleopatra. Esta, tras elegir a Antíoco VIII como rey, trató de controlarlo sin éxito, por lo que la madre intentó envenenarle, pero el joven le dio el brebaje a ella, muriendo con su propio veneno.
Un final digno de Juego de Tronos.

Cleopatra Thea y Antíoco VIII - Altes Museum, Berlin
Mitrídates VI y el veneno
Mitrídates VI Eupator Dionysius (ὁ Εὐπάτωρ Διόνυσος; ‘de buen padre Dioniso’) fue rey del Ponto desde el 120 a. C. hasta su muerte en 63 a. C. Nació en Sínope, antigua patria del filósofo Diógenes, y el joven fue sin duda un personaje fascinante que llegó a mezclarse en asuntos de estado a una temprana edad.

Fortaleza militar de Sínope - William Simpson (1855)
Su padre, Mitrídates V, fue asesinado mediante el veneno. Su madre, Laodice VI, gobernó el reino, favoreciendo a su hermano menor, también llamado Mitrídates. El epíteto de este último era Chrestus (Χρηστός), que se traduce como ‘bueno/útil’. Sin embargo, tras un período de exilio, nuestro Mitrídates adquirió el poder para sí, encerrando a su madre y hermano.
Su política expansionista le llevó a enfrentarse directamente contra la República romana. Una vez que el rey conquistó Anatolia (88 a. C.), masacró a 80.000 ciudadanos romanos que allí residían. Roma encontró esto como una provocación, por lo que ese mismo año se declaró la guerra. Grecia apoyó al oriental, pues su homólogo romano, Lucio Cornelio Sila, se dedicó a saquear templos y santuarios para pagar a sus tropas. Los romanos vencieron y expulsaron a los pónticos de Grecia.
La derrota póntica solo sirvió para que Mitrídates se reorganizara, pero tras dos enfrentamientos más (83-81 y 75-65 a. C.), Gneo Pompeyo Magno lo derrotó. Mitrídates marchó al exilio, tratando de reorganizar un ejército que hiciera frente a los romanos, pero su hijo Farnaces II lo obligó a suicidarse.


Conquistas de Mitrídates VI (88-63 a. C.)
Primera Guerra Mitridática (87-86 a. C.)
La leyenda cuenta que Mitrídates solía tomar regularmente veneno en pequeñas dosis para inmunizarse, probablemente movido por un trauma derivado de la muerte de su padre hacía tantos años. Apiano nos dice lo siguiente: “Mitrídates sacó entonces un veneno que siempre llevaba junto a su espada y lo mezcló. Allí dos de sus hijas, que aún eran niñas y crecían juntas, llamadas Mitridatis y Nisa, que habían sido prometidas a los reyes de Egipto y de Chipre, le pidieron que les dejara tomar primero un poco del veneno, e insistieron enérgicamente y le impidieron beberlo hasta que ellas hubieran tomado un poco y lo hubieran tragado. La droga les hizo efecto enseguida; pero a Mitrídates, aunque caminó rápidamente para acelerar su acción, no le hizo efecto, porque se había acostumbrado a otras drogas probándolas continuamente como medio de protección contra los envenenadores” (Guerras mitridáticas, 16.111).


Grabado de Mitrídates y Bituito
Grabado de Mitrídates VI tras tomar el veneno (s. XIX) - Hermann Vogel
En consecuencia, Bituito, jefe de las tropas gálatas al servicio del rey, atravesó con su espada a Mitrídates, dando fin a la fascinante historia de este monarca helenístico, símbolo de esa mezcolanza greco-persa que tanto buscaba Alejandro.
Paradójicamente, Farnaces II, hijo de Mitrídates, fue vencido en batalla por Julio César, quien dijo aquella famosa frase de veni, vidi, vici. Este hito fue relevante para la propaganda del romano, pues no solo vencía a Pompeyo, sino también desprestigiaba sus numerosas victorias.




















